No tardaron más de un minuto en presentarse en la explanada de la ermita, galopando como energúmenos y haciendo molinetes con los sables a la manera de los tártaros; para ellos era una cacería festiva. Se había levantado niebla, y los contornos del cerro del Carambolo, enhiesto como un fantasmal bosque verdoso que quisiera ganar el cielo, aparecían difuminados; la ermitaña, Maria de Amores, los esperaba a la puerta de la iglesia, con toda la apariencia de una bruja loca envuelta en una toca negra y en jirones de niebla fría y húmeda; María era esposa de Juan Prieto, él de origen gallego, y habían sucedido como guardianes de la ermita a los padres de fray Sebastian de Castro.
Eran una pareja laboriosa y trabajadora, nadie podía negarles su industriosidad, y en un documento de 1745 (cinco años después de los hechos que estamos refiriendo) figuran como dueños de los derechos del vino, vinagre y aceite vendidos en cuartillos en el pueblo, derechos que les fueron rematados por la suma de 1.805 reales de vellón, previa hipoteca de unas casas que poseían en la calle Real de Camas y cinco aranzadas de arboleda frutal en el Pago de Caño Ronco de dicha población, posesiones ambas que denotaban una desahogada situación económica.
Maria de Amores estaba muy excitada, y con gritos y gesticulaciones les indicó que los sospechosos habían huido camino abajo; hacia allá enfilaron sus monturas los nueve hombres, el mairenero de la mula a la zaga, trotando cómicamente. Desaparecieron en el hoyo, siguiendo la pista de piedras; en la hondonada hacia la Vega apenas se distinguía la Casa de la Cuesta, hundida en la densa y blanquecina bruma. Como cada pocos años, el fuerte temporal de agua, haciendo sudaderos y derretidos, había derribado tramos de la carretera que trepaba por la ladera izquierda de la quebrada, dejando mellas insalvables en su trazado, con todo el embasamiento de gruesas rocas derramado en torrente hasta el arroyo cuyo cauce taponaban aquí y allá formando pequeños pantanos; aunque en estos casos de derrumbamientos andaban "las gentes y acémilas de acarreo errantes de unos a otros [caminos], sin camino alguno conocido, atropellando a su antojo sementeras y rompiendo cercas y vallados de olivares para buscar del modo que les era posible alguna senda", los castillejeros para ganar tiempo tuvieron que lanzarse con los caballos por los terraplenes y barrancos de manera suicida, con el peligro acrecentado por la falta de visibilidad; la yegüa del hijo del Alguacil Caro tuvo un tropiezo con una raíz a flor de tierra y jinete, armamento y cabalgadura cayeron rodando en informe amasijo, afortunadamente solo unos metros hasta el fondo, donde lograron recuperarse uniéndose al grupo.
—¡¡Guíanos, Virgen de Guía!! —gritaba uno de los más exaltados.
Una vez abajo unos vaqueros de la hacienda "La Capataza" les indicaron, aterrorizados ante aquellos centauros enardecidos, que habían visto a dos hombres corriendo hacia la laguna que se formaba al pie de la cuesta cada año de inundación. Y aunque la niebla no cedía, desde aquella media altura lograron vislumbrar unas figuras lejanas que chapoteaban saltando como dos títeres oscuros en el agua helada en dirección a la capital. Eran sus presas. Había que alcanzarlos antes de que llegaran a alguna puerta de la muralla y se perdieran en la red inextricable de callejones de la ciudad, donde terminaba la jurisdicción del "Alguacil de las Moscas".
sábado, 23 de agosto de 2008
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2 comentarios:
Siempre pidiendo el favor de los santos en estos momentos...y sigue haciendose...
Claro que sí, Haideé. Acuérdate del cura aquel bendiciendo las bombas atómicas que iban a arrojar sobre Japón en la II Guerra Mundial.
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