El piso de la casita blanquísima, recatada y sencilla de Elvira como los de todas las de la fila de la calle de Juan de Oyega había sido excavado en un terreno inclinado para adquirir nivelación; en el portillo de su patio trasero, igual que en los de los demás, se había labrado una escalerita de unos seis u ocho peldaños fijados con tablas e hincos de troncos, por la cual se accedía al terreno conocido por pago de Las Escaleras, así bautizado debido a esta particularidad. Casi todos los vecinos tenían entre media aranzada y una y media de tierra de primera calidad en dicho pago, aledañas a sus viviendas, en las que sembraban hortalizas y cultivaban frutales e incluso algunos olivos. Merodeaban por allí las bandadas de gallinas y las piaras de cerdos en una mezcla desordenada que propiciaba frecuentes conflictos domésticos, los cuales ni se remediaban ni se intentaban remediar por lo sano porque aportaban la sal de las vidas monótonas y rutinarias de los vecinos. Eran las casas de la calle todas de factura humilde según se ha dejado anotado, de una sola planta y con la clásica fachada encalada con zócalo marrón, con una simple puerta de madera oscura entre dos amplias ventanas de persianas indefectiblemente verdes, y sus antiguos y combados techos de tejas mohosas entre las que se erguía el jaramago ascendían en dientes de sierra desde la Calle Real hasta el ángulo con la de Enmedio. El nombre de la calle venía, como ya apuntamos, de uno de sus vecinos, hidalgo que allá por el siglo XVI obtuvo ciertos privilegios con sus cartas de nobleza entre los que se encontraban el de regidor perpetuo en el Cabildo junto con el de exención del pago de pechos; quiso la adversa fortuna, las maléficas tentaciones o alguna congénita debilidad que metiese las manos en el tarro, por lo que, acusado de malversación de fondos, hubo de retirarse del más que ruido mundanal exquisito estrépito que produjo el mangoneo, mientras sus parientes, haciendo todo lo posible por taponarlo con sordinas, prodigábanse en servicios y buenas obras a la comunidad para remediar el feo lamparón que el noble Juan había dejado caer sobre el apellido, de origen bilbaíno dicho sea de paso, descendiente por línea recta de varón de la Casa solariega Infanzona de Salazar de Largacha, Casa y Torre de Laracha.
Y como la primera piedra la ha de tirar quien esté libre de pecado, cuando se empezó a sospechar de la vida ociosa de Elvira, —lo que ocurrió casi de inmediato a su llegada—, no hubo prácticamente nadie en la calle que se creyese poseedor de semejante atributo, por lo que no solamente se la dejó en paz con el regalo de su lujosa vida sino que, entre las vecinas sobre todo, la que más y la que menos le ofrecía si no una sólida amistad, sí un rato de conversación, siquiera fuera de puerta a puerta mientras esperaban al buhonero o salían a respirar un rato.
Por lo demás los encuentros amorosos de los dos amantes se efectuaban en la más estricta clandestinidad. Personas de confianza los favorecían creando las condiciones necesarias y no les faltaban lugares donde entablar deliciosos diálogos amigables a dos lenguas y cuatro manos. Aunque el hecho de que, por edad y temperamento, ella hablase más que él y que él oyese menos que ella los llevó, como era previsible, a un distanciamiento fijado por un sentido de la amistad que no lo acrecentaba y por una pasión que no lo hacía menguar. El capitán la apreciaba más en tanto en cuanto menos podía satisfacerla en el plano carnal, y ella no mostró nunca de forma abierta repugnancia por el sudor enfermizo y la flaccidez fálica de quien ya había traspasado, al menos a los efectos contemplados, la puerta de la ancianidad.
Cumplía su promesa delegando sirvientes hacia la casita el Comisario y hacía llegar dinero más que suficiente a la dama, y el paso de los días, meses y años imprimió el marchamo de la convención aceptada por ambas partes, él conformándose con verla y ella con la especie de padre tolerante en que se había convertido su impotente querido.Pero cuando la noche cerraba las puertas y el silencio inundaba insidioso las alcobas, cuando la soledad gritaba su aullido de aviso —¡¡el tiempo pasa, el tiempo pasa!!— en el alma, Elvira necesitaba un cuerpo al que abrazarse y que el desordenado tantear frenético de sus sentidos encontrase el objeto natural al que dirigirse: un hombre.
Un hombre que apareció por fin, sonriente, en la puerta de su casa una mañana, con un racimo de peroles y cazuelas relucientes colgando del brazo.
sábado, 2 de agosto de 2008
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