Jose Caro sintió que el techo se le hundía encima; se encontraba abatido hasta la desesperación, nunca hubiera imaginado que estar preso conllevara tanta angustia, tanta pesadumbre; sentía como si le hubieran destrozado la vida, como si hubiese caído en un pozo tenebroso del que ya nunca más podría salir, y en la penumbra del encierro, oyendo los ruidos cotidianos de la Plaza, el paso de las caballerías, las risas y carreras alegres de los chiquillos camino de sus casas, alguna apacible conversación de vecinos que marchaban a descansar, las campanas del Convento y de la Iglesia, se arrepentía profundamente de lo hecho, pero era un arrepentimiento contaminado de egoísmo, de soberbio amor propio que predominaba en sus reflexiones en la forma de una autocompasión que obviaba el daño y sufrimiento causado al gitano, como si la víctima fuera él mismo y el acto de agredir extraño a su voluntad. Y sobre todo, le pesaba como una losa haber sido el causante de la degradante destitución de su padre, el Alguacil de Moscas Fernando Caro.
Que fue quien primero apareció interesándose vivamente por su estado. Padre e hijo se fundieron en un abrazo en el que no faltaron algunas lágrimas. Le traía una manta y le prometió un colchón de lana nueva de inmediato, que ya estaban preparando las mujeres de la familia.
—Mira, Jose. Es menester que prepares tu declaración, y que confieses lo que ocurrió en el olivar del Moro —le dijo su padre mirándolo con fijeza, las manos en sus hombros. En la semitiniebla que reinaba en el recinto su rostro parecía haber recibido un baño de plata y nobleza. Jose se emocionó, sintiendo un nudo en la garganta.
—La verdad va por todos los caminos. He pensado en este asunto todo el tiempo que has estado fuera, dándole vueltas a la cabeza días y noches, y creo... creo que aquel día actuamos con demasiada ligereza. La peor herencia que puedo dejarte es la de la falsedad y la mentira. No podemos ir por ahí, hijo.
El preso no articulaba palabra, comprendiendo que aquellos momentos eran trascendentales en su vida y en la de su progenitor. Era aquella una hora que constaría para siempre en sus recuerdos, marcándolos profundamente.
—Quiero, hijo mío, que seas sincero en todo cuanto se te pregunte. Hazlo así por mí, y luego descansaremos en paz, con nuestras conciencias limpias. De manera que... quiero que me prometas que contarás las cosas como ocurrieron, sin añadir ni quitar nada de cuanto pasó.
No dudó el joven y respondió con la voz entrecortada por la emoción:
—Prometido.
Ya había acordado de antemano el ex-Alguacil de Moscas con el nuevo Teniente de Gobernador que si su hijo accedía a decir la verdad en su declaración se iba a ser ingulgente con él en la máxima medida, por tanto no tardaron ni una hora en presentarse en la cárcel dicho Teniente con su inseparable sombra el escribano Jose Cordero, y Bartolomé de Chavez, el guardia principal.
En la oficinilla de la entrada tomaron juramento e hicieron las preguntas de rigor al detenido, quien estaba sorprendido de lo rápido que se había cursado su petición, sin sospechar la confabulación entre su padre y las autoridades. Juan de Santiago lo trató con paternalismo y condescendencia, y se dio cuenta de que mentía cuando aseguró que Francisco Ravelo se le había resistido esgrimiendo una gran navaja en el momento en que se le acercó al trote de su montura. Ningún testigo de todos los consultados en días anteriores había mencionado cosa alguna sobre navajas, y ahora, en última instancia, surgía una historia que era tan nueva como poco creíble. Jose no tuvo conciencia de estar faltando a la promesa acabada de hacer a su padre, sino que creía firmemente que salvaba el honor familiar añadiendo ese falso y burdo detalle, pensando que a la postre en nada modificaba ni podía modificar ya el pasado.
Quizá el miedo jugó también su papel.
Las preguntas entonces se centraron sobre el golpe con la escopeta, que detalló con todos sus pormenores, acabando por confesar que la había escondido en su casa. Llegando a este punto el Teniente ordenó la suspensión del acto requiriendo al preso que entregara el arma en cuestión. El interrogado especificó el lugar donde se hallaba, al que, obedeciendo al Teniente, accedieron los alguaciles de inmediato; era un altillo o soberado al que se accedía con escalera de mano por una trampilla abierta en el techo de la sala principal de la vivienda; una vez en él Bartolomé dirigió la luz vacilante de su mechero de aceite al lugar referido por el preso y, en efecto, allí estaba, colgada horizontalmente de dos enormes alcayatas clavadas en una de las gruesas vigas de pino que sustentaban el tejado. Una vieja escopeta de chispa que había conocido las manos de varias generaciones, tan pesada como mortífera sobre todo si era utilizada, como había sido el caso, de maza. Y cuando el oficial la descolgó parecióle un organismo vivo, una especie de gran reptil acorazado que escupía tanto rayos letales como no menos mortíferas palabras testificales.
4 comentarios:
Genial.
Las buenas novelas consiguen que personajes odiosos aparezcan de repente en toda su humanidad.
Que las cosas no sean blnacas o negras.
Eso me pasó a mí con el alguacil de Moscas.
Me encantó.
Abrazos.
¿Te has fijado? Pero además hay algo: que el Alguacil barre un poco hacia adentro, porque su pretensión es liberar a su hijo cuanto antes, al precio que sea...
De todos modos ni los malos son malos del todo, ni los buenos lo semos...
Lo importante es que una de nuestras partes se equilibre con la contraria de nuestro prójimo, ¿no te parece? (¡que matemático estoy!).
Un beso.
El miedo cuanto lo contamina todo, eres de la pocas personas, que he conocido que sabe entender el amor propio como soberbia... y la nobleza se queda en nada, agazapada entre mentiras, para salvar el pellejo... Un momento tan trascendental que al final se queda en aguacha...
Haideé, en cada caso, a juzgar por los documentos y pleitos, extraordinariamente detallados y con abundantes declaraciones de testigos en las que se transparenta la personalidad e intenciones de cada cual, se pueden ver con claridad las motivaciones de cada uno.
Escribir sobre ello es fácil, casi como transcribir los autos de los escribanos.
Gracias a ellos "veo" por dentro a los personajes que describo.
Creo que has escrito una palabra clave: miedo. Miedo que nos domina a las personas, o que nos posee subrepticiamente, y contra el que siempre tendremos que luchar.
Un fuerte abrazo.
Publicar un comentario