domingo, 3 de agosto de 2008

Un aperador acosado (VI)

Fue por estos meses cuando se empezaron a detectar robos de fruta en Las Escaleras. Por la mañana, dos o tres veces en semana, aparecían árboles desgajados, prácticamente sin hojas y, desde luego, sin un fruto ni verde ni maduro. Por mucho que buscaban al día siguiente a los hurtos huellas de personas o caballerías, nunca encontraban nada; los ladrones ponían especial cuidado en andar sobre ringleros de hierbas, por los que llegaban y se alejaban sin dejar pistas visibles. Estos recolectores de lo ajeno, por otro lado, tenían la desfachatez de defecar en mitad de las hijuelas y serventías dejando sus excrementos como una firma insultante y una desvergonzada provocación. Pero la verdad de este al parecer despreciativo gesto, desconocida para muchos, era que el miedo y la tensión de aquellos momentos les producían continuos movimientos peristálticos que, aflojándoles el vientre, les obligaban a hacer algo que en otra situación eran capaces de controlar; dicen que es un mecanismo generalizado en la fisiología de los mamíferos para, aligerando peso, propiciar la huida con cuyo reflejo está asociado. La voz popular ha condensado este fenómeno en una fórmula vulgar que se aproxima a la realidad: "cagarse de miedo". Por las cantidades de detritus se dedujo que estaban a merced de una gran banda de al menos una docena de individuos, quizás más.
Sospecharon enseguida de una familia de gitanos de Villanueva del Ariscal, cuya fama había trascendido desde Bollullos de la Mitación hasta los barrios de la periferia occidental de Sevilla, especialmente en lo que a robos de caballos se refería. Se trataba de una red que encontraba compradores entre importantes personajes de la zona, eclesiásticos corruptos incluídos. Hubo que tomar medidas extraordinarias y reforzar la vigilancia nocturna, y cada noche uno de los empleados de Juan Pacheco dedicaba dos o tres horas a escudriñar escondido tras los troncos de los olivos y frutales. Por su parte, los hermanos Caro y los demás dueños de tierras en el pago también destacaban día sí y día no algún centinela.
Cierta noche tocóle el turno al gigante Juan Lopez Ramirez, el fiel aperador del veterinario Juan Pacheco que ya hemos tenido la oportunidad de conocer en los primeros capítulos de esta historia. Anduvo por el callejón divisorio con Gines durante una hora, acuclillado a ratos tras el ribazo, vestido con la ropa más oscura que pudo encontrar, una gruesa estaca preparada en la mano y la escopeta de caza terciada lista para hacer fuego. Su gran estatura no favorecía el cometido que se le había señalado, pero a la hora de reducir a algún desaprensivo su descomunal fortaleza compensaba esa desventaja.La noche de referencia, tras la primera hora se dirigió hacia el norte, bordeando la huerta y era de trillar de Agustin y Sebastian, progresando como una pantera que se detiene cada poco trecho para olisquear el ambiente. Por el canto de los búhos sabía que el campo estaba en calma, aunque desconfiaba de algún experto imitador del estridente ulular del ave. Tenía el oído presto, con toda su atención repartida entre este sentido y el de la vista.
Luego, hacia las dos y media de la madrugada, torció el rumbo dirigiéndose directamente hacia el pueblo por el sendero que marcaba el territorio de La Gitana, y que moría en la confluencia de la calle de Juan de Oyega con la de Enmedio. A cada pocos metros se detenía durante un cuarto de hora, presto a saltar sobre cualquier cosa que le resultase anómala. Pero todo estaba tranquilo, y al rato vislumbró los blancos muros traseros de las pequeñas casitas; no pudo evitar pensar en la hermosa mujer que a esa hora debía dormir en una de ellas, la más cercana al caminito. La conocía y la deseaba, pero era demasiado tímido para insinuarle sus sentimientos.
Sobre los tejados negruzcos, alzándose recortado en el cielo azul oscuro como un guardián amenazador y terrible, el torreón de la hacienda de don Gaspar con sus arqueados ventanales y con su veleta apuntando al oriente, por donde había huído volando sobre el pueblo el último viento registrado, parecía observarle fijamente con enormes ojos encristalados.

En ese momento, entre olivos de ramas descortezadas por efecto de las patas de las innumerables gallináceas que en ellos habían establecido sus dormitorios, y que ahora cacareaban entre sueños y velas, vio el aperador a un hombre que, agachado, casi reptando, se acercaba al portillo de Elvira Montes de Avellaneda. Pensó como el rayo que era un ladrón de gallinas y sospesó como el relámpago la oportunidad de ganarse el aprecio de la bella defendiéndole su patrimonio. Descolgó la escopeta de su hombro y se la echó a la cara antes de gritarle con su ronca voz al desconocido:
—¡Téngase vuestra merced o es hombre muerto!
A cuya advertencia convirtióse en estatua el aludido a la vez que los perros de las cercanías iniciaron un loco alboroto de ladridos. Se acercó a él con precaución y desconfianza el enorme aperador, y al instante descubrió que se trataba del calderero francés Cristobal Marana, que con el dedo índice en los labios y un ¡chisst! casi inaudible le solicitaba guardase silencio. El ojo le lanzaba destellos.
Bajó la escopeta, pidióle explicaciones, recibiólas y con bastante frustración y envidia comenzó a retirarse mientras el rubio desaparecía tras el portillo semiabierto hacia el patio, donde el resplandor vacilante de un candil acabó de convencer a Juan Lopez de la veracidad de los argumentos medio farfullados en francés y castellano que acababa de escuchar, antes de marchar con la escopeta sobre un hombro y la estaca sobre el otro hacia el cuarto alquilado, al final del pueblo, que era su hogar.

No hay comentarios:

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...