La sombrilla marfileña de Elvira Montes de Avellaneda, la amante del Comisario de Guerra, con el balanceo de su orillo de plateados flecos otomanos se convirtió por derecho propio en la única, visible, real y auténtica bandera del pueblo de Castilleja de la Cuesta: sus reflejos albos despertaban en los hombres ímpetus imperiales, fogosidades colonizadoras y emociones cuasireligiosas, y en las mujeres producían un apagamiento desleído en estoicismo que las obligaba a recogerse en sus interiores, como avergonzadas de sí mismas ante el dictamen de un argumento aplastante.
La llevaba en sus cortas idas y venidas, cortas como si pretendiese con sus brevedades ser dos veces buena, sobre ella, airosa y frágil como una idea bella y desnuda flotando alrededor de su perfecta cabeza, sujeto el pomo de plata que remataba el mango de granadillo con una mano deliciosa y fantasmal blancamente enguantada hasta un alborozo de encajes cristalinos que a medio antebrazo prologaba su carne magnífica, manantial puro de venas azuladas perdiéndose en la cálida cueva de la manga del vestido.
Bajo la luz tamizada por el quitasol, por su tejido de seda decorado con aves volando en guirnaldas y ocho hojas verdiamarillas de palmera siguiendo las líneas de otras tantas varillas encadenadas con la libertad celeste de volutas de cintas cuyos lazos eran alas de mariposas, se bañaba su rostro de tal atmósfera que faltaba poco para que arrancara sonrojo hasta de las caballerías, que parecían roznar impacientes por respirar su perfume, por oir, feliz premonición, el crepitar musical de sus zapatos de "cric": zapatos de ante violeta con hebillas engastadas con cristales de talla y sombrilla, sombrilla y zapatos, el alfa y omega de la mujer más hermosa que ni los ojos castillejeros casi centenarios habían tenido nunca la oportunidad de contemplar.
Ojos en los ojos. Estaban sus ojos encima de la luz del día, ojos que habían acaparado para sí toda la alegría de la gran explosión estética de formas y colores que sucedió al Siglo de Oro y que, además, tenían algo que trascendía todas las artes y todo el arrasador vendaval del tiempo: inteligencia y bondad. Afortunados de aquellos sobre los que se posaban.
Elvira poseía apariencia divina.
Entraron en contacto ella, Elvira la bella, y el luciferino capitán Gaspar, merced a tercerías, como era lo habitual en aquellos tiempos. Fué en un teatro de la calle de La Muela, —hoy O´Donell— en Sevilla donde Elvira vió solución a un su angustioso estado, y donde el Comisario empezó a soñar despierto. Allí, todo arreglado, comenzó una relación tan desequilibrada como inocua, lo segundo porque la mujer tenía suficiente talento como para salir incólume de cuantas tempestades se producían y él el justo tacto como para no llegar a hacerle daño con sus embestidas. El dinero por medio hacía de colchón, si al parecer innecesario, en realidad imprescindible para engrasar sentimientos, emociones y actos —más los ajenos que los propios— que de otra forma hubiesen erosionado las vidas de nuestros dos personajes.
Así que don Gaspar, pasados unos meses en los cuales compró algunas aranzadas de viñas, más por seguir la costumbre entre hacendados que por interés en el zumo de Baco —lo suyo era la astronomía—, e inició los proyectos de montaje de un molino de aceite en el espacio sobrante del gran corralón, decidió por fin invitar a Elvira a vivir en Castilleja junto a él, enfrente de su mansión al otro lado de la calle, en una casita en donde, le juró, nunca mientras viviera le habría de faltar de nada.
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