Francisco Vazquez está tirado en el suelo a todo lo largo, entre el grupo de personas. Pálido como la cera y con los ojos cerrados, todos lo dan por muerto. En efecto, no parece respirar, no tiene pulsaciones. Alguien va en busca de la Justicia.
Se va congregando más gente en el lugar. El ahijador está si cabe con peor aspecto que la víctima. Pasan dos largos minutos durante los cuales la guapa Elvira ha traído un paño humedecido en agua fresca y arrodillada le limpia al caído la frente y las mejillas enterragadas.
Pasa otro minuto de confusión, con más gentes agregándose y comentando o aconsejando como actuar y de pronto uno de los espectadores capta cierta señal de vida en el atropellado, muy tenue. Todos se inclinan queriendo ser los primeros en reanimarlo. Como si se le hubieran abierto los cielos el boyero lo levanta en brazos con mucho cuidado; es una pluma para él el cuerpo exangüe del desvanecido, y lo intenta sostener en pie; Francisco murmura, babea, sigue con los ojos cerrados, flojo y bañado en un sudor frío, y Juan Lopez lo hace andar un poco, para comprobar su estado; lo anima:
—Vamos, hombre; ande un poco, un pie adelante, vamos.
Francisco, trabajosamente, mueve un pie, luego otro, con una lentitud exasperante. Los demás alrededor contribuyen a sostenerlo y a devolverlo al mundo; diríase borracho, torpe y sin fuerzas como una marioneta abandonada. Poco a poco parece poder andar, poder mover las piernas. Recobra el resuello, respira, aunque se queja débilmente a cada inspiración; de pronto se vuelve a desmayar, todos lo sujetan.
A los gritos y alboroto han salido de la hacienda del capitán don Gaspar Ignacio varios criados y el capataz, que estaban refrescando los olivos y arreglando el sembrado en la huerta al otro lado del muro, y el carretero Juan no puede reprimir un impulso cobarde: son demasiados y sabe que una multitud balandrera actua con impulsos ciegos y que puede peligrar hasta su misma vida si se deciden a tomarse la justicia por sus manos. Y por añadidura las gentes del Comisario, temidas por todo el pueblo por el repaldo tan importante con que cuentan, acaban por hacerle tomar una decisión vergonzosa pero necesaria en aquellos trágicos momentos. Ante tanta concurrencia y a pesar de la coinquinación que le sobrevendría Juan Lopez optó por ahuecar. Deja poco a poco en otros brazos al semidesvanecido Francisco y aprovechando el desconcierto huye disimuladamente por un hueco entre la masa hacia la carreta, monta en ella de un salto sigiloso y agarrocha a los bueyes hacia la salida de la calle, dobla a increíble velocidad la esquina de su admirada Elvira y enfila el camino de Salteras bazuqueando los racimos de uvas en las canastas. Nadie parece reparar en su vil huida. Además no era capaz, tan en caliente, de tener que habérselas con los alguaciles, de manera que, perdiéndose entre los higuerales y olivos mientras el sol iniciaba su descenso al horizonte como una bola roja, respiró aliviado al comprobar que nadie le seguía.
Así era. Nadie se había dado cuenta de que faltaba el principal actor. El campo abierto lo reanima, y vuelve a sentirse él mismo, avanzando por los polvorientos carriles solitarios en medio de la tarde bañada con claror de luz dorada. Se siente liberado, dueño de su destino, solo, y el atardecer tiene en su alma la significación de una puerta que había que cerrar, de un episodio finalizado; mas siente que sus remordimientos, como si una mancha imborrable hubiese hecho cuerpo con su persona, iban a ser eviternos.
lunes, 11 de agosto de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Los olvidados, 12q.
[...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...
-
(Viene de la entrada anterior) Vamos a documentar al siguiente hijo del masón castilllejano Eduardo Borges, Juan Borges Fe. Siendo segundo ...
-
Aparece un Comberger (sic) en documento de 1594 cuando doña Isabel Maldonado, madre de Juan Cromberger, reconoce al conde don Enrique de Gu...
-
Se cumplen estos días 400 años de la muerte de Cervantes http://400cervantes.es/ Estrechar la borbónica mano, blancuzca y viscosa, y marear...
1 comentario:
Me bebo agradecida este capítulo, y me despido de ti hasta el dia 22 , más o menos , en q estaré de vuelta y demasiado derretida por el cansancio y nostalgias de varios tipos quizá hasta para leer.
que te cuides mucho y al Cisquito paséale en horas prudentes.
Un beso a los dos.
Publicar un comentario