La mayoría de los que allí sesteaban y los que llegarían más entrada la tarde eran forasteros llegados al reclamo de las animadas almonedas que se celebraban los domingos a la salida de misa, en las cuales era fácil encontrar bienes y artículos de calidad a irrisorios precios; desde ventas de fincas y casas, de ganados o esclavos, de alcábalas o censos y tributos, hasta subastas de esquilmos de viñas, de cargas de frutas variadas, ofertas de carretadas de uvas o aceitunas, o de madera, ladrillos, cal u otros materiales de construcción, terminando por menajes y ropas, enseres, libros, pergaminos, útiles y herramientas, todo ello de recién fallecidos, de sentenciados por embargo, de cualquiera que deseara desprenderse de algo, previamente publicitado a voz en grito por los pregoneros de las diferentes villas y lugares. Corríase la voz por la comarca y muchos acudían dispuestos a esperar una noche interminable durmiendo al raso, no para tomar parte en la almoneda dominical en sí, en la cual participaban de forma casi exclusiva los vecinos y moradores conocidos y sus familiares, sino porque a rebufo de ella era la ocasión ideal de formar un mercadillo espontáneo y lleno de vida donde se apalabraban ventas y trueques de caballerías menores y ganado doméstico —gallinas, cerdos, conejos—, o de menudencias y chucherías en poca cantidad y al margen de los controles burocráticos, prescindiendo así del testimonio de los escribanos, sumamente meticulosos y detallistas con las pujas en la venta oficial y por añadidura gravosos para la economía de los pobres.
El panorama dominical lo completaban la clásica familia acomodada, de visita, observadora y distante, los vendedores ambulantes, canasto al brazo, la cuadrilla de ladrones especializados en cortar bolsas, el charlatán sacamuelas que actuaba in situ, portando sus remedios e instrumental en las angarillas de un borrico más allá que acá y, en ocasiones, un juglar recitador de romances que se acompañaba con una vihuela desacordada, o un grupo de gitanos malabaristas con cabra incluída.
Pero volvamos al sábado. El trío de jugadores optó por iniciar, para matar las interminables horas, una ronda de chistes a cuyos relatos tan aficionados son los meridionales ibéricos. Francisco, hombre de mediana edad, obeso, pálido y sudoroso, calvo, de ojos enterrados en grasa y boca desdentada, tenía especial gracia refiriéndolos, por lo que sus dos compañeros le prestaban entregada atención. Contaba:
—Uno que era tuerto de un ojo topó una madrugada, cuando quería amanecer, a un corcovado, y díjole: "Compadre, de mañana habéis cargado". Respondió el corcovado: "Por cierto, sí: es de mañana, pues vos no tenéis abierta más de una ventana".
Y reían a mandíbula batiente, haciendo volver la cabeza a los congregados.
—A un corcovado preguntóle uno: "¿De adónde eres, corcovado?" Respondió: "De las espaldas".
Y las risotadas crecían en intensidad. Francisco carraspeó, haciendo memoria mientras sus camaradas lo miraban con expectación:
—Un caballero muy chiquito, yendo camino, adelantóse de sus criados. Preguntaron los mozos a un caminante si iba lejos un caballero. Respondió: "Ahí adelante topé un caballo que llevaba un sombrero sobre el arzón y unas botas colgando de la silla".
Y tuvo que esperar un rato a que los dos amigos se hubiesen sosegado y limpiado las lágrimas con las mangas de las camisas. Empalmó con otro:
—Estando en la Giralda de Sevilla, do se ve la huerta del Alcoba, que tiene muchos naranjos con gran número de naranjas, dijo que parecían espinacas con garbanzos*.
El cura de la iglesia de Santiago oyó el estruendo de risas desde la Calle Real donde tenía su vivienda, al salir de ella hacia el templo.
* La comparación de un naranjal en la lejanía con semejante plato de comida es idónea y apropiada, pero para "saborear" el sentido de burla laicista del chiste hay que considerar que las espinacas con garbanzos constituían la alimentación típica y acostumbrada —diríase obligada— en los días de abstinencia de comer carne marcados por la Iglesia Católica.
Pero volvamos al sábado. El trío de jugadores optó por iniciar, para matar las interminables horas, una ronda de chistes a cuyos relatos tan aficionados son los meridionales ibéricos. Francisco, hombre de mediana edad, obeso, pálido y sudoroso, calvo, de ojos enterrados en grasa y boca desdentada, tenía especial gracia refiriéndolos, por lo que sus dos compañeros le prestaban entregada atención. Contaba:
—Uno que era tuerto de un ojo topó una madrugada, cuando quería amanecer, a un corcovado, y díjole: "Compadre, de mañana habéis cargado". Respondió el corcovado: "Por cierto, sí: es de mañana, pues vos no tenéis abierta más de una ventana".
Y reían a mandíbula batiente, haciendo volver la cabeza a los congregados.
—A un corcovado preguntóle uno: "¿De adónde eres, corcovado?" Respondió: "De las espaldas".
Y las risotadas crecían en intensidad. Francisco carraspeó, haciendo memoria mientras sus camaradas lo miraban con expectación:
—Un caballero muy chiquito, yendo camino, adelantóse de sus criados. Preguntaron los mozos a un caminante si iba lejos un caballero. Respondió: "Ahí adelante topé un caballo que llevaba un sombrero sobre el arzón y unas botas colgando de la silla".
Y tuvo que esperar un rato a que los dos amigos se hubiesen sosegado y limpiado las lágrimas con las mangas de las camisas. Empalmó con otro:
—Estando en la Giralda de Sevilla, do se ve la huerta del Alcoba, que tiene muchos naranjos con gran número de naranjas, dijo que parecían espinacas con garbanzos*.
El cura de la iglesia de Santiago oyó el estruendo de risas desde la Calle Real donde tenía su vivienda, al salir de ella hacia el templo.
* La comparación de un naranjal en la lejanía con semejante plato de comida es idónea y apropiada, pero para "saborear" el sentido de burla laicista del chiste hay que considerar que las espinacas con garbanzos constituían la alimentación típica y acostumbrada —diríase obligada— en los días de abstinencia de comer carne marcados por la Iglesia Católica.
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