Se lanzaron a por ellos como un solo hombre, castigando a las bestias con las espuelas y las trallas, y los animales levantaban cortinas líquidas con su desenfrenada carrera; los fugitivos, sabiéndose ya casi atrapados, marchaban a la desesperada, derivando hacia Triana, donde conociendo cada escondrijo como los conocían, se podrían poner prontamente a salvo de aquellos salvajes armados hasta los dientes que aullaban amenazas e insultos, cada vez más cercanos.
Pareció por un momento que la suerte sonreía a los dos desgraciados cuando una gabia cavada para desague de la llanura, que ellos pasaron a nado, detuvo por un momento a los caballistas, indecisos sobre si cruzarla montados; el hijo del Alguacil, que había sufrido la caída en la cuesta, ni corto ni perezoso picó espuelas y se lanzó con su yegüa semienloquecida al agua, salvando un desnivel de casi dos metros en vertical, y luego, en furiosa galopada sobre un barrizal en el que se sumergían hasta las corvas las patas de su montura, acabó atajando a los trianeros, uno de los cuales, Eusebio, despojóse sobre la marcha de toda la ropa que pudo y se puso a salvo lanzándose al río y ganando la orilla opuesta con rápidas y acompasadas brazadas de nadador nato, buscando por derecho la entrada de la Puerta Real.
Desde el grupo principal de jinetes que había quedado atrás comenzáronse a oir griterío, ayes, insultos a todo lo divino y humano. La mulilla del de Mairena había caído en la gabia, y el hombre desesperado imploraba suplicando que no la abandonaran. La corriente era lo suficientemente rápida como para que el animal se viera obligado a efectuar esfuerzos angustiados para escapar, roznando con los ojos desencajados e intentando escalar la pared barrosa, en la que sus pezuñas se hundían como el cuchillo en la manteca. Desde el borde intentaron formar una cadena, sujetándose unos a otros, para enlazar al frenético animal con una gruesa cuerda que el cortador Juan de Rivera portaba enrollada en la silla de su caballo. Los hombres se veían atrapados hasta los muslos en la blanda tierra arcillosa, que parecía sujetarlos con pertinaces manos de dedos viscosos, mientras que la bestia con sus espasmódicos intentos de escapar de la trampa levantaba surtidores de cieno que cegaban a sus rescatadores.
—¡Todos a unaaa! —vociferaba Clemente, uno de los hijos de Juan Clemente de Luque.
—¡Maldita sea!
—¡Amárrala por la barriga, por los pechos!
Actuaban contra reloj pensando que los fugitivos podrían haber escapado y volver con refuerzos de sus amigos sevillanos, lo cual significaría una más que probable derrota. Con el agua sucia a ras de la barbilla uno de los hijos de Antonio Caro abrazaba al animal intentando pasar la soga por debajo de la panza temblorosa; en última instancia tuvo que, tomando una profunda bocanada de aire, zambullirse bajo la agitada superficie del turbio líquido, sujeto con una mano a la propia maroma de la que tiraban sus compañeros, para por fin conseguir rodear el cuerpo empapado del pobre cuadrúpedo. Hecho un fuerte nudo sobre la cruz, izáronla con sumo esfuerzo, Caro empujándola por las ancas como buenamente podía, hasta que consiguieron sacarla del fondo del desaguadero y por fin situarla en terreno más firme.
Jose Caro, el hijo del oficial mosquetero, mientras tanto, había visto, alzado en su montura, como el gitano Eusebio llegaba a la orilla opuesta del Guadalquivir, y se volvía para mirarlo, quieta y fijamente como si lo retara.
Se sintió frustrado por la pérdida de una de sus piezas.
Sin embargo la otra, Francisco Ravelo, tuvo menos suerte, ya que había tomado en su confusión la decisión menos apropiada, huyendo a la carrera hacia el olivar del Moro, que señalaba el límite occidental del célebre barrio trianero; antes de adentrarse en la segunda hilada de árboles Jose Caro lo alcanzó, y sin consideración alguna le descargó desde la montura al galope con su pesada escopeta un fuerte culatazo en plena cabeza, que dió con el hombre en tierra fulminantemente.
domingo, 24 de agosto de 2008
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4 comentarios:
Después de todo , las cosas no han cambiado tanto.
Debes publicar este libro, Antonio.
Es magnífico.
Me gustaría que llegara a la gente que todavía no tiene Internet.
En cuanto a los habitantes de Castilleja, no me hago grandes ilusiones: parecen estar más interesado en la vida y hechos de Iker Casillas.
Aunque lo cierto y verdad es que yo, personalmente, disfruto como un chiquillo escribiendo estas cosas, a pesar de los pesares.
Gracias, querida amiga.
¡Qué intensidad!Me he quedado con los ojos como platos leyendote...
Aunque en los autos judiciales no se relata la galopada por el terreno inundado, tuvo que suceder así. Los testigos que declararon aportan muchos detalles.
He conocido varias "riadas" de la Vega del Guadalquivir, y sólo he tenido que situar a los jinetes y a los gitanos en ella.
Un abrazo.
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