Iba preocupado el cura, como solía estar todos los sábados. Aunque nunca pudo ser testigo de ningún caso directo, se encontraba bien informado por su red de espías y soplones de que en esas noches de acampada en la Plaza se cometían excesos de índole sexual, protagonizados especialmente por dos o tres castillejanas, de todos conocidas, que intentaban —y por lo regular siempre lograban— aumentar los exiguos ingresos con que mantenían sus hogares, gracias y en virtud de las remuneraciones que les producían los amorosos escarceos en los aledaños de la Plaza, cementerio del Carnerillo incluido.
Y lo del cementerio exige comentario aparte; ya en tiempos de los árabes en la Isbiliya musulmana hubo que legislar con dureza a las repetidas instancias de los vecinos que iban a diversos cementerios públicos de la capital a honrar a sus difuntos, puesto que tropeles de mujeres públicas habían elegido esos lugares para las ardientes y fugaces citas con sus clientes, de forma que no era raro casi tropezarse con las parejas que, entre las tumbas tumbados, se refocilaban practicando sexo comercial, y tampoco lo era despertarse a altas horas de la noche por culpa de los altercados y peleas que collevaba —y conlleva, por desgracia— semejante actividad. Todo lo cual obligó, como hemos dicho, a los legisladores a promulgar reglas que la prohibían. Merece la pena detenerse en los efectos que sobre el acto amatorio en sí podía tener semejante y tan antagónico escenario, puesto que era precisamente su excitante morbosidad la que colaboraba con las mujeres públicas coadyuvando a concluir sus faenas con más efectividad y menos pérdida de tiempo. La muerte, el vacío del más allá y la putrefacción de la carne tan junto a los cuerpos turgentes, a la sexualidad y a la vida enervaban a los hombres tanto y tan fuertemente que habían convertido a las frías y siniestras tumbas en las inmejorables aliadas de las prostitutas, y las ásperas emanaciones de la podredumbre junto a los aromas y perfumes de las hetairas en su mejor aliciente, como si la Muerte fuese, de ellas, la alcahueta más perfecta y eficiente.
Y en Castilleja de la Cuesta ocurrió ni más ni menos que lo mismo, especialmente los referidos sábados precursores de almonedas dominicales.
No era don Cristóbal hombre que se escandalizara con facilidad, sino que su desasosiego este día estribaba sobre todo en el afán y la necesidad de conservar su propio prestigio de guardián de las buenas costumbres ante los rígidos censores de la ciudad, aquellos vejestorios obsesionantes y exigentes que estaban por encima de él, ante los que tenía que rendir cuentas de su gestión más a menudo de lo que deseaba. Mas a esta su obligación uníasele buena dosis de esa curiosidad enfermiza de los hombres que no encuentran satisfacción completa a su líbido y que a modo de sucedáneo buscan desahogo en alimentar sus fantasías de alguna manera, y con este asunto sabático se le representaba material abundante e idóneo para sostener las típicas especulaciones onanistas de los religiosos.
Comentaba el trío de los chascarrillos, al paso a zancadas rápidas del clérigo Cristóbal Martin de Alaraz, lo acontecido en una de sus viñas dos meses antes (ver "Los esclavos 33 y 37"); Juan Perez, el principal actor en el altercado, y desterrado por dos meses de Castilleja como castigo, sintió como si un nubarrón se cirniera sobre su cabeza, pero pronto sus dos compañeros lo devolvieron a la alegría del regreso al pueblo.
El religioso, alto y seco, de barbudo rostro desarticulado, con una túnica negra y sobre los hombros una ligera capa corta de seda, blancas mangas de encaje y crucifico monumental sobre el hundido estómago, colgado del cuello con un largo cordón marrón, los miró de reojo con recelo, reconociendo por la raída y enorme gorra azul marino a Juan Rodriguez Guillén, uno de los peones que contrataba a menudo para cavar en La Huertezuela, y desapareció tragado por la oscuridad del portal del templo después de que, tras unos golpes en la puerta y una llamada a viva voz, el sacristán Francisco de Salamanca le franqueara la entrada.
Luego la tarde fué adquiriendo dulzura y una brisa movió las copas de los árboles. Sábado por la tarde. En el claroscuro tras la puesta de sol se pacificó el pueblo reflexionando en silencio, viejo que se vuelve, pensativo, hacia su alma.
sábado, 9 de mayo de 2009
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