Era Juan un musulmán de Argel, de unos 25 años, alto y delgado, marcada al hierro la frente de una cabeza dolicocéfala que se erguía sobre un cuerpo fibroso y musculado como el de una palmera, y ágil y rápido como el de una serpiente; llevaba poco tiempo en Castilleja y no mucho en Sevilla, adonde llegó como casi todos sus desgraciados paisanos capturados en el norte de África, cuando bajo la férula de Barbarroja colaboraba, mas bien a su pesar, en la refortificación de su ciudad natal, Argel, tras la invasión frustrada de Carlos V en 1541.
Estaba oyendo —como las oía el clérigo Cristóbal— las risotadas en la Plaza mientras aderezaba un burro para cumplir la orden de su dueño, Bartolomé Perez, vecino de la dicha Plaza y hermano de Fernán Núñez, dos hacendados de mediana posición social en el pueblo.
Su tarea consistiría en llevar a la ciudad un cuarto de carne* que iba a constituir el principal manjar de un banquete a celebrar al día siguiente en cierta casa de familiares sevillanos de sus amos, a propósito de, creía, una boda. De forma que sacó el pollino a la calle y lo ató a la reja de una de las ventanas, mirando aprensivo con sus acerados y fríos ojos a la concurrida escena, a pesar de lo acostumbrado que estaba al espectáculo que se formaba frente a la casa casi todos los sábados. El esclavo se encontraba nervioso, tenso y de mal humor, quizá por un exceso de habas guisadas con una demasía de aceite de oliva, comida que había ingerido durante el almuerzo, aunque pensaba que, una vez en camino y rota la rutina que envilecía su vida, vería la vida de otro color.
Hallábase en la ocasión sentado en un madero que hacía las veces de banco apoyado en la fachada junto al burro Francisco Ortiz**, jovencito hidalgo de los de actitud insolente y conducta arrogante, quien, a falta de otra cosa más productiva que hacer, empleaba su tiempo libre en observar la animación de la Plaza a aquella hora de la tarde, y cuando el argelino Juan cargaba la sangrante mole de carne sobre el asno, testigo del titubeo con que patentizaba su inexperiencia manipulando semejante material, inestable del todo en el exiguo espinazo del excitado cuadrúpedo, encontró el desocupado hidalgo Francisco la ocasión propicia para proferir una de sus ingeniosas y malintencionadas puyas:
—¡Hijo de la puta, cabalga encima de la carne, y verás como no se cae!
Entre las conversaciones que imperaban en el lugar, Juan oyó la frase como con una claridad especial.
Sintió que se la habían gritado al oído.
Una oleada de ira lo invadió.
Dióse cuenta de que varios parroquianos, próximos lo suficiente como para oir la insultante recomendación, se habían quedado espectantes, atentos a su reacción.
Juan no encontró forma de controlar el arrebato de su enfurecimiento.
No iba a tolerar la humillación. Y le respondió como con voz de látigo:
—¡¡Más hijo de puta eres tú!!
Todos los presentes guardaron un silencio sepulcral.
Nadie esperaba semejante reacción.
Francisco Ortiz se levantó del banco. Estaba obligado, ante la multitud de testigos, a ofrecer una salida airosa y digna a la situación, y los sentimientos racistas apenas a flor de piel explotaron en él:
—¿Oído? ¡Al diablo este perro que con tanta soberbia habla! —Y añadió:
— ¡Reniego de la puta que te ha parido! — a lo cual repondió el esclavo:
—Y yo reniego de la puta que te ha parido a tí.
—¡Ten crianza! ¡Juro a Dios que lo has de pagar! —amenazó Francisco Ortiz fuera de sí.
Desde dentro de la casa alertado por el escándalo surgió Francisco de Aguilar, casero y capataz de los dos hermanos hacendados, interponiéndose de inmediato entre los contendientes. La pierna había caído al suelo polvoriento y el asno la coceaba asustado moviendo la cabeza con violencia.
Francisco Ortiz se fué calle abajo*** volviendo la cara y repitiendo sus amenazas:
—¡Juro a Dios que lo has de pagar!
* Un cuarto de carne. Debemos entender que se trataba de una pesada pieza, supuestamente una enorme pata trasera — incluída la carcasa de cadera y lomo— de una ternera o de un carnero grande.
Quarto. Se llama también una de las quatro partes en que suelen dividir las reses o animales. (Diccionario de Autoridades).
** Francisco Ortiz de Juan Guren contaba con unos 18 años al ocurrir este espisodio. Era hijo de Pedro Ortiz de Juan Guren, y nieto de nuestro ya conocido Diego Ortiz de Juan Guren, poseedor de un palacete en la Plaza. Por ello, por su edad y por su posición social, se explica, aunque en modo alguno se justifica, la actitud del joven. (Para su familia, ver "Bocetos del siglo XVI, 5).
*** Esta calle abajo sería la que hoy conocemos como calle del Convento, por el de franciscanos que se construyó en ella posteriormente, pero en el tiempo que nos ocupa no pasaría de la categoría de camino, trazado por los transeúntes que desde la Plaza iban a Sevilla o viceversa.
martes, 12 de mayo de 2009
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