Pero los habitantes de los pueblos aljarafeños ya tenían experiencia, y sabían como afrontar esta especie de plaga; cuando se tenía noticias de una riada todos se preparaban para defender sus cosechas, y las redes familiares se estrechaban, unidos solidariamente para defenderse; el sobrino ayudaba al anciano tío que cultivaba tomates y pimientos por Bellavista, los hermanos se unían para vigilar la sementera del Camino del Agua, o los vecinos se echaban una mano en los frutales del sitio de Miranda; parejas de caballlistas, los más pudientes con arneses de plata y sillas de montar de terciopelo bordado, armados de escopetas y enormes espadones recorrían la zona, y de noche se soltaban a los perros de presa, para contrarrestar la invasión de aquella especie de anfibios reptantes que asolaba el territorio. Eran temibles los recios mozarrones sobre los caballos, galopando por las trochas tras todo lo que les parecía sospechoso, y disfrutaban de una fama bien merecida de crueles y violentos; como es comprensible, aunque no justificable, las autoridades de Castilleja hacían la vista gorda ante los abusos que los improvisados policías cometían con los hambrientos trianeros y macarenos, contra los vecinos de Camas y Santiponce, conscientes de que a grandes males se imponían grandes remedios, y de que si se actuaba con alguna consideración al siguiente año de riada el mal se habría multiplicado. En aquellos días no se hablaba de otra cosa en el pueblo, se propalaban toda clase de rumores y en los corrillos se intercambiaban datos y experiencias, y se señalaba territorio y horario para cada grupo o pareja de jinetes.
El efecto de las mareas del Atlántico hacía que las riadas se prolongasen, porque impedía el desembalse de las aguas de la cuenca hacia la mar, y por ello quien tenía posesiones en Castilleja se trasladaba al pueblo hasta que la vida ciudadana se normalizara, trayéndose a su hacienda o palacete familia, amigos y criados. La villa adquiría entonces, con tantos personajes distinguidos por sus calles, cierta pátina urbana.
En estas ocasiones se convertía la población casi en algo así como un puerto de mar, y se despertaban las tendencias y vocaciones marineras del pueblo, nunca del todo dormidas en un lugar con tan arraigada vocación marítima: sus habitantes aportaban a la Universidad de Mareantes el más alto porcentaje de hombres de mar no sólo de la región, sino —cabría decir— de España entera. Aunque no todos los alumnos castillejanos de la escuela de náutica de San Telmo terminaban sus carreras, sí lo hicieron la mayoría, pero ya nos tocará hablar de cada uno de ellos.
De forma que la mar tenía una omnipresencia digna de notar entre sus habitantes. Por estos años el almirante Blas de Lezo, apodado "Mediohombre" por las mutilaciones que había sufrido en las batallas navales, era el dios e ídolo de cualquier interesado por la actualidad del mundo, que se desarrollaba principalmente en escenarios marineros, y en Castilleja se le tenía en especial consideración, por lo antes apuntado, esperando ávidos los vecinos noticias del gran hombre de boca de los marineros del pueblo que viajaban por todos los confines de la Tierra. Al lobo de mar guipuzcoano, que moriría al año siguiente al de los hechos que vamos a narrar y que ya había realizado las mayores proezas que la historia registra, sólo le faltaba culminar su actuación con la batalla de Cartagena de Indias (1741) en el contexto de la guerra de la Oreja de Jenkins o Guerra de Asientos, batalla en la que los ingleses sufrieron la más dura derrota que conocieron y han conocido nunca. Digase a título comparativo que hasta el Desembarco en Normandía en la Segunda Guerra Mundial, no se dió otra contienda de esas características.
En resumidas cuentas, en Castilleja hablar de riadas sevillanas era hablar de mar, y hablar de mar era hablar del almirante Blas de Lezo.
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El jueves 21 de enero de 1740 cercana ya la puesta de sol Francisco Ravelo y su primo Eusebio, ambos con un buen porcentaje de sangre gitana, se envolvieron en sus capas, se encasquetaron sus sombreros de anchas alas, y tomando sendos bordones emprendieron el camino hacia el Aljarafe. Eran dos trianeros a cuyo cargo estaban sus dos mujeres, primas entre sí, una suegra anciana y ciega y una patulea de chiquillos que pedían de comer a voz en grito.
martes, 19 de agosto de 2008
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6 comentarios:
Hola Antonio!
Gracias por tu visita en mi blog.
Muy interesante toda esta historia que cuentas.
Un abrazo:)
Encantado de que te interese la historia de mi pueblo, al que amo profundamente.
Un fuerte abrazo.
Dónde estaba la escuela náutica de san Telmo??
en Sevilla o en Castilleja?
No sabía nada de la existencia de algo así.
Bueno, en realidad no sabía nada de esto hasta que te empecé a leer.
Sigo.
Reyes:
Aquí tienes una dirección reveladora:
http://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_de_San_Telmo_(Sevilla)
Estoy en posesión de la obra máxima acerca de esta institución marinera, en dos tomos editados a principios de este año de 2008, cuyas páginas pongo a tu disposición encantado.
Un beso.
No tenia ni idea de que existiera este hombre, ¡ay! esa realidad que no es tal...
Haideé, ya empieza a "resucitársele" en Internet, donde se puede encontrar bastante documentación sobre su vida.
Extraño, pero era un perfecto desconocido hasta hace pocos años.
Blas de Lezo, "Mediohombre", el terror de los británicos. Puedes mirar en Wikipedia en español.
Hasta luego, un beso.
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