SELLO CUARTO. VEINTE MARAVEDIS. AÑO DE MIL SETECIENTOS Y TREINTA Y SIETE.
Juan Negron, vecino de esta Villa, Padre y legítimo Administrador de la Persona y Vienes de Antonio Negron menor mi hijo, como más aya lugar paresco ante Vuestra Merced permiso lo necesario me querello criminalmente de Bartolome Lopes de Pineda, vecino de esta Villa porque el susodicho con poco temor de Dios, en grabe daño de su Consiensia y de la Justisia que Vuestra Merced Administra oy 23 de el corriente en el sitio de las Escaleras, jurisdisión de esta Villa, lastimó con grandes golpes a el dicho mi hijo hasiéndole diferentes cardenales en la cabeza y espalda de que está a rriesgo de perder la vida y para que a el susodicho se le inpongan las penas en que por derecho a incurrido y sea castigado condignamente, A Vuestra Merced pido y suplico mande admitirme esta querella y a su tenor sumaria información que ofresco y fecho, protesto acusarle más en forma. Pido Justisia Costas Juro este Pedimento protesto lo demás necesario y para ello firmo. Juan Negron. (1)
Por presentada esta querella, pongase con la causa que de oficio se a principiado sobre este asunto y admítese en quanto a lugar, y esta parte de la información que ofrece, y dada se traiga para probeer Justicia. Así lo probeyó y mandó el Señor Cristobal de Aguilar, Thenitente de Governador de esta villa de Castilleja de la Cuesta, en ella en veinte y tres de Marzo de mil setecientos treinta y siete años. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lozano.
Continúa en Documentación 6.
(1) Nótese el "seseo" reiterativo del pedimento, hecho con letra diferente a la de Geronimo Lozano, probablemente de la autoría de algún amanuense auxiliar. En un tiempo en que la ortografía estaba por fijar, eran igualmente aceptable en escrituras oficiales ambas formas del habla andaluza. La reciente primera edición del Diccionario de Autoridades sería baza decisiva para terminar con el caos y normalizar las grafías.
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En casa de Juan Negron había inusual movimiento. Vinieron familia y conocidos con los que tenían suspendido el trato desde hacía años, a interesarse por el muchacho. Y no era para menos, porque Antonio era un ejemplar de la raza humana digno de todo ello como mínimo. Las tareas del campo, a las que se dedicaba casi desde que echó a andar, habían tenido la virtud de embellecerlo aún más si cabe. Con un cuerpo perfectamente formado, musculoso como un efebo de la Grecia antigua, y una cara simétrica de perfecta boca y ojos llenos de atractivo, sus padres eran la envidia del pueblo y él, el objeto de su admiración. Al pasar por su calle las muchachas cantaban gorjeando por hacerle notar sus sentimientos y allá dondequiera hacía presente su amable persona se convertía en el centro de la atención general, obligando como un potente imán a volver la cara hasta a las hembras más recatadas y pudorosas y creando como por magia en su inmediato entorno —envidias aparte— una atmósfera de dicha y de alegría de vivir, como un agradecimiento reconocido a la Vida, que deparaba hermosos regalos como aquél para disfrute de todos. Hemos hablado también de envidias. Envidias tales que pudieron haber jugado un papel preponderante en la actitud violenta de Bartolome hacia él aquel día en Las Escaleras, pero que no nos han de hacer obviar la consideración de que el muchacho, como no podía ser de otra manera, iba adquiriendo gradualmente en su trato social cierta seguridad en base a su físico que, a no ser por las continuas correcciones y llamadas de su padre a la sencillez y a la humildad, hubieran acabado rayando en la soberbia y el engreimiento, primeros escalones hacia la cima de la crueldad.
Antonio Negron estaba muy bien atendido en su casa. A su alcoba llegaban sus amigos, con cortas y tímidas, pero sentidas visitas; racimos de primas, chiquillas desastradas que se mantenían alejadas de la cama, con los ojos abiertos de asombro, chupándose los dedos índices tras hurgarse en las fosas nasales, rascándose las pelambreras plagadas de parásitos; tías medio brujas, de roncas voces sentenciosas y amplios aspavientos, que con sus basquiñas de negro desgastado llenaban la vivienda de elocuentes sombras; y hombres, los más prudentes, varones maduros, vecinos o parientes, que estrechaban la mano del padre casi en silencio, solemnes como en un velorio —algo había muerto, habían matado algo importante para todos—.
También llegaron sus vecinos de uno y otro lado de la casa, Diego de la Lasca y Fernando de Rojas, que lo abrazaron condolientes.
De noche Juan se sentaba en una silla de paja junto al lecho en la sala débilmente iluminada y esperaba a que el sueño venciera al joven, mientras en El Ejido ululaban los búhos con un telón de esporádicos ladridos de perros lejanos. Entonces mascaba su odio rechinando los dientes, y el ultraje indigno que había sufrido no le permitía ni incorporarse, mientras desfilaban por su mente obsesa escenas de horripilantes venganzas sangrientas.
3 comentarios:
Me encanta toda la historia, este capítulo especialmente.
Sé que me repito pero es como estar allí , y hoy me hiciste imaginar un hermoso varón , un morenazo que no perdió su atractivo a pesar de estar apaleado y maltrecho.
Eres un gran novelista.
No sólo por eso, sino por el curso y tono que le das a los acontecimientos.
Creo que hasta el fin de semana no podré ponerme al día.
muchos besos.
Ya sabía yo que te iba a agradar el capítulo, Reyes; pensaba en tí mientras escribía.
Más o menos intuía yo que te gustan tanto los morenazos como a mí las morenazas, así que considera este episodio como un regalito que te hago, con toda mi buena voluntad de amigo fiel.
Jajajjaja
gracias gracias...
lo acepto emocionada y halagada, intentaré corresponderte en la medida de lo posible...
crearé una morenaza para ti , que esté a tu altura, ...
en lo real, me parece que tú y yo tenemos demasiadas canas .
jajajaja.
Un beso enorme y gracias.
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