miércoles, 20 de mayo de 2009

Los esclavos 49

Parecían una compañía de mudos. De guía, Juan el argelino, sintiéndose por un momento gladiador camino de la gloria, camino quizá de la libertad. Tenía escuetas noticias aprendidas en su niñez en las madrazas de su tierra, en las que sus maestros se referían a un poderoso pueblo que en la antigüedad conquistó su país, dejando una indeleble marca en él. Sabía de las luchas en los circos romanos, y en los añorados parajes de su tierra había pastoreado con sus primos y con sus vecinos rebaños de cabras entre ruinas que hablaban de aquellos espectáculos, dejando volar sus fantasías sobre los musgosos pedruscos y las derribadas columnas. Y ahora le tocaba a él. Llevaba un corto capote que muy bien podría servirle como excelente escudo*. Miró en derredor, el camino ancho y blancuzco, la Vega al fondo con el horizonte azul más allá de la gran ciudad, y de pronto le invadió la extraña impresión de que todo aquello ya lo había vivido: las formas, los colores, los sonidos le resultaron tan nítidamente familiares que por un momento perdió la percepción de su propio ser, de su propia identidad, como si hubiese sido poseído por un fantasma pretérito. Fueron unos segundos de rapto, de desdoble hacia el pasado, de extrañeza consigo mismo, pero casi de inmediato la realidad volvió a imponerse, y se reconoció como quien era, un esclavo en Castilleja de la Cuesta en una situación peligrosa de la que mantenía la esperanza de salir airoso. Apretó el puño de la espada.
Al final, lejanas todavía, distinguió cuatro figuras que se movían hacia él y su grupo, y se le evidenció la camisa verde claro de su enemigo como un fogonazo. Era él, Francisco Ortiz. Con tres hombres a su lado, amigos que sin duda lo secundarían para cumplir sus amenazas. Sintió Juan que su corazón empezaba a bombear con fuerza, y ya no vió más que la camisa verde. Luego todo ocurrió como un torbellino, fuera del tiempo y del espacio.
Francisco, acortando distancias, se había adelantado de sus tres acompañantes y le gritó algo que no entendió. Luego ocurrieron escenas que le parecieron independientes unas de otras, sin nexo ni correlación real alguna. Dió a ciegas varios mandobles con la espada y entre tanto la gente, muy excitada, había formado amplio círculo y gritaba y jaleaba gesticulando. Vió la cara de Francisco muy cerca, sus narices casi se tocaban, bebió su aliento repugnante. Con el filo de su acero el hidalgo le retenía, canto con canto, su propia espada, en una suerte de esgrima en la que, con tal contacto y oposición se controla absolutamente al contrario; cualquier retroceso por parte de éste significa perder campo, abrir la posibilidad de ser herido o desarmado, y por lo general el empuje no da resultado puesto que la ventaja en la seguridad de los pies la lleva el atacante, al cual basta un leve impulso para hacer retroceder, desequilibrado, a su oponente.
Francisco Ortiz era un joven fuerte y demostró desde el principio su pericia; había recibido enseñanzas teóricas y prácticas sobre el uso de la espada, y era asimismo un asiduo asistente a las exhibiciones de lucha que los más famosos maestros hacían en ciertos lugares de Sevilla en forma cotidiana, prácticamente cada semana, verdadera escuela pública del arte que congregaba a una multitud de curiosos y aficionados. y, como tal, él no perdía ocasión de aprender trucos y artimañas, siendo considerado a pesar de su edad un diestro con el que era mejor no tener graves diferencias.
De inmediato Juan, la torpeza personificada, comenzó una serie de ataques con los que solo consiguió agotarse y hacer reir a la concurrencia. Perdió así, entre las carcajadas, la poca seguridad de que había hecho acopio. Seguidamente tomó la iniciativa Francisco con la técnica de "invitación", consistente en adoptar posiciones intencionadas exponiendo aberturas para hacer que el contrario descargue golpes, arrastrándolo de esta manera a atacar y, por consiguiente, obligándole a un gasto extra de energía. La "invitación" combinada con el "desvío", con el que se redirigen los ataques del contrario esquivando con flexiones las estocadas, en lugar de interponer un bloque sólido con el cuerpo, le dieron a Ortiz el timón y la clave de la contienda, y ya dueño de la situación comenzó una técnica que, aunque de denominación grosera y peyorativa, se mostraba del todo efectiva para el propósito de, desconcertándola, aterrorizar a la otra parte en las últimas etapas de su dominación; llámase "besar el culo", y consiste simplemente en acosar al contrincante a base de golpes y estocadas dirigidas clara y perceptiblemente a su boca; el efecto psicológico es sumamente destructivo en quienes, como en el caso de Juan, no dominan con la exigible maestría la lucha con las espadas. Por último el mozalbete concluyó con una serie de cortes de izquierda a derecha que, casi rozándolo —el joven argelino sentía el golpe de aire que producía la hoja—, acabaron con la resistencia de Juan. Rotos por la tensión de la pelea todos sus sistemas fisiológicos de control y reacción emprendió una ignominiosa fuga, vuelta la cara horrorizada hacia su endemoniado perseguidor que, ensoberbecido por los aullidos y víctores de la masa de testigos y árbitros, era la propia imagen de la misma impiedad.

* Por "espada y capa" se conoce la técnica de los espadachines que utilizan, a modo de escudo enrollado al brazo, una prenda de vestir.

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