martes, 12 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XVI)

Gracias a los contactos e influencias que su jefe tenía entre los franciscanos, el aperador encontró refugio tras las tapias del cenobio en tanto pasaba la tormenta y se calmaban los ánimos. Hemos de adelantar que Juan Pacheco de Castro llego a ser Hermano tercero del Convento de Nuestro Padre San Francisco, y que el día de su entierro todos los religiosos sacerdotes estuvieron presentes, diciendo misa, en la Iglesia de la Inmaculada donde se celebraron las honras fúnebres, recibiendo cada uno cuatro reales de limosna, según la voluntad expresada en el testamento del difunto veterinario y carretero. Era, como hemos apuntado en otra ocasión, hombre muy religioso, y los franciscanos además estaban deseosos de demostrarle agradecimiento por todo lo que había hecho por ellos, especialmente en cuanto a donaciones y ayudas materiales se refiere. Por tanto su criado no encontró más que facilidades para ocultarse.
Al anochecer de aquel día el dicho aperador llevó la carreta hasta el cercado de la casa de su amo, con idea de dejarla allí y esconderse luego en la carnicería de su hermano Bernardo, a la que sabía acceder escalando uno de los muros traseros; pensaba que al día siguiente Bernardo le podría proponer algún plan viable que le permitiera escurrir el bulto.
Cuando intentaba introducir los hambrientos bueyes en su establo fue descubierto por la esposa del amo desde una ventana, y no tuvo más remedio que dejar que él dispusiese. Aquella noche hicieron que durmiera allí, y al final del día siguiente, ya oscurecido y hechas las pertinentes gestiones, le abrían las puertas del convento, encantados los frailes, como se ha dicho, de poder corresponder de alguna forma a tantos beneficios, atenciones y limosnas como recibían de Juan Pacheco.

En un banco del refectorio sirvieron al boyero unos huevos fritos con un enorme tranco de pan, y después le señalaron una cobija donde dormir en un cobertizo que hacia las veces de almacén, en el extremo sur del huerto, muro por medio con la Calle Real a un lado, y al otro con el corral donde dormía beatíficamente, rodeado de sus gatos, el anacoreta y aventurero Ramón de la Palma.

La Justicia de Castilleja se movió deprisa, denotando con su celeridad que apenas había asuntos que administrar en aquellos días o que doña María Arnao, la empleadora del pisador atropellado, había accionado sus poderosos resortes. También don Ignacio de las Doblas se interesaría por la suerte de Juan Lopez, y con la de él por la de sus perdidas arrobas de uva negra. Así funcionaban las relaciones laborales en aquella Castilleja, imbuídas de un paternalismo ineludible que convertía a los obreros en niños irresponsables a los que sus amos tenían que cuidar como tales.
La calurosa tarde del atropello, el día veintitrés de septiembre, tomaron declaración a Francisco Vazquez, en cama en su casa, dolorido y con voz temblorosa por el agotamiento; llegaron el Teniente de Gobernador, el escribano don Carlos Martin de las Cuevas, el maestro cirujano Francisco Rodriguez de Mendoza y el Alguacil Mayor Francisco Navarro, y con toda la consideración que merecía su delicado estado le hicieron algunas preguntas.
Beatriz de Cabrera, la mujer de Antonio Montaño, de unos cuarenta años, también declaró aquella misma tarde, asegurando algo que sería crucial para la actitud de la Justicia hacia el fugitivo: que éste picó a los bueyes cuando Francisco Vazquez estaba delante de la carreta. Se podía así interpretar el acto como intento de atropello, como una voluntad de hacer daño. Era muy serio el agravante. Luego hicieron declarar a la campechana Rosa Vazquez, mujer de Domingo Vidal, de veinticuatro años, que a aquella nefasta hora bromeaba con la bella Elvira, coincidiendo con su vecina Beatriz en que el aperador había haijado a los bueyes sin avisar. Tanto una como otra declarante eran analfabetas, sin otra experiencia de la vida que la aprendida a trompicones, picaresca y palizas; quizá les hacía hablar de la forma en que hablaron alguna patología en sus personalidades, algún tipo de sadismo morboso, o quizá un ancestral y subconsciente odio al macho; no pondríamos la mano en el fuego por asegurar que decían la verdad, porque el carácter violento e imprecedible de Juan Lopez nos deja en un mar de dudas.

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Los olvidados, 12q.

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