Hablaban, informalmente, de mujeres.
—Meter el semblante en el canalón entre dos buenos melones me creo que cura hasta la sordez.
—¿Cómo, cómo? ¿cómo dice vuestra merced? —bromeaba Juan Rodriguez poniéndose la mano ahuecada en el pabellón auricular a modo de trompetilla.
—Pues en Gines no os podrédeis quejar, amigo mío. Hay buena cosecha, por todos los demonios.
Venían los tres trabajadores a marchas forzadas desde los hornos de ladrillo de Los Humeros, dando rápidas trancadas, los sombreros de esparto trenzado a modo de parasol y en las manos los hatillos de paño apagado en que portaban los útiles de la pitanza.
—Vamos bien, compañeros —dijo Tomé, presuponiendo el momento según el silencioso horario de las sombras por las blancas paredes y los pardos tejados.
—Tiempo queda para hacerle una visita a Francisco el tabernero.
—Que nos place, ¿no es cierto?
Y de acuerdo en refrescar los gargueros con un cantarito en la fonda de la Plaza, al divisar las primeras casas del pueblo se desviaron por el camino hacia ella.
Les extrañó ver a Francisco Ortiz en pose cautelosa, semiencorvado en la boca del zacatín de Lorenzo Sanchez, y sobre todo, cosa inaudita en aquellos tiempos de restrictiva legislación sobre armas*, que llevase en la mano, fuera de la vaina, su enorme espada.
—¿Qué hace aquí vuestra merced? —le preguntó Antonio García con suavidad, conjeturando algo. Le infundía respeto aquel mozalbete belicoso, de adinerada familia.
A pesar del tono contenido que usó, no pudo evitar que Francisco se sobresaltara.
—No... nada. Paseaba... .
—¿Nos acepta un trago? —insinuó el jornalero, buscando ganarse su confianza.
—¿Quiere usted acompañarnos a la taberna? —le volvieron a repetir.
Asintió pensando que el berberisco había suspendido su viaje, posiblemente ya hasta la mañana del siguiente día.
—Vamos.
Se encaminaron hacia arriba, en silencio. Francisco había envainado el hierro.
Cada cual en su interior sospesaba palabras preparando el consecuente tema de conversación mientras progresaban por la sequerosa pista, cuando al llegar a la altura de la portezuela de la corraliza del ministril Masvale vieron a lo lejos un amazacotado grupo de gente presurosa que se dirigía hacia ellos levantando a su paso un cúmulo de polvo rojizo.
Francisco Ortiz detúvose en seco torciendo las despobladas cejas y con los ojos muy abiertos, un brillo frío en ellos que recordaba la mirada de los imbéciles incurables. No se lo esperaba.
Reconoció al esclavo Juan a la cabeza de la chusma, con su cabeza erguida en elocuente ademán de inflexible decisión y con un paso firme que no presagiaba nada bueno, y se preparó para el jaleo, separándose de sus acompañantes.
* Durante todo el siglo XVI se legisló al respecto, regulándolas a traves de los gremios de espaderos, en Granada en 1531, en Segovia en 1536, en Salamanca en 1538, en Toledo en 1566 y 1622. Se prohibieron las hojas acanaladas porque se pensaba que eran más mortíferas.
La Iglesia dio la nota censurando el uso y fabricación de espadas "flamígeras" —de hojas ondulantes—, por su parecido con la serpiente, encarnación del mal.
En las Cortes de 1548 (Pragmaticas y capitulos que su m. el Emperador y Rey ntro señor hizo en las cortes que se tovieron con el serenisimo Principe d. Phelipe nro Señor en su nombre. petición CXIVI fol XXXVI en Valladolid año de 1548) se presentó un item que decía: "en algunas cortes pasadas se ha suplicado a vtra Magestad mandasse que las espadas y estoques que se hiziessen y traxessen en estos reynos fuessen yguales y de un tamaño y ley, y las que había hechas más largas se acortasen por los muchos daños e inconvenientes y muertos que de lo contrario se han visto y vuestra Magestad respondió que se platicaria en ello y se proveería como conveniesse al bien de estos reynos."
En 1564 se volvió a insistir desde la Corte sobre el tamaño de las hojas, prohibiendo las que tuvieran más de cinco cuartos de vara (unos 83 centímetros).
Pero lo que puso al trío de ladrilleros alerta cuando al llegar a Castilleja divisaron a Francisco Ortiz fue, además de su corta edad, el conocimiento de que usaba en su arma una punta prohibida; la de lezna ("alesna", según Covarrubias), la cual estaba considerada de especial peligrosidad; enormemente dañinas eran también las puntas de "hoja de olivo", de "cebada", de "diamante" o de "aguja espartera", y los maestros espaderos que transigían con los ruegos de un cliente especial incorporándolas a sus hojas se exponían a duros castigos.
lunes, 18 de mayo de 2009
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