Se formó un gran revuelo en el pueblo cuando llegaron informaciones, desde la Ermita de Guía, de haber sido avistados dos merodeadores por las colinas del borde de la comarca; faltó poco para que mandasen tocar las campanas de las iglesias, tal era la excitación que produjo la noticia.
Después de las riadas ocurría, como ya hemos apuntado, que los vecinos de la población se encontraban ojo avizor, dispuestos a saltar al menor aviso de alarma, hipersensibilizados ante la más mínima señal. El castillejano Juan Rivera con su indumentaria manchada de sangre costrosa marchaba aquella mañana de niebla por la calle de Abajo, camino de la carnicería donde trabajaba, cuando le abordó un azacán mairenero de apellido Leon que venía a lomos de una mula castaña al trote rápido en dirección a la Plaza, preguntándole en tono muy alterado por la casa del Teniente de Gobernador. Se enteró Rivera por el mulero que se habían visto ladrones en los alrededores de la ermita, y rápidamente hizo cundir la noticia. La gente iba de casa en casa comunicando la mala nueva y cual pelota de nieve, en cada puerta se le agregaban agravantes; muchos salieron a las calles, gesticulando y con los ojos abiertos como platos; ya hemos visto que nombrar la ermita de Nuestra Señora de Guía y encenderse todas las alarmas del vecindario era uno y lo mismo.
El Alguacil Mayor, enterado por fin de boca del mulero de Mairena, organizó una partida de caballistas a la que se unió el dicho mairenero; pusieron los convocados los arreos a los equinos a toda prisa, entre gritos y órdenes a sus esposas, hijos y ayudantes, formando gran alboroto en sus respectivos hogares, como si la estabilidad del Universo dependiera de que ellos pudieran comenzar a cabalgar, y salieron al galope. Iban armados de escopetas de chispa, antiguos arcabucillos de rueda y espadones toledanos de taza, sobre varias yeguas cazadoras, un semental y el resto, caballos capados, formando un escuadrón apocalíptico con sus gritos, imprecaciones y silbidos. Entre los jinetes, dos hijos de nuestro ya conocido Juan Clemente de Luque, llamados Juan y Clemente, y tres hijos de Antonio Caro, junto con el mairenero, Juan de nombre, y el mozo tablajero Juan de Rivera con su sayo ensangrentado; al jefe de la cuadrilla, Fernando Caro, Alguacil Mayor de la villa exhibiendo con la soberbia de los miserables su vara alta de justicia que le confería facultad para detener, le acompañaba tambien su hijo Jose Caro. Nueve hombres en total.
Todos los Caro nombrados eran familia entre ellos, al igual que lo eran de los dos labradores con que abrimos desde Las Escaleras nuestra historia, los hermanos Agustin y Sebastian.
Sebastian de Covarrubias, en la entrada "Alguazil" de su Tesoro de la Lengua Castellana o Española nos ahorra el trabajo de describir la personalidad del jefe del grupo, un ministril que apenas sabía empuñar la pluma para firmar sus atestados:
"[...] A cierto género de araña ponçoñosa que haze una tela donde se enredan las moscas y se mantienen dellas, dicho por los latinos "phalangium", llaman comúnmente alguazil de moscas, y de aquí tomó ocasión el dicho tan celebrado, que las leyes se hizieron para castigar a los pobrezillos desventurados que no tienen quien buelva por ellos ni fuerças para defenderse, y assí se quedan asidos en la telaraña; pero los ricos quebrantan las leyes y las rompen como un pájaro que topa en la telaraña y se la lleva en las uñas. [...]"
Así era: en la telaraña de espionaje y vigilancia formada por los egoístas labriegos y sus informantes, capaces de disparar o azuzar sus perros contra cualquier infeliz que les intentara robar una docena de pimientos, habían quedado atrapadas dos desgraciadas moscas desventuradas y sin fuerzas, y la araña mayor, sintiendo de inmediato las vibraciones frenéticas de sus indefensas presas, vió y aprovechó la ocasión de ganarse el respeto del pueblo y de conseguir que hablasen de su persona los hacendados y propietarios llegados de la capital, y haciendo alarde de su mezquina crueldad se lanzó, con sus acólitos —no menos despreciables—, a llevar a cabo su execrable determinación.
viernes, 22 de agosto de 2008
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2 comentarios:
¡Cuántas veces en mi vida he sido víctima de esta debilidad humana...cuántas...!Todo iba encaminandose para llegar al momento de resurgir...
A veces, muchas veces, vapulear a los pobres y desgraciados se encubre bajo el concepto de "revolución desde abajo".
Haideé, gracias por tus comentarios.
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