Una vez frente a la cárcel en medio de la multitud hosca y enfurecida, aunque silenciosa, que inundaba la Plaza, Francisco Ravelo fue encerrado tras cambiarle la gruesa cuerda por unos mohosos grillos, y marcharon Alguacil y acompañantes a informar oficialmente al Teniente de Gobernador, quien, desde el balcón del Cabildo y en compañía del escribano Cordero, observaba la escena con el ceño fruncido por la preocupación.
Mientras el Padre Guardián del cercano convento destacó a una pareja de padres para reconfortar al gitano y, aprovechando su indefensión, arrancarle una confesión que sirviera para emmarañar a otra conciencia más en la maquinaria eclesiástica de modelación de espíritus y control de mentes. Tras solicitar los oportunos permisos al cancerbero, ya de noche cerrada, los dos encapuchados penetraron en la lóbrega estancia en uno de cuyos rincones yacía el preso sobre unas esteras polvorientas. Desvariaba, y a la luz de los pestilentes candiles de aceite comprobaron que tenía un preocupante color y una temperatura altísima. No estaba en situación de mantener conversación alguna, y todo lo que pudieron hacer por él fue librarlo a pisotones de sandalias de varias cucarachas que merodeaban en su derredor, rezar una letanía monótona que actuó de adormidera, bendecirlo con rapidez y marcharse por donde habían venido.
El Teniente de Gobernador Pedro Marquez pensaba, muy exactamente, que los vigilantes se habían propasado en sus actuaciones en la inundada Vega del río, y que se le iba a hacer responsable a él de tales actuaciones; a pesar de tratarse de un gitano de ínfima extracción social pertenecía a una comunidad —la de la ciudad— muy bien organizada cuyas jerarquías no iban a permitir la flagrante intromisión que habían efectuado aquellos incultos y toscos pueblerinos en un asunto que solo tocaba a ellas tratar de resolver. Por tanto, dándole vueltas a la cabeza de esta manera, lo primero que decidió fue destituir fulminantemente al Alguacil Mayor, en un intento de enviar la más clara señal de desaprobación de los hechos a las autoridades hispalenses; era la única forma de intentar salvaguardarse de la tormenta que desde Sevilla le iba a caer encima, cuando los "peces gordos" de la Real Audiencia valoraran los hechos. Luego estaba el preso. Se sentía más incómodo en su oficina del Cabildo, frente al ventanal hacia la Plaza, que el propio herido, envuelto en una manta tiritando de fiebre en un rincón del calabozo, que al menos contaba con los consuelos y auxilios de los franciscanos y del sector caritativo castillejense.
El Teniente no contaba en modo alguno con el apoyo popular; conocía bien a la sociedad que dirigía, y sabía que en pocas horas el enardecimiento y la pasión veleidosa instigada por los propagadores de rumores se habría apagado, y que todos recobrarían la objetividad y verían las cosas tal cual eran: un pobre desgraciado hambriento e inofensivo que solo merecía compasión. Y este conocimiento del temperamento verbenero, explosivo y ruidoso pero inconsistente, de su propio pueblo le hacía sentirse muy sólo frente a la problemática situación.
Podría ocurrir —temía Pedro Marquez— lo más inesperado e indeseable, y verse envuelto en una dinámica tal que le arrastrara a él mismo también tras las rejas, con su prestigio hundido en toda la región para los restos. Tenía enemigos, incluso dentro de la corporación que encabezaba, que se regocijarían de verlo preso y aniquilado. De forma que decidió empezar a maniobrar a fin de conseguir, primeramente, librarse de Francisco Ravelo, como el asesino intenta liberarse del cadáver; consultó el asunto con algún Regidor de su confianza, y una vez suficientemente aconsejado decidió, alegando inseguridad en la cárcel y falta de medios para su manutención, solicitar a Sevilla el traslado del cautivo, a la Cárcel Real de la calle de Las Sierpes.
4 comentarios:
Ya me puse al día ,y me alegro porque se supone que ahora sólo podré echar un ratito al día en actividades blogueras, y con la lectura puesta al día será mucho más fácil...
te felicito por la calidad , intensidad y documentación de los hechos contados.
Aquí seguiré.
Un beso.
Cuando saltemos al siglo XIX creo que voy a introducir a un miembro de mi familia que estuvo en la 1ª Guerra Carlista y en el Ejército de Puerto Rico.
De jovencito lo sortearon para entrar en quintas en una habitación del palacio del Diablo Loco (El Comisario de Guerra Gaspar Ignacio Romero, amante de Elvira la bella) donde estaba establecida la oficina de reclutamiento, y que ya había cambiado de dueño. Y aunque tenga que recurrir a privatizar el blog, quiero llegar al siglo XX, con papá en el Frente del Ebro y otras cosas.
Besos.
Conoces muy bien las emociones humanas, si muy bien...
Privatizar el blog, ¿me lo puedes explicar?
Claro, Haideé: cuando los personajes de mi historia estén cerca en el tiempo, en el siglo XX, significará que de muchos de ellos se acordarán sus descendientes, biznietos e incluso nietos y hasta hijos, vecinos míos en la actualidad.
A ninguno de ellos le agradará que publique cosas vergonzantes de sus tan recientes antepasados.
Temo represalias si así lo hago. De forma que la mejor solución es privatizar esas crónicas tan frescas en la memoria del pueblo.
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