sábado, 16 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XX)

Entre los días uno y dos del mes entrante de octubre —viernes y sábado— volvió el cirujano a enviar un parte al Cabildo acerca del estado de Francisco Vazquez; decía en él, con su letra increíblemente alargada (con dos palabras de mediana extensión solventaba una línea), que lo encontraba mejorado, en franco proceso de recuperación. Le había llevado el grueso cuaderno de los autos al convaleciente, para que firmase su declaración, cosa que, como se dijo, no pudo hacer el día que la efectuó debido a la gravedad del accidente. Sin levantarse de la cama, semi incorporado con la ayuda de los presentes, Francisco se sintió importante cuando pusieron en su mano la pluma entintada y el folio final del legajo sobre una tablilla a modo de escritorio. Entre ayes medio verídicos, medio teatrales, garabateó su nombre donde le indicaron, como quien se quita de encima un pesado fardo.
Transcurridos varios días se nombró a Cristobal de Aguilar, a quien recordaremos como el que reparó la Cárcel y el Pósito, para cubrir la vacante de Promotor Fiscal, figura legal que había de intermediar entre la Real Audiencia de Sevilla y el Cabildo castillejano en lo referente al caso; este puesto comunmente se improvisaba en el pueblo cuando un auto lo requería, auque oficialmente debía existir un Promotor fijo durante todo el año, pero en este caso habría que abonarle emolumentos anuales, lo que pretendía evitar la corporación; los sucesivos Tenientes de Gobernador de aquellos años, nombrados anualmente por una Junta Vecinal Electora y con el beneplácito del Conde Duque, señalaban siempre a Cristobal a pesar de su grave analfabetismo, el cual aceptaba ya de forma rutinaria esta obligación, que conllevaba tener que efectuar algún viaje al edificio de la plaza de San Francisco en la ciudad, para mover papeles, pero que solía reportarle alguna abultada bolsa de reales de vez en cuando. Cristobal tomó su cargo jurando el día diez, ante Jose y Carlos de las Cuevas.

En estos días se hablaba en el pueblo de lo acontecido. Aunque Juan Pacheco de Castro estaba taciturno, como temiendo que se le escapase alguna palabra delatora del escondrijo de su empleado. Don Gaspar comentaba, en uno de sus paseos con Elvira, que había visto desde su torre a un grupo de chiquillos pelearse por coger los racimos de uvas que cayeron de la carreta, inmediatamente tras retirar al accidentado en unas parihuelas.

Mientras tanto, paralelamente, ocurrían los hechos que hemos dejado inconclusos en la sala del convento entre fray Cipriano y el utilero del veterinario y que ahora proseguimos:
Juan Lopez sentía, —mientras escuchaba con atención—, el aliento cálido del fraile, no sin cierta aprehensión muy oculta y disimulada por el respeto innato que le producían los religiosos en general, y los franciscanos castillejenses en particular. Pero cuando percibió ya con total claridad en su oreja el húmedo contacto de los labios del religioso que lo besaba con suave vehemencia, retrocedió comprendiendo espantado: estaba siendo solicitado por aquel hombre.
Dando varios pasos atrás lo miró de hito en hito, con temor y asombro, con el ánimo en extremo confundido. Fray Cipriano, absolutamente tranquilo, sonreía mirándolo a su vez con fijeza y con una ligera luz de ironía en sus pupilas desleídas, y acto seguido, con un gesto amable y cortés de la mano, lo invitó a salir de la sala. Ya una vez de vuelta al jardín, el aperador recobró, con el aire de la tarde abierta, la objetividad y la capacidad de análisis tras la conmoción que acababa de sufrir con la abierta insinuación del franciscano. Había oído muchas historias sobre las perversiones de ciertos frailes, pero cuando las sintió en su propia persona como recien las había sentido, un cúmulo de sentimientos indescriptibles, revueltos e indefinidos, se manifestó como una marea en su espíritu, y solo el paso de las horas y la meditación profunda sobre lo acontecido logró despejarlo, situándolo en ese contexto histórico, como otro hombre más de los muchos que habían sido enredados en aquella solapada concupiscencia homosexual que rompía el mecanismo político de las normas sociales.
El sentimiento anticlerical que trajo la Ilustración había relegado las leyes antisodomíticas de la Iglesia a simple papel escrito, pero la medicina incorporó, no se sabe por qué causa, esa actitud anticuada a su discurso sobre lo normal y lo morboso, creando las tipologías de enfermo o pervertido y anatematizando así, con otras formas más científicas, tales conductas; la cura de almas medieval y renacentista pasó a ser labor de los modernos técnicos de la salud; además en las clases populares de la España más atrasada, de las que formaba parte el asilado de los frailes, perduraba el terror a la pena de muerte en la hoguera por "concúbito en vaso indebido" casi hasta la llegada del siglo XIX.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Genial.
Qué bien explicado, analizado.
Sigo.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...