miércoles, 27 de agosto de 2008

Agua y hambre (VIII)

El lunes 25 de enero de 1740, tres días después de los hechos y mientras esperaba contestación de las autoridades de la ciudad, Pedro Marquez hizo ir al Cirujano Real de la villa a reconocer y curar al detenido.

Francisco Rodriguez se presentó con su delantal manchado de sangre y partículas de tejidos de pacientes de anteriores operaciones, porque lucir semejantes vestigios era señal de experiencia y veteranía en la profesión; preparó en el interior del calabozo, bajo el chorro de luz de la claraboya, en una mesita plegable próxima al preso su instrumental, que tampoco estaba lavado convenientemente, mientras a su espalda el Alguacil Menor observaba entre espantado y supersticioso. Tenía que suturar, pero la herida estaba infectada, con gran cantidad de pus en su interior que hubo de drenar en lo posible. Debido a esta podredumbre no podría efectuar más de tres puntadas de las seis o siete que requería la longitud del corte, hasta tanto no se hubiesen saneado sus bordes. Primero, calándose sobre la nariz sus anteojos de aumento, cortó con una tijera el pelo ralo de su paciente dejando un área calva sobre la que trabajar con comodidad. Luego limpió cuidadosamente toda la zona, abriendo los labios y comprobando que el hueso del cráneo no había sufrido fractura. Enfrentó los bordes mientras el paciente, excepcionalmente colaborador y entregado, cerraba los ojos. Decía cuando se le preguntaba que no sentía mucho dolor con las manipulaciones del cirujano. El cual retorció y enceró con destreza un hilo de seda roja, engrasamiento y torsión que impedían que una vez tensionado cortase la carne, enhebrándolo en el ojo de una aguja triangular de dos aristas cortantes, y dió la primera puntada en el centro de la abertura, hincando en profundidad hasta sentir que tropezaba con el cráneo, para que uniese las paredes desde lo más hondo sin dejar fallas que pudieran convertirse en depósitos purulentos. Mientras tanto hablaba continuamente, en tono grave y pausado, porque había descubierto que así tranquilizaba a los enfermos —otro de sus trucos era toser sobre los desgarrones, con lo que conseguía confundir al adoleciente, distrayéndole en cierta manera de su situación—.
Su tema recurrente de soliloquio era la sutura en la historia.
—Hace —comenzó— más de 5.000 años, en las Indias Orientales, utilizaban los sabios doctores enormes hormigas que se crían en aquellas tierras para coser esta clase de heridas...
El gitano temblaba sintiendo las punzadas como si le atravesasen el alma, mientras el alguacil pensaba que Francisco Rodriguez había bebido más de la cuenta. Éste prosiguió mientras maniobraba con precisión:
—... las hacían morder los bordes, y luego las cortaban por el pescuezo, dejando las cabezas como pinzas... y a los pocos días... ¡cicatrizaba por completo!
El carcelero tenía un sobrino en Filipinas, y pensó que tarde o temprano podría corroborar la increíble historia, pero mientras volvía el joven marinero que le proporcionaría información veraz se propuso hacer de portavoz de lo que acababa de oir de boca del cirujano, prometiéndoselas muy felices siendo el centro de la atención de los parroquianos en la taberna.

Una vez dados dos puntos, independientes uno del otro como prescriben los manuales, para permitir escapar por los extremos toda la supuración que se fuese creando, lavó la junta con vino y procedió a vendar la cabeza del preso, quien acabó la intervención con un turbante blanco que le daba cierto aspecto de santón musulmán.
Se despidió prometiendo volver al día siguiente para cambiar el vendaje.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

sssssssssss
qué grima....
qué bien lo cuentas...
ni las trepanaciones de Sinuhé el egpcio me escalofriaron tanto...
abrazos

Antonio dijo...

¡Cuántos recuerdos me trae Sinuhé! En mi casa mis hermanas no se separaban del novelón, y yo no entendía ni torta de todas aquellas historias, Reyes. Cada vez que oía el nombrecito me sentía celoso, imaginándolo musculado, moreno y de ojos verdes.
Sinuhé me había desposeído del cariño y el calor familiar.
Yo, que también era (y soy) un lector empedernido, aborrecí todo lo que se refiriera al dichoso egipcio que me había destronado.

Frustraciones que no curan ni los puntos de sutura de don Francisco Rodriguez de Mendoza... snif.

Un abrazo de un hombre dolorido.

Haideé Iglesias dijo...

Jajajaja...así que destronado por Sinuhé, con lo que yo aprendí con ese libro... ánimo, ya sabes el pasado, pasado para dejar atrás, el que no sirve...
Hormigas no sé, pero telas de araña para cerrar heridas si... y a mi un curandero, excepcional por cierto, me dijo que le echara al esguince, orujo. Nunca más tuve esquinces,después de haber tenido vientitantos.
Pero a lo que iba, esa manera de enlazar la historia y hacerla tuya a traves esas palabras tan bien hilvanadas, me encantan. Se nota que me gusta leer ¿a qué si? y a ti que te gusta escribir :)

Antonio dijo...

Oye, Haideé, ahora recuerdo lo de la tela de araña como cicatrizante antiséptico. Y el orujo no me hubiera venido mal hace un par de años, que tuve dos esguinces seguidos ¡en el mismo pie! y con quince días de diferencia.
Mi propensión a torceduras de tobillos la he solucionado usando calzado con un poquito de caña, tipo bota, que sujeta muy bien.

En cuanto a lo de escribir, ahora más si cabe, con el maravilloso ordenador.
Puedo asegurarte que disfruto "manejando" a los antiguos castillejanos desde esta especie de puesto de control remoto :D.

Hasta luego, un beso.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...