Pero, volviendo a Castilleja, hemos de apuntar que de nada sirvió al Teniente la destitución del Alguacil y la injustificada maniobra de traslado del detenido, antes al contrario: el cese del Alguacil de Moscas sin previa autorización del amo de Olivares, y sin siquiera el conocimiento de su Mayordomo en el pueblo, que precisamente tenía su morada enfrente del Cabildo en la misma Plaza, no hizo sino empeorar más todavía la situación. Llegaron órdenes de arriba, acaso directamente del aludido Duque, y vióse obligado de la noche a la mañana a abandonar su puesto frente a la administración de Castilleja.
Fue sustituido por Juan de Santiago, quien el 8 de febrero ordenó como primera disposición en su nuevo cargo de Teniente de Gobernador la inmediata captura y prisión de Jose Caro, el principal implicado en la cobarde agresión. Para cuya realización se comisionó a los nuevos alguaciles, el Mayor, Bartolome de Chavez y el Menor, Francisco Navarro, los cuales, como era habitual, se dedicaron a recorrer los alrededores y a visitar a familiares y conocidos de Jose, puesto que el caballista se había esfumado como por arte de magia.
Los dos agentes eran tenaces y conocían bien el terreno. Al cabo de una semana —miércoles día 17 de febrero— recibieron cierta información que los llevó a una caseta próxima a la hacienda de Albajáñez, utilizada esporádicamente por un viejo cabrero de Valencina. Llovía a raudales cuando se aproximaron, entre los olivos cenicientos, apagado el golpeteo de los cascos de las caballerías por la crecida hierba y el fragor del chaparrón. No existía ni un mal senderillo. La cabañuela tenía una deforme y chata chimenea de la que se esparcía por el aire un garabato de humo blanco, lo que les indicó que estaba ocupada en aquel momento, poco más de las seis de la tarde. Desmontaron dejando las yeguas atadas a unos varetones, y preparando las escopetas se aproximaron, cada uno por un lado, cubiertos hasta las coronillas con sus amplias anguarinas. Pronto percibieron un aroma familiar a guiso de legumbres, y ya más de cerca una conversación entre dos hombres.
Era una tarea rutinaria, y a pesar de haber preparado sus armas sentían los dos oficiales cierta tranquilidad, como que no tenían nada que temer. Conocían perfectamente desde niño a Jose Caro y sabían que con unas palabras se prestaría a colaborar con la Justicia que ellos representaban, y aunque muy remotamente existía el peligro de una reacción violenta, ellos no lo contemplaban, y por esta circunstancia que calmaba sus espíritus pudieron apreciar el escenario como si hubieran ido hasta allí en una excursión de solaz.
Era uno de estos retiros con los que todos los hombres del campo han soñado alguna vez. Tranquilo, escondido, humilde, simple. Al lado de la tosca construcción de muros de mampostería con un techo de palma trenzada que escurría a la perfección el aguacero, había un corralillo cubierto del mismo material donde se apretujaban quince o veinte cabras, y de fondo del conjunto una alta y espesa chumbera de anchas pencas que se alargaba a cada extremo. La puerta del cobijo era baja y estrecha, con un ventanuco cubierto de pieles sin curtir a su izquierda, entre cuyas rendijas se vislumbraba un rojizo y apagado resplandor. Se acercaron hasta él los alguaciles con la intención de captar lo que estaban hablando, pero quiso la mala fortuna que fueran detectados desde el interior de la choza por un perrillo pastor, cuya andanada de agudos ladridos alertó a los ocupantes, que no tardaron en asomar por el portillo alarmados, inquiriendo a diestro y siniestro huecos y medrosos "¿quién va? ¿quién va?".
Diéronse a conocer Bartolome y Francisco, y se reunieron todos en la entrada coincidiendo, por occidente, con un desgarrón en la cubierta de nubarrones que abrió paso a una tromba de luz anaranjada del sol poniente, iluminando espectralmente el arbolado de cuyas hojas goteaban perlas iridiscentes. Arriba las panzas de las nubes refulgían. Los hombres hablaron con concisión, llegaron a un acuerdo y condujeron a Jose hacia el pueblo, entre lloviznas y sol moribundo; la tarde estaba envuelta en un aire limpio y frío, tan claro que arrebataba, tan transparente que cuando les daba la luz se divisaban los Alcores azules con todos los detalles de sus fragosidades.
De inmediato al anochecer los agentes informaron de haber ingresado a Jose Caro en la Cárcel Pública de la villa. Anotaremos que la dedicación y celo de estos oficiales estaba garantizada por una ley que los castigaba con una multa de cincuenta ducados (una suma muy importante para un asalariado) si algún preso lograba, burlando la vigilancia, evadirse.
viernes, 29 de agosto de 2008
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8 comentarios:
Bueno, vuelvo a vivir la lluvia, y la luz , y las escenas...
muy bien Antonio,
me encanta.
