sábado, 2 de agosto de 2008

Un aperador acosado (V)

Elvira de Montes había visto desde su dormitorio la silueta de Cristobal Marana por la ventana de la calle; acto seguido sonaron tres golpecitos discretos en la puerta, y se dispuso a abrir sin percatarse de que llevaba en la mano un corpiño que en aquel momento inspeccionaba en su guardarropa, inutilizado por una ligera rotura.Su corsé era una estructura de finas pletinas de madera ensambladas con piezas metálicas, una de las cuales había fallado; el remache rodó por el suelo, acaso bajo la cama, y se disponía a recuperarlo utilizando una escoba cuando reparó en el transeúnte que se detenía en la entrada.

Le pareció el calderero interesante por cuanto no eran en el pueblo muy comunes los hombres rubios. Aquel largo flequillo cubriendo medio rostro resultaba llamativo. Cuando reparó en el acento francés del visitante sintió, por añadidura, como si hubiese encontrado a un conocido en un desierto. Había sido educada desde muy niña por una institutriz parisina y era capaz de hablar el idioma de la nación vecina con cierta soltura a pesar de que no lo practicaba desde hacía muchos años. En cambio leía bastante en francés, desde aquellos tiempos de su dorada adolescencia en su Córdoba natal, y cualquier cosa por insignificante que fuese relacionada con la cultura de aquel país encendía en ella las luminarias de la curiosidad.
No tenía ni idea de que existía en el pueblo una colonia floreciente de artesanos que la podía conectar con sus sueños juveniles, forjados con los cuentos y anécdotas de su querida preceptora y con los libros y clases con las que moldeaba su mente por aquel entonces.
Aunque había pasado un par de veces por la puerta de la calderería acompañada de una mulata vieja, encargada de sus contactos con el Comisario y del servicio doméstico en su nuevo hogar, siempre habían eludido el antro de suciedad y ruido en el que a veces se escuchaban, con el trinar de media docena de gilgueros que enjaulados saludaban a los viajeros, vozarrones cargados de vulgaridad y expresiones obscenas. Acostumbraban en su paseo cotidiano a bajar por su calle hasta la Real, y seguir hacia abajo contemplando al fondo el panorama de la ciudad, hasta llegar a la embocadura de Hernan Cortes, subir a La Plaza y enfilar de vuelta por la calle de Enmedio.
Ahora por fin, tras abrir la puerta, conocía a uno de los batidores. Bajó la vista hasta clavarla fija en un sitio tan concreto de la anatomía del hombre que no fueron necesarias las palabras para hacerle comprender su intención y la fuerza de su deseo. Él sintió un calambrazo suave, una enervante oleada que le desconectó de su entorno, y quedó con su único ojo enormemente expectante de los sombreados párpados orlados de espesas pestañas, de la roja boca entreabierta por la excitación, de la delicada imagen que se recortaba iluminada tenuemente en el zanjuán. Hablaron los dos frases cortas con timbre ronco. Apenas unos monosílabos: "que ahora mismo no podía atenderle", "que volvería luego", "que no tardara", "que no se preocupara", "que lo estaría esperando". Y se despidió la bella de él con una mirada de brillantes promesas mientras dejaba asomar entre sus carnosos labios su tibia lengua libidinosa y rosada, húmeda como si estuviera ante un suculento manjar, a la vez que levantaba con su mano libre sobre la fina saya uno de sus senos, insinuándolo a través de la tela y apuntando con él como si de un arma se tratara al enmudecido vendedor.
El francés solo pudo articular torpemente, antes de marchar, una de las primeras palabras que había aprendido en la Península:
—Guapa...

...................................................................................................

Volvió a la alcoba y soltó la prenda sobre la cama, con desgana. Al momento de calor siguió una sensación de vacío y flojedad corpórea, aunque su cerebro bullía de expectativas. Se sentó y dejóse embargar por una modorra soñolienta; pensó en masturbarse pero el mismo elevado nivel de agitación se lo impidió. Así estuvo, con los ojos cerrados, hasta que el sol del mediodía batió a plomo la calle. Regresó a la conciencia, con todos los sentidos renovados al oir conversaciones. Volvían las gentes a sus hogares y por un hueco entre los tapaluces de la ventana que actuaba como lente convergente sus siluetas deformadas, apenas manchas, se proyectaban en las paredes de la habitación en penumbra, deslizándose por ellas a un lado y a otro, sobre las cortinas, la luna del tocador de rinconera y los cuadros de Santa Justa y Rufina. Copiando las casacas, las tocas, los pañuelos y basquiñas rojas, verdes, azules, amarillas de los viandantes, se desplazaban las luminosidades como mostrándole un espejo de ilusiones que era la vida misma. El efecto óptico le volvió a retrotraer a su casa cordobesa, cuando de niña fantaseaba con las formas coloristas y animadas que llegaban de la calle tal como en aquel momento le estaban llegando. Pensó que para ella había emergido una realidad en el mundo, en la forma de un cuerpo pleno de virilidad que llenaría su casa de aromas y susurros, sus manos de calor y palpitaciones y su cuerpo de gozo y plenitud. Y que aquella tangible realidad sería un preámbulo de la vida dichosa y feliz que se le reservaba y que siempre había estado en el centro de sus deseos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Con una lectora como yo, esto no te cunde, Antonio.
Me lo he leído del tirón y ahora me retiro con la boca abierta cual Elvira pero del pasmo de tu verbo y de t u capacidad recreadora;
no lo puedo evitar,
te lo tengo que decir,
y paso por aquí como el rayo sólo para leerte y poner estas palabras.
Qué maravilla,
incluso al meter la pluma (ojo con los chistes fáciles) en las pasiones que tan vulgares serán como quieran , pero que cuánta vida generan.
Que bien contado.
La belleza de Elvira, el deseo , el sol, los cuadros de las santas.
Las ilusiones que provocan en una mujer sentirse cerca de sus fantasías.
Genial.
Me gusta mucho, mucho , mucho.
Si tuviera una editorial,
ay,
lo que te ofrecería por tus escritos...
firmarías conmigo y publicarías enseguida , y el Perez Reverte tendría que seguir escribiendo las crónicas de guerra que tanto le gustan
Un beso grande y enhorabuena.
Como siempre, tu fan ,
la reyes

Antonio dijo...

¡Ya quisiera yo tener una editora-consejera como mi amiga de Montequinto!
Yo y todos los castillejanos.
Íbamos a hacer que lo declararan libro de texto en los Institutos del pueblo, y que se lo aprendieran de memoria los chavales. Asignatura obligatoria, antes en importancia que la Educación para la Ciudadanía.
Y a vivir como los maestros antiguos, de especias: una gallina por aquí, un cesto de manzanas por allá... en fin.

Esto sí que son fantasías, y no las de Elvirita con su corpiño pendiente de reparación. Con este calor no encuentro el freno de la cabeza. Hoy estoy a base de cucuruchos de nata y chocolate y latas de cerveza sin alcohol.

Ya veremos. Un beso, Reyes.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...