domingo, 24 de mayo de 2009

Los esclavos 50

Ante el contumaz arrinconamiento a que le sometía el señoril joven, Juan el esclavo se cobijó en el profundo vano de la casa de Gerónimo de Lucena, el lugar más cercano en donde protegerse las espaldas. Tenía el portal un par de metros a modo de zanguanete abierto hasta el portón de madera, e iba a defender este exiguo territorio con todas sus fuerzas en la consideración de que no cabía disyuntiva. Francisco Ortiz lo atacaba como a una alimaña en su guarida, y el esclavo asomaba, a la menor coyuntura, brazo y espada para mantenerlo a raya a golpes y tajos descontrolados. Una brioso puntazo de Ortiz, dirigido mortalmente al rostro de su víctima, impactó en ángulo recto en el quicio de la casona, sacando fragmentos del conglomerante de arena y cal y arrancando esquirlas de ladrillo. La indefensión del argelino no parecía detener al hidalgo, lo cual movió a actuar a los que, entre los enardecidos presentes, mantenían todavía la cabeza fría y la capacidad de raciocinio. Casi de inmediato apareció el Alguacil Bartolomé Gonzalez Masvale enarbolando su vara de Justicia y profiriendo gritos y amenazas, y entre todos consiguieron detener a Francisco Ortiz de Juan Guren, permitiendo así que el argelino saliera de su escondite, pálido, jadeante y sudoroso. Los desarmaron a ambos y los condujeron a la casa de Bartolomé Gonzalez Masvale, a una habitación habilitada como mazmorra, donde serían detenidos hasta dar parte a los Alcaldes Ordinarios. Y así transcurrió la tarde de aquel sábado día 26 de julio de 1550, con el encarcelamiento de los dos espadachines como colofón.
Al día siguiente amaneció claro, con una promesa de calor y polvo en el cielo pálido. Apenas habíase elevado el globo de oro surgiendo entre los lejanos alcores de levante cuando don Cristóbal Martin de Alaraz se encasquetaba sus ropajes de oficiar y repasando su ya preparado sermón se disponía a decir la ofrenda dominical.
La noche en la Plaza había sido movida; cuando oscureció y la paz volvió a reinar en el ambiente todos comentaban el duelo mientras, en grupos, compartían trancos de pan de hogaza y gruesas lonchas de tocino salado, pero cuando el vino nocturno corrió y se produjeron las esperadas visitas de las sugestivas hetairas el tema pasó a un lugar secundario y los que no dormían tenían sus mentes —y sus manos— ocupadas en cosas más agradables.
A la salida del templo de las autoridades y personajes pricipales tras la liturgia se preparó la consabida tarima junto al portal de la iglesia y el pregonero ante la multitud ofreció a la puja un montón de cachivaches mohosos y de ropas raídas que provenían de un deshaucio, anunciando cada oferta con un redoble de tambor irregularmente ejecutado por su ayudante*. La fiesta había comenzado.

* Eran estos tamborileros elegidos por el propio pregonero, quien señalaba indefectiblemente al más pobre, torpe y retardado de los habitantes de la localidad para tal menester, antigua costumbre cuyos orígenes se perdían en la noche de la historia. A estos pobrecitos indigentes que esperaban ansiosos desde muy temprano el gesto decisivo del voceador que los elevaba por un rato a protagonistas del acontecer social, la voz popular les había encontrado un nombre que hizo fortuna: "Pericos". De tal manera que con tal denominación se los conocía y conoció durante varios siglos, y dicha denominación dio lugar a la expresión "Perico el de los palotes", por los que manejaba aporreando con entusiasmo el pellejo.
También era lugar frecuente que dichos voceros se apropiasen de las ganancias de estos ayudantes, quienes al final solo sacaban el discutible prestigio de haber estado encima de la tarima frente a gentes tan diversas y desconocidas.
Durante estos años el más conocido pregonero de Castilleja era el tomareño Diego Jimenez de Soria.
Al respecto se apunta en el Diccionario de Autoridades: Pregonero. El oficial público que en alta voz da los pregones y publica y hace notorio lo que se quiere hacer saber y que venga a noticia de todos. Es oficio muy vil y bajo.


Mientras, perfectamente asesorado por su influyente familia, preparaba su denuncia de los hechos Francisco Ortiz, dando así el primer paso en virtud de que la mejor defensa es el ataque:

El día veinte y siete de julio de mil quinientos cincuenta, ante Juan Verde, Alcalde Ordinario de esta Villa, y en presencia de Juan Vizcaíno, escribano público y del Concejo de ella, pareció Francisco Ortiz y se querelló de Juan, esclavo de Bartolomé Perez y Francisco de Aguilar, y dijo que estando el sábado próximo pasado sin hacer mal, el dicho esclavo, con favor y ayuda que para ello le dio Francisco de Aguilar, con una espada fuera de la vaina que le dio dicho Francisco lo quiso herir y matar, y así lo hiciera si no fuera porque este querellante se defendió.

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Los olvidados, 12q.

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