Ya lo sabes.
...
Cuando dices los Alcores , te refieres a un sitio concreto?'
capa pueblo tiene su alcores ?'
A mi abuelo , que era del Viso, el materno, siempre le llamaron niño del Alcor...
por eso supongo que serán árboles, o cerros, o algo que se puede dar en más de un sitio.
Verdad que de tan ignorante te parezco encantadora??
Jejeje.
un beso.
Claro que no te considero ignorante, pero sí encantadora (en todas sus acepciones positivas); antes de efectuar la siesta y de irme a la cama siempre abro tu blog, lo cual me induce magníficos y placenteros sueños. No es broma.
.......
Un alcor es un cerro, un montículo, una loma. Cuando vuelves a Sevilla desde el Aljarafe se divisa, por las cuestas (de Tomares o de Castilleja) toda la Vega extendida, y más allá hacia Oriente, ligeramente desplazadas a la derecha, justo tras el puente del Quinto Centenario, dos elevaciones que se asemejan a peñones gibraltareños, azules en la lejanía. Un momento: sólo los podrás ver en días claros y con ciertas condiciones de luz. Son promontorios que existen en la comarca de Los Alcores, donde se sitúan Mairena y el Viso de tu abuelo. También el cerro de los Pinos de Oromana de Alcalá forma parte del accidente geográfico.
Desperdigada por Internet hay alguna información, y con Google Earth se ve muy bien.
Aquí tienes una dirección donde se refieren a ellos, que son bastante más altos que la altura aljarafeña, cuya media es de noventa metros:
http://www.allrural.com/
roteiros/mostra_noticia.php
?lingua=esp&id_rot=29
Gracias, y un beso fuerte.
Mañana sigo...¡hasta mañana!
Me agota la pantalla del ordenador :(
Tranquila, Haideé: la historia estará aquí, al menos hasta que los señores de Google quieran (o puedan).
Antonio anguarinas, sin la diéresis, tampoco es que yo sea una lumbreras en ortografía, pero eso no se me escapa :)
Eso del garabato de humo, me encantó, ¿sabes lo que es el garabato aquí? Un palo con dientes, hecho de madera, para recoger la hierba seca...
Tranquilo escondido y simple, me encanta, así quiero yo mi casa en el campo...y si puede ser con un rio cerca...
Desgarron... es realmente así cuando eso ocurre...
A mi siempre me pareció que los pobres sabian vivir y disfrutar de la vida mejor que los ricos.¿Será que nunca he sido rica? jajaja...
Pues sí que lo tenian que tener claro para no hacerlo...la justicia en ocasiones lo hace bien, ¡menos mal!
Por cierto, ¿leiste alguna vez o conoces el libro "Las nueve revelaciones"? Habla un poco de por qué ocurren accidentes como los esguinces. Es interesante, habla también de la sicronicidad.
Ya miré la wilki, gracias.
Cuando quieras estas invitado a comerte una boroña recien hecha si vienes hasta aquí.
Es que así me pongo al día, y ya luego te sigo más fácil.
Un abrazo, gracias por ir conversando conmigo :)
Ya lo tengo, Haideé: tendré que corregir la de veces que he escrito también "yegüa", y es que me gustan los dos puntitos esos, tan característicos del castellano.
Debe colocarse obligatoriamente sobre la u para indicar que esta vocal ha de pronunciarse en las combinaciones gue y gui: vergüenza, pingüino. (De la RAE).
Por aquí tu garabato es biergo, con el mismo uso.
No conozco "Las nueve revelaciones", pero voy a interesarme; tengo la mala costumbre de andar con la cabeza erguida, y los traidores pavimentos parecen esperarme.
Queda apuntado lo de la boroña. A cambio de un gazpacho andaluz perfectamente preparado por un servidor.
Hasta luego, besos.
Me apunto, pero ¿no puede ser mejor un salmorejo...?el gazpacho me mata...jajaja...
No te malatrates tanto jajajaja, sos genial...jajajaja, ¡que bien me lo paso! si...
El gazpacho te mata porque (imagino) no lo tomas elaborado con vinagre suave de manzana y con una pizquita mínima de sal yodada; y bien frío en un día caluroso, y bien batido, líquido.
Entonces sientes Andalucía dentro de tí, te sientes transportada a una era de Córdoba o Sevilla, entre segadores, cualquier terrible mediodía de cualquier agosto decimonónico.
Anímate y pruebalo así, te lo aconsejo.
Un beso.
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