Cuatro días después de la pelea, el miércoles día 30, fueron el Alcalde Ordinario Juan Verde y el escribano a la Cárcel, a ver qué tenía que decir en su defensa el esclavo Juan. Dijo, tras jurar no faltar a la verdad, "que salió de casa de sus amos en la Plaza para llevar la carne a Sevilla a sus amos, y le dijo Francisco Ortiz: "hijo de la puta, cabalga encima de la carga", y él le respondió que más hijo de puta era él, y entonces Francisco Ortiz comenzó a amenazarlo jurando a Dios que lo había de matar y que no lo habían de valer sus amos, y Francisco Ortiz fue calle abajo hacia el Camino de Sevilla, y al poco este declarante comenzó a irse para llevar la carne, y al llegar junto a la casa de Alonso de Espino le dijeron unas mujeres que no fuese por allí, que lo estaba aguardando en el camino Francisco Ortiz para lo matar, y este declarante volvió a casa de sus amos y tomó de ella una espada de Francisco de Aguilar, casero y capataz de los dichos sus amos, y se volvió para irse a Sevilla, y al llegar a la casa de Gerónimo de Lucena vio a Francisco Ortiz en el camino aguardándolo, y vio que se venía para él con la espada fuera de la vaina, y este declarante echó mano a la suya y se dieron y tiraron ciertos golpes y cuchilladas y no se hirieron, y luego se metieron por medio ciertas personas y luego llegó Bartolomé Gonzalez Masvale, Alguacil, y le quitó la espada a este declarante. Fuéle preguntado quién le dio la espada, y dijo que la tomó él, que no se la dio persona alguna1."
1.- Muy mucho le advirtieron sus amos y el capataz acerca de la espada, recalcándole que ni se le ocurriera dar a entender que alguien —el capataz Francisco de Aguilar— se la había proporcionado. Para acabar de convencerlo le prometieron que no le ocurriría nada por la autoinculpación, y que antes de una semana lo sacarían de la prisión.
Era de esperar la diferencia de trato que recibieron los dos presos. El mismo lunes pudieron contemplar muchos cómo el Alguacil Bartolomé Gonzalez Masvale se dirigía a Sevilla acompañado del joven Francisco Ortiz de Juan Guren, ambos cabalgando hombro con hombro en sendas yeguas, a las que reconocieron como propiedad del tratante de ganado y padre del segundo, Pedro Ortiz. A alguna que otra pregunta el Alguacil respondió brevemente desde la silla de su montura que iban a ver a los maestros esgrimidores del Arenal de Sevilla y que regresarían a mediodía. Mientras comentaban los presentes el hecho, alguien apuntó que ya el domingo por la tarde se les había visto a los dos galopando por el camino de Gines, en plan de esparcimiento y solaz. En efecto: muy pocas horas después de la pelea del sábado y del consiguiente encarcelamiento se presentaron en casa del Alguacil emisarios de los Juan Guren para acordar un régimen de vigilancia al muchacho propio de su clase social, y Bartolomé no tuvo inconveniente, antes al contrario, en prestarse a llevarlo a cabo personalmente, de forma que se convirtió en poco menos que escudero sirviente del arisco joven durante los siguientes días, entregado en cuerpo y alma a satisfacer sus caprichos. Sabía que por ello iba a ser generosamente recompensado.
Por el otro lado, a Juan no se le permitió ni una ínfima parte de las ventajas que disfrutaba su oponente. Permaneció todo el domingo recluido en una habitación, sin salir excepto para efectuar sus necesidades fisiológicas.
Cuando los dos caballistas llegaron al Arenal tras recorrer al trote la calle de Castilla y pasar ufanos el Puente de Barcas tamborileando las tablas con los cascos de los animales ya había una muchedumbre reunida en torno a los maestros de la espada.
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