viernes, 15 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XIX)

Cierta tarde, cuando el enyerbado jardín del convento se hallaba desierto con todos los padres reunidos en un amplio salón, dedicados a sus rogativas recogidas y silenciosas devociones, Juan paseó un rato, reflexionando sobre su situación y prestando atención a los ruidos del exterior. Ramón parecía estar dando de comer a sus gatos, y se oía un coro de maullidos ansiosos al otro lado del muro y, por la Calle Real, de vez en cuando pasaba un carruaje traqueteante, alguien daba una voz a alguien, golpeteaban sus metales los franceses.
Luego anduvo hacia los gallineros y la cabreriza: todo estaba en orden. Deambuló arriba y abajo hasta que decidió acudir a refrescarse con el acetre. Y estando en pleno disfrute de aquel agua clara y revitalizante recien extraída de la oscura entraña de la tierra, una voz a su espalda lo sobresaltó: era el hermano Cipriano, requiriéndolo para que le ayudase a desplazar un pesado bargueño de pino, "superior a sus fuerzas". Lo siguió al cuerpo principal del inmueble. Fray Cipriano era un hombre pequeño, pálido y nervioso, de ojos descoloridos y mejillas y nariz sanguineas; tenía la cara plagada de barrillos, lo que le daba un aspecto de inmadurez adolescente. Andaba deprisa, con pasitos cortos que recordaban al mirlo, por las antesalas, subiendo las escaleras; fue nuestro hombre detrás de él hasta que penetraron en una sala en penumbra, con el suelo de tablas desgastadas y crujientes y grandes ventanales cubiertos por espesas esteras de esparto trenzado. Había por doquier armarios oscuros y apolillados, con puertas cristaleras que dejaban entrever sus contenidos: libros pálidos como difuntos, de gruesas tapas de becerro; entre estos armarios y amontonados por los rincones objetos de culto, ciriales, candelabros, atriles y reclinatorios, los más de ellos protegidos con envolvedores sobre los que formaban sus telas las arañas.
Fray Cipriano, con voz baja, previno al pertrechero para que evitase hacer ruido, ya que, según dijo, en la habitación contigua un anciano padre agonizaba, víctima de una cruel dolencia, y no debía ser molestado. Levantó una esquina de una de las bastas persianas y la potente luz del sol de media tarde iluminó la escena: en las paredes parecieron cobrar vida cuadros renegridos de marcos trabajadísimos que antaño fueron dorados, con retratos de remotos personajes, obispos y santos de semblantes adustos y lujosas indumentarias, y por los rincones tras los objetos de culto enormes arcones herrados y viejos sillones de grueso cuero. Presidiendo todo, sobre la pared más amplia, una cama digna de un emperador, como una enorme barcaza embarrancada, de la mejor madera de granadillo de Indias, como hecha para navegar por los océanos de Morfeo; tenía en su contorno ese aura de nobleza y misterio que solo proporciona el paso de los años cuyo sello casi dota de alma a los objetos inertes. En sus barandas macizas en las que el tiempo no parecía haber hecho mella relucían apagadamente piezas de bronce sobredorado representando cabezas de monstruos marinos, y una cascada de seda de damasco parda y plateada algo decentada, con una menuda labor de bordado de temas astronómicos todavía discernibles caía desde el techo aislando el interior de la luz violenta, de corrientes de aire o de insectos molestos. El rodapies no era menos lujoso, verde oscuro con reflejos aterciopelados aún vivos y llamativos, envolviendo el magnífico mueble en un único volumen de contornos blandos y amables. Sobre él, cinco velos y un dosel de cabecera, guarnecido de flecos de oro, delgados como cabellos infantiles y realzado con cenefas triples, de laberínticas labores.
Juan, admirado, no tuvo por menos que preguntar, en un susurro, por el impresionante tálamo, y fray Gerónimo, acercándose a su oreja, le habló bisbiseando, como si estuvieran en un confesonario:
—Tiene ya casi un siglo. La donó a la Orden don Juan Bautista Navarro, Abad de Olivares, para que se vendiese, y con el producto ayudar a terminar la construcción de este convento en donde estamos—. El aperador lo escuchaba con todos sus sentidos abiertos.
—Debía —proseguía el fraile en un susurro— haberse vendido entonces, pero el Padre Guardian de aquel año, 1678, no supo o no quiso desprenderse de tan generoso obsequio, y ordenó, casi en secreto, que quedase aquí, resguardada del paso del tiempo, como un recuerdo de aquellos primeros años de andadura de la Orden Tercera en esta villa.
Tomándolo del brazo con suavidad lo hizo acercarse al borde del monumental mueble.
—El Abad de Olivares —continuó fray Cipriano en el mismo tono— murió creyendo que su cama había ido a parar a algun palacete sevillano, donde acaso fuese lecho de ardientes amores, quien sabe si pecaminosos, o de los puros de dos adolescentes, o...

No hay comentarios:

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...