Ocurría cada riada, cada pocos años; las aguas del Guadalquivir desbordado, en Sevilla, se llevaban por delante las riquezas escasas de los arrabales y de los pueblos de la Vega, y la gente empezaba a pasar hambre. Desde las lomas de la cornisa el panorama era deprimente; el agua formaba una lámina blancuzca de la que emergía algún gris tejado del caserío de una huerta, algún oscuro árbol. Los privilegiados de intramuros de la ciudad, aquellos a los que la fortuna les era favorable en seguida se organizaban para proveerse de lo más necesario; ademas existían ciertos mecanismos administrativos dispuestos a lo largo del año, para afrontar cualquier eventualidad, pero eran mecanismos creados por y para las clases privilegiadas, que disponían, además de sólidas edificaciones de varias plantas, incluso de barcas preparadas para transitar por las calles y plazas inundadas. Los pobres, como queda dicho, pasaban hambre. Veíanse obligados a buscarse la vida a base de pequeñas rapiñas por los huertos y sembrados que quedaban incólumes después de las avenidas, y los únicos con esta característica eran los de las tierras altas; el Alfarafe oriental ofrecía las fuentes de subsistencia que necesitaban las masas de sevillanos empobrecidos por la catástrofe que el Guadalquivir les ocasionaba con tan gran frecuencia, de manera que, muchos de ellos, en solitario u organizándose en cuadrillas, cruzaban la Vega enlodada cuando el nivel de las aguas lo permitía tras la llegada del buen tiempo, y ascendiendo por las laderas, amparados en las sombras nocturnas, saqueaban de las tierras los frutos y las hortalizas que encontraban a su paso; iban, por lo general, en clanes formados por varios adultos, y ocasionalmente algún niño, o muchacho; alguna vez se añadían a ellos mujeres, no precisamente de las más tímidas y medrosas, sino de aquéllas a quienes la necesidad hacía atrevidas y audaces; llevaban, para no levantar sospecha ante cualquier encuentro inesperado con las Justicias, los sacos enrollados sobre el cuerpo, ocultos bajo las ropas; sacos en los que cargarían el producto de sus robos.
En Camas y en Santiponce grandes sectores de la población se encontraban de la noche a la mañana sin más posesiones que lo puesto. El ganado, los cerdos, las vacas, las aves de corral se ahogaban y eran arrastrados hacia el sur, inflados, a veces con un pajarraco carroñero posado en sus vientres. Bajo el agua turbia quedaban los tomates, las habas, las lechugas. Y en muchos hogares que habían visto cómo el agua negra y subrepticia entraba silenciosa por debajo de las puertas e iba visitando salas y alcobas, al final de las tristes jornadas se instalaba un sobrecogedor vacío tras el arrebatador empuje de la crecida, que cargaba con muebles y enseres en ocasiones sacándolos con su fuerza hasta por las ventanas. La gente huía hacia los barrios altos donde se instalaban campamentos miserables en condiciones lastimosas, todo repleto de fantasmas con las miradas puestas en la lejanía.
Luego iba bajando el nivel de la riada y el baño de barro de la extensión, al secarse al sol, cobraba cromatismos aúreos, dominando los campos y poblaciones, que resplandecían amarilleando bajo la luz diurna como las viejas ciudades bíblicas. Viejos troncos navegantes atravesados en callejones, cadáveres de caballos, de bueyes, muebles, vehículos, objetos diversos de muchos kilómetros río arriba atorados entre las edificaciones o en las irregularidades de la llanura despertaban la curiosidad de los chiquillos, ajenos a los días de escasez que se avecinaban. En los cementerios el espectáculo era dantesco, de un horror siniestro que se percibía como efectuado por mano de la mismísima Parca.
A veces los que buscaban subsistencias se pasaban varios días cobijandos en las hondonadas entre Camas y Castilleja, por Caño Ronco y el pago del Rayo, escondidos de día entre los altos matorrales que las lluvias habían hecho crecer, comiendo lo que buenamente encontraban por el campo, y haciendo escapadas nocturnas hacia los cortijos y casetas, por el consabido grano o fruta o, —¡don inesperado del cielo!—, alguna gallina, algún conejo doméstico que se ponía al alcance de sus piedras, de sus palos. Desplegaban tal destreza y seguridad, heredadas de padres a hijos, que se trabajaban las mazorcas in situ, desgranándolas hasta llenar el saco antes de que la luz del amanecer les delatara, para luego ir directamente al panadero a venderles el grano de contrabando a bajo precio. Panadero que incluso podía ser de alguno de los pueblos afectados, como las Castillejas, o Tomares, que esperaba tras cada inundación a sus ya archiconocidos proveedores de maíz barato.
5 comentarios:
Para qué quería el panadero el maíz?'
yo creía que la base para la harina era el trigo, ...
y permíteme una pregunta;
"inflado " se escribe con h??
creo que si fuera" hinchado" sí , pero de inflar , va sin ella.
No?
No me mires así ,
sólo es una pequeña corrección ortográfica ,
no me odies, jejeje.
Ya sabes que aunque escribieras cien mil errores ortográficos te seguiría leyendo porque estoy enganchadísima a tu historia, de la que me pasmo y disfruto cada día.
Además igual no es un error, y existe alguna acepción o uso en la que hinflado exista .
Yo no la conozco, siempre me ponían cero faltas en los dictados, jeje.
Ya me aclararás.
Besos inflados te mando hoy.
No sabes como te agradezco el detalle. Acabo de corregir la falta garrafal; de verdad, Reyes, no me dejes pasar ni una.
Un beso.
Y en cuanto a lo del maíz, me consta que se hacían (y hacen) panes de maíz, es decir, de harina de maíz.
Yo, en este caso, ato cabos uniendo dos documentos que fotografié del Archivo Municipal: en uno se refiere el robo de mazorcas de una finca, en el cual el ladrón desgranó las panochas durante varias horas en la noche para que ocupasen menos espacio en el saco.
En otro documento se menciona la denuncia efectuada a un panadero de Castilleja, que compraba pienso robado.
Así que he hilvanado las dos noticias para dar realismo y verosimilitud a las incursiones de los damnificados por las inundaciones, y el efecto me ha parecido aceptable.
Otro beso, y hasta pronto.
Efectivamente Antonio, se hacen panes de maiz, aunque parece ser que al norte fue y es más común, y se cuecen de un modo especial, aquí en Asturias. Se les llama boroñas, y se cuecen en un hueco hecho en la tierra con las brasas ya muy encendidas, se protege la boroña con hojas de berza y se introduce en el medio, volviendo a taparlas con el resto de las brasas, y ahí se deja hasta que este cocida; humeda y densa por dentro, tostada y rota la corteza por fuera. Muy rico pan por cierto. Esto como curiosidad.
Y ahora: qué vida se vivía por entonces...los pobres de hoy ya no tienen tan facil vivir ni así.
Sigo la historia.
Haideé, hoy un pobre no puede cruzar desde Triana hasta Castilleja, debido al entramado de carreteras a distintos niveles que ocupa toda la Vega, sin pasos peatonales de ningún tipo.
Para venir andando hay que dar tal rodeo que se lo pensaría muy bien antes de emprender el camino. Francisco y Eusebio pudieron andar en línea recta, sobre un suelo más o menos fangoso, pero sin temor a que los atropellara por la espalda un camión de alto tonelaje.
¡Ah, se me olvidaba!
Estoy salivando con tu boroña, ja ja.
Publicar un comentario