domingo, 17 de mayo de 2009

Los esclavos 47

Francisco Ortiz esperaba al argelino emboscado tras las vallas de cañas resecas, palitroques viejos blanquecinos de polvo y ramajos punzantes de un callejón terrizo que daba acceso al cercado de Lorenzo Sanchez, a la izquierda del final del camino que desde la Plaza confluía con la Calle Real trazando una encrucijada donde se había desarrollado un núcleo poblacional formado por la casa de su padre, Pedro Ortiz de Juan Guren, por la del doctor Francisco de Morillo, la de Gerónimo de Lucena, la del Alguacil Bartolomé Gonzalez Masvale, nombrado aquel año de 1550, y la de doña Aldonza, conjunto de viviendas disimilares —unas lujosas, otras humildísimas— repartidas anárquicamente por la zona y mezcladas en todas las orientaciones con huertos y sembrados, arboledas frutales o de leña y sombra, establos, apriscos y gallineros, caminos y regueras y sementeras y viñas, en una disposición por completo desordenada, especie de arrabal que era con lo primero que se tropezaba el viajero que desde la Vega y por el Camino Real ascendía a la Villa propiamente dicha.
Paseaba nervioso unos metros hacia el interior de la hijuela, volvía y asomaba con precaución la cabeza por la esquina, repitiendo una y otra vez sus movimientos presa de la ansiedad, atisbando la altura del principio del solitario camino polvoroso y ya medio en sombras, al cual delimitaban las traseras de los corralones de haciendas del primer tramo de la Calle Real y al otro margen los oscuros pies de olivos, árboles que se perdían en el terreno ondulante hacia el término de Camas. Deseaba con toda su alma ver, antes de ser visto, al despreciable esclavo con su borrico, para ponerlo en un serio aprieto con la punta de su espada, asida fuertemente con la sudorosa mano.
Odiaba con todas sus fuerzas todo lo relacionado con Mahoma. Habían las circunstancias* sintetizado en él toda la tenaz problemática que, en contra de cualquier razonamiento, enfrentaba a los que por querer gozar de los privilegios de una cultura cristiana añeja, veían sus intereses peligrar a causa de la sociedad morisca, todavía creativa y pujante y productiva y merecedora por ello del apoyo, en todas maneras interesado, de la nobleza y la aristocracia del país. Don Pedro de Guzmán y con él todos sus colaboradores directos apreciaban excepcionalmente, por poner un ejemplo, a los excelentes albañiles que con unas destrezas heredadas de padres a hijos desde los antiguos alarifes musulmanes, ni en sueños podían encontrarse entre la caterva de los bastos y groseros peones autóctonos.
De familia alardeante de viejo cristianismo, se crió Francisco Ortiz en el rechazo envidioso a los moriscos, tan valorados —repetimos— por el poder práctico y liberal.
A los esclavos "blancos" (casi todos ellos de Berbería) se les suponía, con toda lógica, afinidades culturales y genéticas con los moriscos y Juan en seguida se hizo acreedor, por solo su aspecto físico, de los impulsos que disfrazados de racismo escondían en realidad fuertes complejos de inferioridad en el sector más tradicional y con menos solvencia económica de la población de Castilleja de la Cuesta.

* Su tío abuelo paterno fué un traumatizado excombatiente de la Guerra de Granada, quien conoció horripilantes escenas bélicas bajo las órdenes de Gonzalo Fernandez de Córdoba. También fué movilizado en la ocasión otro hermano de su abuela Anastasia de Quijada, el cual a la vuelta del frente perdió de tal manera los estribos que hubo de ser ingresado en el sevillano Hospital de los Inocentes durante una larga temporada, donde padeció la mala alimentación, la falta de espacio y el frío invernal. De regreso a Castilleja obtenido el alta médica continuaron sus tormentos y el desgraciado no encontró otra salida a los atroces recuerdos de su inhumana experiencia que el suicidio, de forma que a los pocos días se ahorcó de una viga en un chozo del pago de Las Zorreras, adonde su locura lo había ido llevando, marginando en soledad y aislamiento.


Francisco Ortiz oteó de nuevo el principio del camino. El esclavo Juan debía estar al llegar, el sol ya se había puesto. Quizá tendría que postponer su venganza hasta el día siguiente. Y de pronto, una voz a sus espaldas le hizo dar un respingo de sobresalto; se vovió conmocionado, pero al momento respiró aliviado: eran las familiares figuras de Tomé Hernandez, trabajador vecino de la Calle Real, de Antonio García, otro castillejano, y del vecino de Gines Juan Rodriguez, los cuales venían de Sevilla tras una agotadora jornada de trabajo.

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Los olvidados, 12q.

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