jueves, 14 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XVIII)

Ya al siguiente día por la mañana, después del de los hechos, porque se había hecho muy tarde y optaron las autoridades por irse a descansar, llamaron a declarar a Antonio Vazquez, joven de dieciocho años que fue muy neutral e indeciso en sus respuestas, erubescente como si temiera comprometerse al acusar a alguien. Y después de él, le tocó el turno al anciano Gregorio, el que hablaba con Beatriz y con su hijo Jose cuando la carreta tropezó con el contrafuerte del muro y que recibió la increpación del enviscado aperador. El joven y el mayor, Antonio y Gregorio, eran también analfabetos.
Una vez formado el auto el Teniente ordenó al Alguacil el prendimiento y puesta en prisión del aperador, lo que no se pudo efectuar por no hallarlo allá donde lo buscaron, que fue en todas partes prácticamente, excepto donde era más probable que estuviera y donde de hecho estaba: en casa de su jefe.
Con febril actividad empezó a dictar el Jefe del Cabildo al escribano requisitorias de busca y captura dirigidas a Sevilla y a todos los cabildos de las vecinas villas, con una completa descripción física de Lopez. El día 26 Camas envía acuse de recibo y ordena que se le busque en su término municipal. El 28 lo hace Gines. El 30 Bormujos. El 2 de octubre Tomares. El 3 Castilleja de Guzmán. Desde este día 3 el escribano que atiende las diligencias es Jose Gabriel de las Cuevas, pero el 7 lo vuelve a ser don Jose Cordero Baena.
Sospechando del albéitar de Las Escaleras como encubridor, decidió el difidente delegado del Gobernador entrevistarlo. Juan Pacheco tuvo que declarar acerca de los bienes de su aperador, acerca de su jornal y de qué le debía, así como otros detalles atinentes al refugiado en el convento. Juan Pacheco diría toda la verdad, excepto esta última referente a los frailes encubridores. Contó que su empleado no tenía bienes algunos, ni en su casa ni en ningún otro lugar; que cobraba de salario diario dos reales y medio, y que en aquel momento le debía cuatro jornales, que hacían un total de diez reales. Pero su sinceridad, —exceptuando el importante detalle del convento—, no le libró del embargo de su carreta nueva y de sus dos amados bueyes, "Colorado" y "Rociado", que quedaron en depósito en el corralón de Francisco Torres, hombre de confianza del Teniente de Gobernador. Además se le ordenó que retuviese los diez reales que debía a su aperador, y que bajo ningún concepto se los entregase, hasta tanto no fuera juzgado. Esto ocurrió el veinticinco de septiembre. Dos días después se hizo declarar al joven hijo de Beatriz, Jose Montaño, que se hallaba con su madre y con el anciano Gregorio de Lara aquella tarde; tiene solo quince años, pero se ha juzgado conveniente llamarlo a que dijera lo que vio, como testigo directísimo que fue del acontecimiento. El muchacho no aporta nada nuevo a lo ya detallado por sus predecesores, y se cierra con él el capítulo de declaraciones de los testigos.

Cuando adecentó el camposanto Juan Lopez Ramirez lo pusieron a arreglar olivos, en cuyas chocas los varetones alcanzaban alturas de metro y medio. Las libélulas —rojas, amarillas— planeaban sobre los tallos y hierbajos. Había colonias de moscas cerdosas que con sus rígidas probóscides le propinaban al refugiado tremendos picotazos, como si reconocieran en sus carnes otras extrañas y ajenas a las familiares y virginales de los religiosos, en apariencia insensibles a sus asaltos.
El hombretón había perdido todo contacto con el mundo exterior. Pasaron los días, en los que apenas ni le hablaban ni habló, si exceptuamos al entregarle su comida o cuando se le indicaban nuevas labores. Iba a la misa matutina, celebrada en la excelente capilla costeada por algunos magnánimos benefactores, donde participaba automáticamente de la ceremonia. Se encontraba muy aislado y solo, pero pronto fue ganado confianza. Un hermano, encargado de media docena de colmenas en un respaldar al sol, lo fue introdujendo en la industria de la miel.
Luego le enseñaron la herboristería, desde la que aprovisionaban al maestro boticario don Salvador de los Reyes de remedios y conocimientos, ya que había entre los franciscanos larga y rica tradición en este arte mitad mágico, mitad médico. Con devaneos de hereje alquimista, el padre fray Gerónimo Gomez de San Hermenegildo le explicaba trucos para conservar flores, para extraer principios de semillas, o para crear un brebaje contra una afección de la piel o como diurético; a modo de clase experimental le enseñó aquel día a cocer pepinillos del diablo, recien recolectados a tajos de cañivete entre los umbrosos matorrales del Egido, con los que conseguía un poderosísimo purgante.
Pasaban los días, rutinarios y monótonos, como si se repitieran; hasta el cielo parecía ser el mismo desde por las mañanas hasta por las noches, azul y límpido, cegador, lleno de luz.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Erubescente...
....
Antonio, soy muy floja.
Te agradecería que me dijeras el significado.
A riesgo de ponerte nervioso,
te diré que no sé dónde tengo el diccionario.
Sigo leyemdo.
Besos.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...