miércoles, 6 de mayo de 2009

Los esclavos 42

En el verano de 1550, un caluroso sábado de julio, con el tedio, la soñolencia y el hastío instalados en la Plaza y en las voluntades de los pocos castillejanos que vegetaban en ella, sentados en poyos o medio recostados junto a las casas, protegidos a la sombra menguante del mediodía se encontraban tres hombres que acababan de dejar el juego de los naipes en uno de los rincones frontero a la iglesia de Santiago. El cielo era una continuidad tan llena de luz que parecía todo él un inmenso sol sin límites; un perro dormitaba bajo el polvoriento pie de un arbolillo mezquino, último lugar al que lo habían relegado los malos modos de los parroquianos; los otros tres o cuatro árboles de la Plaza, de mayor entidad, prestaban frescor a algún arriero que otro, semiacostado en la albarda henchida de paja de su bestia a modo de colchón mientras ésta a su lado, moviendo las orejas espantaba moscas.
La mayoría de los que allí sesteaban y los que llegarían más entrada la tarde eran forasteros llegados al reclamo de las animadas almonedas que se celebraban los domingos a la salida de misa, en las cuales era fácil encontrar bienes y artículos de calidad a irrisorios precios; desde ventas de fincas y casas, de ganados o esclavos, de alcábalas o censos y tributos, hasta subastas de esquilmos de viñas, de cargas de frutas variadas, ofertas de carretadas de uvas o aceitunas, o de madera, ladrillos, cal u otros materiales de construcción, terminando por menajes y ropas, enseres, libros, pergaminos, útiles y herramientas, todo ello de recién fallecidos, de sentenciados por embargo, de cualquiera que deseara desprenderse de algo, previamente publicitado a voz en grito por los pregoneros de las diferentes villas y lugares. Corríase la voz por la comarca y muchos acudían dispuestos a esperar una noche interminable durmiendo al raso, no para tomar parte en la almoneda dominical en sí, en la cual participaban de forma casi exclusiva los vecinos y moradores conocidos y sus familiares, sino porque a rebufo de ella era la ocasión ideal de formar un mercadillo espontáneo y lleno de vida donde se apalabraban ventas y trueques de caballerías menores y ganado doméstico —gallinas, cerdos, conejos—, o de menudencias y chucherías en poca cantidad y al margen de los controles burocráticos, prescindiendo así del testimonio de los escribanos, sumamente meticulosos y detallistas con las pujas en la venta oficial y por añadidura gravosos para la economía de los pobres.
El panorama dominical lo completaban la clásica familia acomodada, de visita, observadora y distante, los vendedores ambulantes, canasto al brazo, la cuadrilla de ladrones especializados en cortar bolsas, el charlatán sacamuelas que actuaba in situ, portando sus remedios e instrumental en las angarillas de un borrico más allá que acá y, en ocasiones, un juglar recitador de romances que se acompañaba con una vihuela desacordada, o un grupo de gitanos malabaristas con cabra incluída.
Pero volvamos al sábado. El trío de jugadores optó por iniciar, para matar las interminables horas, una ronda de chistes a cuyos relatos tan aficionados son los meridionales ibéricos. Francisco, hombre de mediana edad, obeso, pálido y sudoroso, calvo, de ojos enterrados en grasa y boca desdentada, tenía especial gracia refiriéndolos, por lo que sus dos compañeros le prestaban entregada atención. Contaba:
—Uno que era tuerto de un ojo topó una madrugada, cuando quería amanecer, a un corcovado, y díjole: "Compadre, de mañana habéis cargado". Respondió el corcovado: "Por cierto, sí: es de mañana, pues vos no tenéis abierta más de una ventana".
Y reían a mandíbula batiente, haciendo volver la cabeza a los congregados.
—A un corcovado preguntóle uno: "¿De adónde eres, corcovado?" Respondió: "De las espaldas".
Y las risotadas crecían en intensidad. Francisco carraspeó, haciendo memoria mientras sus camaradas lo miraban con expectación:
—Un caballero muy chiquito, yendo camino, adelantóse de sus criados. Preguntaron los mozos a un caminante si iba lejos un caballero. Respondió: "Ahí adelante topé un caballo que llevaba un sombrero sobre el arzón y unas botas colgando de la silla".
Y tuvo que esperar un rato a que los dos amigos se hubiesen sosegado y limpiado las lágrimas con las mangas de las camisas. Empalmó con otro:
—Estando en la Giralda de Sevilla, do se ve la huerta del Alcoba, que tiene muchos naranjos con gran número de naranjas, dijo que parecían espinacas con garbanzos*.
El cura de la iglesia de Santiago oyó el estruendo de risas desde la Calle Real donde tenía su vivienda, al salir de ella hacia el templo.

* La comparación de un naranjal en la lejanía con semejante plato de comida es idónea y apropiada, pero para "saborear" el sentido de burla laicista del chiste hay que considerar que las espinacas con garbanzos constituían la alimentación típica y acostumbrada —diríase obligada— en los días de abstinencia de comer carne marcados por la Iglesia Católica.

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