miércoles, 13 de mayo de 2009

Los esclavos 45

Vivía Francisco Ortiz con su padre a la entrada de Castilleja, donde nacía la Calle Real, y a su casa pensaron todos que se dirigía tras el episodio en la Plaza.
Juan, una vez que el capataz, bajo cuyas órdenes estaba, lo hubo tranquilizado como buenamente pudo y cuando con un par de cubos de agua dejó el cuarto de carne presentable, lo cargó afianzándolo bien y siguió el mismo camino que su jovenzuelo contrincante había tomado, hacia Sevilla, dando tirones del ronzal del burro y mascullando imprecaciones nervioso e irritado. Un poco antes de desembocar en el Camino Real se le cruzaron varias mujeres con atuendos de jornaleras que volvían de trabajar en el campo; las conocía y sabía que bromeaban continuamente en sus idas y vueltas, riendo y dando palmadas, pero en esta ocasión sus rostros estaban serios, y silenciosas lo miraban con fijeza. Se temió algo desagradable, y en efecto, su presentimiento tenía fundamento: las mujeres le avisaron de que Francisco Ortiz —todas ellas lo temían y odicaban— estaba al final del camino esperándolo, armado con una espada y dispuesto a todo.
Juan razonó, optando por la solución más lógica.
Volvió con su burro hacia la Plaza, a encomendarse al capataz. No podía en ninguna manera enfrentarse a alguien armado con solas sus manos, aunque se tratara de un muchacho.
Cuando Francisco de Aguilar tuvo noticia de la situación se rebeló, despotricando en voz alta ante todos los congregados en su puerta contra la Justicia del pueblo y contra todo lo divino y lo humano. En verdad las circunstancias parecían estar oponiéndosele, y no era probable que pudiera llevar a cabo el negocio de sus patrones, al menos durante lo que quedaba de aquella jornada, por culpa —pensaba— de un desvergonzado vago que no tenía mas afición que molestar e incordiar a diestro y siniestro las veinticuatro horas del día.
—¡Como no hay justicia en Castilleja, salen a los caminos a matar a los hombres! —gritaba enfurecido a todos.
Penetró en la casa al momento y se dirigió al esclavo, quien con las manos en la cabeza esperaba sentado en una silla:
—¡Toma! —le espetó descolgando de un clavo en el zanjuán una espada ropera* y acercándosela con determinación.
—¡Úsala! —le ordenó.
Juan levantó la vista y sus ojos eran interrogaciones. Pero de inmediato, contagiado del gesto firme del dominante y estricto casero, se irguió y agarró el arma, un ejemplar pesado y sólido de puño forrado con un torzalillo de hebras metálicas en entorchado, sobredorado por procedimientos químicos. Pareció al norteafricano su pavonada de azul guarnición —elemento que protege la mano— de pies a cabeza completa y acerada coraza.
La posesión de una espada era todo un símbolo; Covarrubias dice que era "la común arma de que se usa y los hombres la traen de ordinario ceñida para defensa y para ornato y demostración de que lo son". Mientras que en los campos de batalla se producía su decline debido a la extensión del uso de las armas de fuego, en la sociedad civil el instrumento había conocido un verdadero auge, reforzada su presencia en todos los estamentos sociales. Asuntos personales tan prestigiosos como el valor y el honor eran representados por el brillante acero a la cintura.
Se sintió Juan casi libre y ahorrado por una inefable corriente que a lo largo del instrumento parecía fluir por su brazo hasta su corazón, y no sirvió de nada la oposición y los lamentos de Isabel Rodriguez, mujer de Francisco de Aguilar, la cual llegó incluso a agarrar al esclavo intentando apoderarse del arma para tratar de impedir lo que bien podía acabar en una tragedia.
Inflado de orgullo y de arrogancia iba Juan cruzando la Plaza con la mirada al frente mientras le abrían pasillo los allí reunidos, mudos de admiración, muchos llenos de envidia y los viejos de añoranza recordando otros tiempos mejores cuando los antiguos valores caballerescos estaban mas presentes y aceptados. Trastocada la historia, el Cid Campeador en versión africana seguido de un pequeño Babieca de grandes orejas gachas y meditabundo bajo la pieza de carne que era acaso un monstruoso y cruel moro —o cristiano, en esta escena inversa— abatido de un tajo con la refulgente Tizona.

* Con el adjetivo "ropera" se denominaban las espadas de usos ordinarios y cotidianos, y llevadas con vestimentas civiles, en contraposición a las que usaban los militares. E. Leguina, en Glosario de voces de armería, Madrid, 1912, cita el Inventario de los bienes del Duque don Álvaro de Zúñiga, donde aparece por primera vez el término "ropera" aplicado en este sentido; documentos franceses de 1474 contienen rapiere con el mismo significado; y en Glosssaire Archeologique, II 1928: 287, Gay demuestra la utilización de la palabra desde el siglo XIII.

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Los olvidados, 12q.

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