domingo, 28 de septiembre de 2008

Documentación (18)

Narváez hizo cuentas. Tenía todos los gastos apuntados en notitas que guardaba en uno de los cajones de su escritorio, y ahora solo restaba traspasar las cantidades a la factura que presentaría a su paciente, y de la que confeccionaría una copia para el Cabildo. Comenzó a escribir bajo el reflejo de un paño rectangular de sol que el espejo devolvía sobre la mesa y el papel, resaltando con minuciosidad los más insignificantes detalles. Le parecía estar mirando la punta de la pluma con un microscopio, tal era el efecto de la directa luminosidad. A su izquierda recién había volcado una ampolleta cuyo hilo de arena señalaría, con su final, el paso de media hora. Era un reloj de gran tamaño y soberbia belleza, imitando un templete griego con tres estilizadas cariátides de marfil sosteniento el techo en pirámide triangular con sus manos y la estrangulada vasija de fino cristal con sus espaldas.
En el pequeño jardín restallante de rosas, de geranios y claveles se sentían, entre el incensante trinar de innumerables gilgueros, los efluvios de un perfume que, omnipresente, inundaba agradablemente la estancia a través de un ventanal. Tras los rosales del fondo anclados en el muro posterior aparecían las copas de los añosos olivos que cuadriculaban el terreno trasero perteneciente a la casa. Más allá de Las Escaleras, sobre Gines, se extendía en imperceptible curvatura celeste un cielo inmenso, navegado por formaciones de aves graznando, que en bandadas migraban con las miras puestas en el buen tiempo del norte europeo, desde África. En el otoño harían el camino inverso.
La mañana de primavera llegaba a la mitad cuando terminó su tarea el galeno.
A su vez don Manuel Pizaño, cirujano, y don Salvador de los Reyes, boticario, hacían otro tanto:

Recebí el importe de la Curación y Sanidad del hijo del Señor Juan Negron por mano de Bartolome Lopez, y para que conste dí este en 9 de Mayo de 1737. Manuel Pizaño.

Digo Yo, Don Salvador de los Reyes, Maestro de Boticario y hermano del Colexio de Boticarios de la Ciudad de Sevilla1 y Vezino de esta Villa de Castilleja de la Cuesta, que recebí de Bartolomé Lopez de Pineda diez reales de vellón, los mismos que ymportó la medicina que se llebó de mi botica para la curación del hijo de Juan Negron, vezino de esta Villa, y para que conste doy esta en ella en 9 de Mayo de 1737. Son 10 reales de vellón. Don Salvador de los Reyes.

(1) El Colegio de Boticarios de San José no alcanzó categoría profesional hasta el siglo XIX. Fundado como Corporación en 1625, año en que la autoridad eclesiástica aprobó sus ordenanzas, tenía fines religiosos además de los puramente científicos; Carlos II le confirió capacidad para nombrar visitadores de botica en Sevilla y su Arzobispado; sus colegiados llegaron a poseer privilegios de nobleza.

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Don Manuel Pizaño no andaba aquella mañana tan sobrado de tiempo como el médico Narváez. Tenía que ver a un enfermo antes del almuerzo, por lo que garabateó su recibo descuidadamente y dejó los utensilios de escribir de cualquier manera sobre la mesa, partiendo rápido hacia la vivienda de su cliente, que se hallaba integrada en la hacienda de San Ignacio; se trataba del capataz, Antonio de Castro. Por estar al servicio de los jesuitas no deseaba el maestro cirujano de ningún modo indisponerse con él y que trascendiera a las altas esferas de la Compañía de Jesús en Sevilla su conducta. Cuando llegó a la hacienda se encontró en el portón con un padre ignaciano de negra sotana, grueso y de cabeza cana, acompañado por dos jóvenes con el aspecto atolondrado y la indumentaria propios de los estudiantes del Colegio de San Hermenegildo. Se presentó a ellos como el cirujano del Cabildo y el religioso como Inspector de Cuarteles Alimentarios, y tras los cumplidos de rigor fue nuestro hombre hacia la habitación del capataz. Antonio se encontraba en cama, con una torcedura de tobillo que le arrancaba ayes de dolor al menor movimiento. La articulación aparecía hinchadísima, y a la presión dejaba la huella blanca y pertinaz de los dedos. Pensó mandarlo sangrar.

Mientras, el anciano Inspector de Cuarteles y sus discípulos habían montado en un carricoche de mulas que les esperaba en la puerta, y se dirigían a buen paso Calle Real abajo, entre acémilas de buhoneros, vacas y gallinas, hacia la capital.
Era el padre Francisco de Sepúlveda, maestro de Gramática y Teología en dicho colegio sevillano, que había sido designado para repasar los Libros de Contabilidad de la hacienda de aquel mes, aunque Antonio de Castro, el capataz, apenas había podido rendirle un parte de novedades aceptable.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué bien escrito.
Cuando no se me ocurre nada que decir,siempre te digo esto.
Pero es lo que siento.
Me haces ver hasta los detalles de la escena.
Besos.

Antonio dijo...

Para más detalles, un tanto falseados porque presentan a la hacienda como un "monasterio jesuita" cuando en verdad era una especie de almacén de productos del campo y de instrumentos agrícolas, o sea, un cortijo en el que sólo habitaba el capataz y su familia, echa una ojeada aquí . También exageran al datar el edificio en el XVI; vamos a dejarlo en el XVIII, entre 1720 y 1730. Imposible que sirviera de punto de partida para el descubrimiento de América, pero si los incautos "guiris" se lo tragan, miel sobre hojuelas. Dice también que Castilleja era una ciudad; gracias, pero no nos lo merecemos. ¿El palacio de los Duques de Montpensier a escasos metros? 500 tirando por bajo.
No son los únicos que mienten. La historia oficial de Castilleja dice que fue desamortizada en el siglo XIX con Mendizábal. Falso. Lo fue en 1767, con la expulsión de los jesuitas que relato en Documentación 18a, pero si mantienen a los jesuitas en Castilleja cien años más, sus razones tendrán. Chitón.

Antonio dijo...

Parece que el vínculo del comentario anterior no funciona, Reyes. Prueba este:
http://www.haciendasanignacio.com/infohacienda.asp

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...