Al día siguiente, jueves 23 de septiembre, regresó el calor como un guerrero amarillo que no quisiera abandonar el campo de batalla. La mañana fue sofocante y aunque el verano estaba sentenciado a muerte las mentes de los castillejenses volvieron a sentir el agobio que creían haber dejado atrás definitivamente.
Juan Pacheco de Castro hacía trabajar a sus bueyes desde muy temprano, con la primera luz, transportando carretadas de uva negra hasta el lagar de la hacienda de don Ignacio de las Doblas, al final de la calle de la Granada junto al callejón de Solís. Era una particularísima uva la que don Ignacio convertía, con sus cuadrillas de pisadores, en un vino dulcísimo que hacía furor entre, sobre todo, las damas de las clases privilegiadas, y que se empezó a cultivar y se continuaba cultivando en el pago de Las Escaleras, traídas a él por un joven soldado del emperador Carlos V. Don Ignacio conocía el origen de dicho caldo, y podía aportar a quien se lo solicitase abundante documentación con la detallada historia de la uva negra de Castilleja desde su origen hasta su afianzamiento en la tierra aljarafeña. Cuando llegó a este pueblo, don Ignacio adquirió una hacienda como tantos otros terratenientes, reconstruyó su lagar semiderruído y empezó afanosamente movido por una tradición de cultivadores de viña en su familia, a crear una industria sólida y floreciente. Como puerta y llave del Aljarafe, el pueblo ofrecía las condiciones óptimas para la elaboración del mosto: por su cercanía a Sevilla y en el centro de la confluencia de la red de vías de comunicación de toda la comarca, y aún de la provincia de Huelva y del sur de Portugal, todo el producto de las viñas que se destinaban al consumo de Sevilla, a la distribución por gran parte de Andalucía e incluso de España y Europa desde la ciudad, así como el destinado a los puertos peninsulares que abastecían las colonias como el gaditano, todo dicho producto de las mencionadas innumerables viñas pasaba por la Calle Real. Como quiera que resultaba más rentable centralizar las factorías de elaboración del vino, léase lagares, en lugar tan estratégico, en lugar de diseminarlas por el enorme territorio vitivinícola, aquí se instalaron multitud de ellas, que convertían los miles de arrobas de granos que llegaban por un extremo en otros tantos miles de arrobas de líquido hacia la capital por el opuesto. Por un lado, espuertas, por el otro bocoyes, tal era en esquema el proceso de producción que se había instalado en Castilleja; se respiraba por sus calles los aromas del vino fermentado, aderezados con el del arperchín de las almazaras, a las que podemos —y debemos— aplicar lo dicho en este párrafo en lo que respecta a la aceituna: aceituna y uva, uva y aceituna, que tanto monta. De tal forma que el pueblo era mitad lagar, mitad molino de aceite, y como una gigantesca maquinaria activa día y noche por sus bocas fluía un río caudaloso de ambos jugos cuesta abajo hacia Sevilla.
Don Ignacio de las Doblas fue el verdadero promocionador de la uva negra de Pedro Ximénez y de su deleitoso zumo fermentado, llevándolo a adquirir fama internacional; ahora es la ocasión de apuntar que la importancia de la calderería francesa en Castilleja no era ajena a este movimiento mercantil e industrial.
Tenía don Ignacio en un armario de su oficina unos legajos perfectamente encuadernados que cuidaba como oro en paño. En ellos se hablaba de uno de los primeros dueños de Las Escaleras, padre del referido soldado de nombre Pedro Ximénez; había una copia del registro bautismal de este último, hecha en letra menudita y redonda por un desconocido escribano: En jueves diez y nueve de abril de 1526 años baptizé yo, Cristobal Gonzalez, clérigo, a Pº, hijo de Andres Suarez y Mª Ximénez. Fue su padrino Joseph Perez Delgado, vecino deste lugar de Castilleja de la Cuesta. En la calle Real en fé de lo qual firmé de mi nombre fecha ut supra. Cristobal Gonzalez, clérigo. Había también escrituras de propiedad de la viña de Las Escaleras a nombre del referido padre de nuestro futuro combatiente, con detallado desglose del pago de tributos y referencias concretas a sus anteriores poseedores, junto con algunos vales de compraventa de material de labor y de pago de salarios a ayudantes. Un par de cartas personales, enviadas por Pedro desde su lejano cuartel en donde aprendió el uso del cálamo, en las que expresaba su pesar por la muerte de su madre y felicitaba a su hermano por el nacimiento de su primer varón constituían para don Ignacio de las Doblas la joya de su colección. Había papeles del Ejército en los que se daban cuenta de homenajes y reconocimientos de los Jefes al regimiento de nuestro viñador. Y lo demás eran obras de referencia, principalmente históricas, por las que se podía seguir la pista al soldado castillejano durante los años de su servicio en las armas del Emperador. El grueso de la colección de documentos lo constituía los papeles engendrados tras la vuelta triunfal del soldado a su pueblo, convertido en un hombre reposado y maduro, de mirada ausente, parco de palabras e igual de trabajador y de amante de su terruño. Se le nombró regidor del Cabildo en un par de ocasiones y formó parte de varias Comisiones, hizo algunas compras de inmuebles, se casó con una antigua amiga de la infancia, tuvo hijos, testó y murió, todo lo cual dejó un rastro documental que don Ignacio se había encargado de recoger o de copiar, para —decía, con alguna razón— escribir algún día la historia del castillejano más ilustre que había dado madre alguna en el pueblecito.
