Cuando llegó Jose de Torres a la oficina del escribano Geronimo Lozano el lunes 25 de marzo fue recibido con un saludo eufórico y optimista por parte del fedatario, hombre fornido, de esférica cabeza continente de unos ojos como faros, de tan acusado estrabismo que confundía y desorientaba sobre todo y en especial cuando, dando instantáneos golpes de vista a su interlocutor, manejaba veloz la pluma tomando declaraciones.
—¡Hombre de Dios, me alegro mucho de verle! ¡Es vuestra merced puntual en extremo!
Jose había sido citado para responder a unas preguntas, como testigo en el caso de Juan Negron contra Bartolome Lopez de Pineda. Pero la calurosa acogida con que le recibió don Geronimo se debía más a otro acontecimiento que a su puntualidad. Hacía una semana tuvo un serio percance en el camino de vuelta de Villanueva del Ariscal, que le obligó a presentar declaraciones y denuncias también ante este mismo escribano que ahora lo miraba y no lo miraba con sus enormes ojos verdosos de cíclope impávido.
—Soy el primero en lamentar lo que le ocurrió el domingo, Jose. Tarde o temprano vamos a limpiar los campos de malhechores, ya lo verá. Pero... siéntese vuestra merced, que vamos a tomarle su declaración sobre el caso de Las Escaleras.
Y dicho y hecho. Los dos hombres se enfrascaron en un diálogo de preguntas y respuestas que quedó plasmado en el folio de la manera siguiente:
Declaración de Joseph de Torres. En la villa de Castilleja de la Cuesta en veinte y sinco días del mes de Marzo de mil setecientos treinta y siete años Juan Negron, vecino de esta villa, por la información que tiene ofrecida y está mandada dar, presentó por testigo a Joseph de Torres, vecino de esta dicha villa, del cual Su Merced por ante mí el escribano recibió Juramento por Dios y una señal de la Cruz en forma de Derecho, el cual lo hizo y prometió decir verdad, y siendo preguntado por el tenor del auto que da principio a este proceso dijo, que lo que save y puede decir es que el sávado veinte y tres del que corre estava el testigo podando en las viñas que en término de esta villa tiene Cristobal de Vallecillos, en compañía de Fernando Hurtado, y Joseph Carbonero, y Bartolome Lopez, y que el dicho Bartolome Lopez dejó de podar y se retiró, y a poco rato bolbió como impaciente, diciendo le havía dado al muchacho de Juan Negron una soba con una vara, la qual manifestó que la tenía en la mano, y era un verdugo de zepa vieja, porque iba el referido muchacho atravesando un sembrado que el referido Bartolome Lopez tiene en el sitio de Las Escaleras, que está inmediato a la mencionada viña, y que un jumento que llevaba iba comiendo del dicho sembrado; que es cuanto save y puede decir en razón de lo que a sido preguntado, que todo dijo ser la verdad so cargo de su Juramento; no firmó porque dijo no saver y que es de edad de quarenta y sinco años, y dicho Señor Theniente lo señaló. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lozano.
Continúa en Documentación 7b.
Declaración rutinaria entre personas familiarizadas unas con otras, no había sido necesaria la presencia del Teniente de Gobernador ni del denunciante, que aunque constaban en el documento preferían, de mutuo acuerdo, atender a sus labores y obligaciones, firmándolo con posterioridad. Así lo acordaban, lo comprendían y lo aceptaban todas las partes.
Una vez finalizada la escritura le preguntó al declarante el escribano acerca de su estado, aunque era obvio que se encontraba bien.
—Debió de pasar su merced un mal rato... ¿no?
—Cuando me dijo que era "Uvita" faltó poco para caerme de la burra —le respondió, y continuó hablando:
—Estaba sentado al borde del camino, a la sombra de un árbol, y no lo percibí hasta llegar a pocos metros de él...
Gerónimo escuchaba con gran atención, los ojos muy abiertos.
—Llevaba un pañolón anudado al cogote y un sombrero grande cubriéndole la cara. Sacó una navaja cabritera —prosiguió la narración Jose— y me la arrimó a la barriga, instándome a que estuviera quieto y en silencio. Hasta la jumenta se quedó paralizada. Me manoseó, metiendo mano bajo la faja, por las faltriqueras y hasta miró en las calzas, y no pudo por menos que dar con la bolsa de los treinta reales. "¡Ajá!", dijo el hijo de la gran pu... , perdóneme, don Geronimo, pero es que pierdo la razón cuando me acuerdo de aquel canalla villano.
Jose Torres sudaba, a pesar de que la estancia era fresca. El escribano lo tranquilizó:
—Le comprendo, amigo Jose. Así y todo, tenemos que dar gracias de que haya escapado vuestra merced con vida. Dijo que "Uvita" también llevaba un pistolón, ¿no es cierto?
—En efecto, entre el cinto y la camisa; pero no lo empuñó siquiera.
Y los dos hombres continuaron reviviendo el asalto que había sufrido Torres cuando, hacia las cinco de la tarde del domingo 17 de marzo, volvía de su pueblo natal, Villanueva, hacia Castilleja, placenteramente a lomos de la vieja y amada borrica; continuaron con la conversación hasta que ciertos retortijones en sus estómagos les avisaron de que había que cumplir con lo que sus respectivas esposas les tendrían preparado a la mesa.
2 comentarios:
Por fin , ya se acercan los bandoleros en tus historias...
aunque seguramente me habrían dado miedo como hoy los atracadores no tienen nada de poéticos, con la perspectiva del tiempo me parecen personajes novelescos y hasta con un punto de rebeldía atractiva.
Sigo.
¿Sabes que mi abuelo materno compartió su infancia con El Pernales?
Nacieron y vivieron los dos en el mismo barrio de Estepa, y se llevaban solamente cinco meses de diferencia en edad. Pero crecieron, y el destino marcó al futuro bandolero cuando la guardia civil dió una paliza a su padre en su presencia (él era un muchachillo), por robar en un olivar.
En el Aljarafe, salvo el caso del Uvita, no se conocen otros salteadores organizados.
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