En la tarde del jueves subía por la recalentada calle de Juan de Oyega el aperador Juan Lopez guiando una gran carreta hasta los topes cargada con enormes cestos de esparto rebosando racimos de uva de Pedro Ximénez. Había transcurrido todo el día, como los dos anteriores, siguiendo el mismo itinerario a razón de cinco viajes diarios, pero esta vez llevaba en el pescante al hijo pequeño de su amo, como de diez años de edad, que con una varita jugaba con los pacientes bueyes rascándoles los lomos mientras se desplazaban por la amarillenta tierra paso a paso, como con miedo a caer. Les dirigía el niño apelativos dulces y cariñosos con su cantarina voz:
—¡Vamos, "Colorado", que te duermes! ¡dormilón! ... ¡"Rociado", no seas remolón!
Se trataba del chiquillo Jose Pacheco, a quien no habían sido capaces de negarle el capricho de un paseito en carreta hasta el lagar de don Ignacio; también debía el chiquitín aprender el arte de la carretería y nada mejor para ello que unos ejercicios de prácticas.
Cuando el aperador conduciendo el precioso fruto dejaba la Calle Real para enfilar la cuesta de la de Juan de Oyega sentía como su corazón empezaba a latir más de prisa y le invadía en el pecho una opresión agridulce, hecha de frustración y esperanza, que se le difundía por todo el cuerpo como una extraña y ajena fuerza. De frustración por el amargo descubrimiento de que el francés había ocupado el puesto que tanto ansiaba, y de esperanza porque con ello la mujer demostraba ser de carne y hueso, tan humana como él y tan sujeta a los tirones de la sensualidad y a los empujes de la carne. Por otro lado temía grandemente convertirse en el objeto de las burlas de la pareja, en el hazmerreir del pueblo si trascendían sus deseos e intenciones, y empezó a odiar al calderero y, a menudo, a desconfiar de los dos. Su primera mirada al doblar la esquina iba dirigida hacia la casa de Elvira, atisbando con ansiedad de sediento si se distinguía en la puerta algún color de sus llamativos vestidos, antes incluso de comprobar si las canastas en la carreta iban bien sujetas, si había baches o piedras en el terreno o si los bueyes estaban en condiciones de subir hasta la esquina del torreón del Comisario. Soñaba día y noche con ver su hermoso rostro de flor exquisita y cuando la adivinaba en la puerta ya no había en el mundo ninguna presencia mas que la absolutamente maravillosa de ella, cuya luz borraba todas sus incertidumbres y reparos.
En cierta manera el que descubriera al calderero la noche de vigilancia no había hecho más que añadir estímulos a una relación puramente mental, estímulos que su alma de luchador simple entendía e interpretaba como un acicate.
Aquel viaje, a las cuatro de la tarde, se encontraban bastantes personas en la calle a pesar de que la temperatura invitaba a sestear. El fresco día anterior había roto la rutina del sueño tras el almuerzo, quizás. En la mínima zona de sombra que proyectaban las casitas algunos vecinos hablaban; en la morada de Antonio Montaño su mujer, Beatriz, y Jose, el joven hijo de ambos, charlaban con el anciano Gregorio de Lara, un viejo vecino de la ciudad de Carmona que residía temporalmente en Castilleja. Antonio Montaño y Beatriz habían perdido un hijo pequeño recientemente, un párvulo, y Gregorio, que era antiguo amigo de la familia, había venido a ofrecerles sus condolencias. Anotemos que la mortalidad infantil era brutal, debido principalmente a la mala atención en los partos, y que aunque se convertía en pura rutina perder un niño, eran las mujeres las que llevaban el peso de los abundantes embarazos frustrados como una determinación insoslayable de sus destinos reproductores.
Más arriba en la calle Rosa Vazquez, joven chispeante de genio alegre, casada hacía poco tiempo con Domingo Vidal, bromeaba entre guiños y risas con Elvira de Montes, ambas vecinas y de parecido carácter salvando la formación y cultura, asomadas a sus correspondientes puertas, cercanas una de la otra.
—Ya viene otra vez el hombrón... de ésta no se me escapa... —decía la primera mientras se abanicaba con la toca como si se sofocara, arrancándole a Elvira interminables carcajadas.
Sin duda que hombre de tal estatura, tan desusada, llamaba la atención allá donde iba, desatando las bromas y fantasías de cuantas mujeres se le cruzaban; mujeres que, por otro lado, no podían ni en su mayoría querían evitar dar rienda suelta a las voluptuosas figuraciones que suscitaba aquella especie de representación del macho por antonomasia. Pero no era el físico en esclusiva: era la excitante aureola de salvajismo, la tosquedad que prometía manejabilidad por poco tacto que se empleara en su trato, la roma inteligencia del puro inocente que desataba instintos maternales, lo que constituía el principal atractivo que envolvía para el mundo femenino la personalidad de Juan Lopez Ramirez.
jueves, 7 de agosto de 2008
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4 comentarios:
Cuántas veces he deseado asomar a una ventana desde la oscuridad íntima de una alcoba y sentir todas esas dulzuras de la sbellas que hacen una capa y un sayo de sus encantos...
mientras ahí fuera, en la calle,
el mundo no se atreve a entrar,
pero se nota el deseo de hacerlo.
No te diré de qué tengo alma,
pero este personaje femenino me da muchas pistas.
fantástico el capítulo.
Sigo.
Algún día nos miraremos frente a frente delante de unas tazas de café. En un día que ya está marcado dentro de nosotros mismos.
Entonces nos leeremos los pensamientos, y no sobrará ni una coma.
Ya verás que fácil.
Un beso.
Tal como lo cuentas tú, suena delicioso.
Eres un profesional de la palabra,y como tal, suele corresponder también a los sentimientos.
Y a veces a la seducción.
Lo sé.
Si no yo no tuviera esta dichosa manía de ponerme colorá...
jeje.
Un beso.
Ja ja ja ja ja. ¡Si supieras la obsesión que he tenido por los diccionarios!
Buenos dineritos me he gastado en colecciones de palabras... y ahora escribo con todos los libracos alrededor como gallina en nido, en informes montones, tal vez silenciosos, sí, pero... ¡cuánta voz, cuánto sonido y música y tono y timbre guardados en ellos!.
Es como si tuviera a todos los muertos disponibles y dispuestos a acudir a mi susurrante llamada.
Cuando tiras de una palabra, ocurre como las cerezas, que salen miles —y con ellas las ideas—.
Soy la única persona, estoy seguro, que ha fotografiado/pirateado el Etimológico de Corominas íntegro: pedía los tomos de uno en uno en la biblioteca pública de un pueblo cercano, en temporada de vacaciones, y en tres meses lo había copiado todo en el ordenador.
Espero con todo lo dicho acabar de seducirte como la excelente vocablófila que eres.
Ahora te advierto, cuando me oigas hablar no te eches a reír, como haceis todas ...¿eh?; porque entonces el colorado voy a ser yo.
Tú disimula, por fa.
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