Allá por la primera mitad del siglo XVI Pedro era un muchachote sin ninguna instrucción, destinado a las duras faenas del campo por una sociedad que no permitía la alfabetización de las masas por considerar que era tanto como robar brazos a la agricultura. Cuando Carlos V decidió enfrentarse al movimiento de la Reforma luterana que hacía peligrar su hegemonía en Europa, Pedro fue levado y como soldado de infantería trasladado en un penoso e inhumano viaje hacia los campos de batalla del centro del continente. Dotado con gran fortaleza física, resistió el clima adverso y las calamidades de aquellas cruentas batallas y, al contrario que sus compañeros, absorbidos por todas las novedades que contemplaban por primera y probablemente única vez en sus vidas, el agricultor no olvidaba su pago, y soñaba con fervor en volver, no para contar balandronadas y aventuras y emborracharse, sino para hundir la azada en la tierra rojiza y sudar sobre los abiertos surcos de nuevo, que era, sentía, para lo que había nacido. Participó el 24 de abril de 1547 en la batalla de Mühlberg en Brandenburgo, en la que se derrotó a la Liga de los príncipes protestantes. En la cuenca del Elba se fijaba en los grandes campos de sarmientos, y a la menor oportunidad, medio por señas, se informaba de los cultivos de aquellas exóticas vides que producían unas ásperas uvas negras cuyo vino ácido repugnaba a las gargantas andaluzas. Y como era inteligente, curioso y emprendedor, al anuncio de su repatriación y mientras sus camaradas saltaban y gritaban de alegría tirando los sombreros en alto salió con disimulo a las afueras de su campamento y cortó con su cuchillo una docena de ramas de vides cubriendo los muñones con barro y con trapos atados con bramante, como había aprendido a hacer desde niño viendo a su padre, experimentado maestro injertador. Luego empaquetó el haz en un trozo de manta vieja, lo ató con el cinto de un soldado muerto, lo afianzó encima de su mugrienta mochila y se lo trajo a través de toda Francia y España a las cálidas tierras del sur andaluz.
miércoles, 6 de agosto de 2008
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4 comentarios:
Paso para dejarte mis saludos apenas pueda me "zambullo"en tu blog,muy agradecida pot tu visita,simpre grata y esperada
Gracias, América; siento decirte que este pueblo no ha dado ninguna gran figura del flamenco, algo que bien que lo siento.
Tenemos, eso sí, una pareja de artistas de las sevillanas, Los Hermanos Reyes, de los que aún vive uno de ellos, ya retirado.
Encantado por tu visita, y ya sabes; aquí estará esperándote la historia de Castilleja, para cuando puedas dedicarle tiempo.
Un abrazo.
Vaya,
curiosísimo esta importación de uva "de bolsillo y bramante".
Así que el vino éste de Pedro Ximénez no procede de Jerez??
Qué curioso.
Y se sigue fabricando hoy día?
Cuál es?
(Como ves , la cabra tira al monte ).
Enhorabuena otra vez.
Sigo leyendo.
Ja ja ; Reyes, yo llevo dentro un abstemio arrepentido y un alcohólico esporádico, así que nos compramos una botella de Pedro Ximénez en cualquier super..., y en mi casa o en la tuya (o debajo de un pino verde).
Los jerezanos, tan vinateros como son, experimentaron con más suerte la uva negra que el castillejero soldado trasplantó desde Centroeuropa.
La secuencia del viaje es esta: Valle del Elba, Castilleja de la Cuesta, Jerez de la Fontaneira, Málaga, Norte de África, Grecia, Turquía, California, ... :)
Ya no se hace ningún vino en Castilleja, porque no queda un lagar para contarlo, pero aquí, como dije, se han pisado muchos racimos.
Un beso dulce.
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