miércoles, 13 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XVII)

Por la mañana el enorme fugitivo se despertó con el canto de los gallos que los religiosos cuidaban en un corralillo y el tintineo musical de los franceses en la Calderería. Había tenido pesadillas. Todavía le parecía estar viendo la forma de un gran pájaro de cresta roja que le aplastaba con su peso; los titánicos esfuerzos que hacía para quitárselo de encima habían sido inútiles. El ave lo miraba fijamente con un ojo terrible y amarillo cuando sintió de nuevo el mundo real, y el ojo del pajarraco resultó transformarse en el sol naciente. Acabó de despabilarse recordando lo acaecido y haciendo un rápido balance de su situación. Se lavó en una mediana alberca aledaña al pozo —espejo del cielo celeste, siglos de frescura, inalterada profundidad verdinosa— y se sentó al sol en un tosco banco de piedra, a esperar acontecimientos. Los frailes, como sombras pardas, ya hacía rato que escardaban lechugas u ordeñaban la docena de cabras que mantenían en el reducto. Hablaban poco o nada entre ellos.
Luego tuvo una entrevista con el Padre Guardián, de la que salió sumamente reconfortado; era un hombre delgado, alto, encorvado, de tez pálida y voz suave, que le trató con exquisita amabilidad y cortesía, preocupándose de su alojamiento y de su estado, y le habló no como a un feligrés, sino casi como a un camarada.
Le señaló al finalizar algunas tareas, porque, argumentaba, "la ociosidad es la madre de todos los vicios" y debía distraerse teniendo la mente ocupada mientras durara su retiro forzoso.
La primera labor que se le designó fue la de limpiar de hierbajos y suciedad de pájaros el recoleto cementerio que albergaba los huesos de los primeros frailes castillejanos. Situado en el centro de un cerco de copudos pinos que se alzaban en la parte más oriental del recinto, sus tumbas se amontonaban unas en otras como si sus inquilinos no quisieran perder contacto entre sí. La mayoría, correspondientes a los religiosos, eran de humilde factura, con una media lápida de tosco mármol y el resto de obra de ladrillo, y sus cruces de herrajes o, en contados casos, de piedra tallada. Sin embargo destacaba quince o veinte que, aunque descuidadas, dejaban notar el lujo y el exquisito gusto con que habían sido construidas.
El dos de julio pasado enterraron en una de éstas a doña Luisa de las Cuevas, solterona y hermana de dos chupatintas que ostentaban el monopolio de las escrituras oficiales en varios pueblos de los alrededores, incluído San Juan de Aznalfarache, además de ser íntimos colaboradores del enérgico vicario don Miguel Vazquez Forero. Aquella mañana del entierro de Luisa los religiosos pasaron verguenza cuando el impresentable cementerio, realmente abandonado, se llenó de deudos y amigos de la finada, que murmuraban entre ellos y miraban con reprobación a su alrededor.
Juan Lopez se detuvo un instante en la lápida de mármol blanco todavía brillante de la difunta y pensó que el clan tenía el apellido que les correspondía, como les correspondería a las aves de presa o a los zorros ladrones: de las Cuevas.
Trabajó todo el día, con un breve descanso para almorzar lo que en un cestito le arrimó un hermano barbudo y seco, de ojos ardientes y enrojecidos por las vigilias, y de manos negras y huesudas como los sarmientos que podaba en Las Escaleras.

El día veinticuatro el maestro cirujano don Francisco Rodriguez de Mendoza presentó el parte escrito, después de que el día anterior, una vez concluído el interrogatorio del accidentado, lo hubiera reconocido tal y como se ha referido. Un buen algebrista que rondaba los cuarenta años de edad, con aguda intuición anatómica, al tacto supo donde radicaban las principales lesiones; esta condición era excepcionalísima en el gremio, puesto que los cirujanos despreciaban el arte del tratamiento de huesos en el cuerpo humano, tratamiento que correspondía a una subespecialidad conocida como álgebra, de manera que eran los algebristas los encargados de reducir dislocaciones y reparar fracturas. No lo había en Castilleja, ni en casi ningún pueblo de la comarca, por lo que en casos de accidente tenían que recurrir a los de Sevilla. El pueblo podía sentirse afortunado por tener uno disponible las veinticuatro horas del día, y a don Francisco Rodriguez le entraban buenos ingresos por los requerimientos de las vecinas poblaciones. Para practicar con destreza el álgebra se necesitaba ser físicamente fuerte, y disponer de pocos escrúpulos y de abundante capacidad de decisión. A la hora de reducir una dislocación se empleaba la fuerza bruta, a base de tirones, y los horrísonos gritos de los pacientes no debían afectar al especialista. El torso del accidentado presentaba moratones enormes que evidenciaban copiosas hemorragias internas, y aquí y allá bultos e hinchazones que auguraban lesiones complicadas y de largos efectos. Pese a todo, había tenido una suerte inmensa. Una carreta cargada de uvas, con macizas ruedas que desmenuzaban piedras, no es algo que el pecho humano pudiera soportar. A la presión, que arrancaba fuertes ayes del enfermo, se hundían algunas costillas tanto en la espalda como delante, lo que indicaba a ciencia cierta que estaban rotas por varias partes; el fémur izquierdo estaba dislocado de su encaje en la cadera, y este mismo hueso tenia una fisura en uno de sus lados; el hueso frático también estaba fracturado, y lo demás eran todo contusiones y libores. Le recomendó fervientemente reposo absoluto e inmovilidad extrema, la consabida alimentación a base de caldo de gallina, algún sangrado y unos empastos que su amigo el boticario Salvador de los Reyes no tardó en elaborar, diseñados para devolver a los tejidos sus sistemas de drenaje.
El paciente quedó sumido en un sueño profundo después de que su atormentador circunstancial saliera de la casa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bueeeno, ya lo retomé y dejo aquí este comentario para que sepas que sigo y sobre todo, para que yo misma sepa mañana por dónde lo dejé...
espero que no te importe que use comentarios como" indicadores de página " , jejeje.
Me encanta leer estos capítulos.
me encanta.
Qué bien hechos están .
Bueno,es tarde, no me sale nada original, pero ea,
que me gustan mucho.
Besos.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...