Como era natural, los amos de Juan el argelino no iban a consentir durante mucho tiempo la tesitura en que les había situado el acobardado Concejo de la Villa, que a la postre era el que respaldaba la actitud repugnantemente servicial del Alguacil hacia la parte contraria.
Hernán Nuñez, el hacendado, se dirige con un escrito al Alcalde Mayor diciendo que no es justo tener preso a su esclavo Juan, y que con ello se le hace agravio. Pide que lo suelten libre. Y el Alcalde Mayor, ante su petición, comienza una diligencia requiriendo al Concejo de Castilleja, bajo pena de 2.000 maravedíes, que le envíen los autos para proveer justicia.
El mismo día miércoles 30, ante el Alcalde Ordinario Juan Verde, comparece Francisco de Aguilar en nombre de su patrón Hernán Nuñez y presenta el mandamiento anterior, dado como dicho es por el Alcalde Mayor y firmado por el Licenciado Pedro de Uceda. De inmediato el Alcalde Ordinario Juan Verde envía la información exigida, y el Mayor, tras considerar la causa, ordena que se dé Juan a sus amos a título de encarcelado, y que en lo que respecta al jovencito Francisco Ortiz, sean los Alcaldes Ordinarios los que entiendan.
En nombre de los dos hermanos hacendados Hernando Jayán se ofreció como carcelero, recibiendo a Juan el dicho día 30, bajo pena de 5.000 maravedíes en caso de que no cumpliera las leyes de la carcelería, entre las que primaba el compromiso de tener al preso a disposición de cualquier Juez que entendiese de la causa.
Y seguimos en el miércoles día 30 de junio cuando, para evitar males mayores, se lleva a cabo una rutinaria y puramente formal ceremonia conciliatoria entre el esclavo y el hijo del hacendado antes de poner en libertad a aquél, diligencia a modo de tregua hasta que se publicara el fallo definitivo. Pronto veremos que puesto en libertad su contrincante es sometido a la misma rutina, pero con unas sutiles diferencias que revelan injustos privilegios.
El Alcalde Ordinario Juan Verde puso tregua y seguro al dicho esclavo con dicho Francisco Ortiz de manera que no lo hiera ni mate al dicho Francisco Ortiz ni él ni otro por él ni de día ni de noche ni pública ni secretamente so pena de cien azotes públicos y cinco mil maravedíes.
Notificado de lo anterior, Juan salió de la cárcel para ponerse bajo la custodia del mercader Hernando Jayán, quién además se ofreció como fiador de la referida tregua.
Pasó una semana larga y ya en agosto, el lunes día 11, Francisco Ortiz renunció a la querella y seguidamente declaró ante el Alcalde Ordinario y el escribano en la Cárcel del Concejo: manifestó que lo único que le dijo al esclavo en principio fue que cabalgase encima del asno, por ser la forma idónea de llevar la inestable carga, y que sorprendentemente y sin mediar palabra dicho esclavo penetró en la casa de sus amos para salir de inmediato empuñando una espada desnuda en clara actitud de querer terminar con su vida allí mismo, pero que el declarante razonó y por no tener una pendencia indeseable se marchó del lugar, y al poco, estando en el Camino Real junto a las puertas de doña Aldonza observó que Juan venía buscándolo, armado con la espada tal como lo dejó en la Plaza, y para defenderse él echó mano a la suya, resultando a las primeras de cambio que dicho Juan se metió huyendo en casa de Lucena.
Tras la declaración Juan Verde hizo cabeza de proceso contra Francisco Ortiz, dándole tres días de plazo para presentar alegaciones. Francisco negó el proceso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario