Igual que, en especial en los pueblos pequeños, basta dar un paseo, mirar en las casapuertas y el aspecto de las personas, o escuchar las conversaciones callejeras para descubrir parentescos insospechados, se produce el mismo efecto al revolver una masa de documentos y registros locales, con la ventaja de poder hacerlo en tiempos ya preteridos y desde la comodidad de un buen sillón, degustando quizá una reconfortante taza de chocolate y sin temor a que le reconvengan a uno por fisgonear donde no debe.
Es de esta manera como se han presentado ante nuestros ojos dos hermanos de Juan el aperador que nos van a servir para perfilar mejor su personalidad y circunstancias. Se trata de Bernardo y de Fernando.El primero era pudiente, bien situado. Tenía cinco aranzadas de tierra, cantidad importante en un pueblo de tan reducido término, precisamente junto al Camino Real en Las Escaleras. Tenemos que situarlas o bien entre la calle de Juan de Oyega y la hacienda de San Ignacio, o entre esta última y la era de Juan Pacheco de Castro, que como dijimos lindaba con la frontera ginecina. Probablemente estaban dedicada a viñas y olivar, y de ser cierta la primera situación apuntada a la derecha de San Ignacio por su entrada, el calderero tuerto tuvo que atravesarlas para acceder al corral de su amada cuando fue sorprendido por el aperador. El cual aperador debía sentirse cómodo trabajando tan cerca de las posesiones de su hermano, quien también aparece en un viejo papel en el que hipoteca esta mencionada tierra para garantizar el pago de 105 reales, precio del arrendamiento por un año de un cuarto de casa de las carnicerías de la calle de Enmedio, conocidas popularmente como "Las de Arriba", diferenciándolas así de "Las de Abajo", que estaban instaladas en una casa al final de la Calle Real, en la entrada al pueblo. Así sabemos también que Bernardo era carnicero, cortador o tablajero, que de las tres formas se llamaba al que tajaba y despachaba la carne al por menor. Este alquiler, al Conde Duque por medio de su Mayordomo residente en Castilleja, se llevó a cabo el 2 de mayo de 1745. También sabemos que su privilegiada situación económica no era nueva, porque en julio de 1731 se le obligó a contribuir con 8 reales (muy por encima de la media) en el repartimiento para los gastos de paja del pie de Tropa que permanecía en los cuatro Reinos de Córdoba, Jaén, Granada y Sevilla, con inclusión de las Reales Guardias de Corps y Caballerizas Reales.
De la persona de Fernando, el otro hermano de Juan Lopez, hemos sabido por un testamento en el que se le nombra albacea. Es según él esposo de Elena Rajel, heredera universal de los significativos bienes de su tío, un mozo soltero —acaso no tan mozo, porque así se adjetivaban a todos los solteros— que contrajo una incurable enfermedad. Este "joven" no había perdido el tiempo, y pudo encargar como despedida definitiva cruz alta, cuatro acompañantes, curas, toques de campana, donaciones y limosnas pías e inhumación en el interior de la iglesia de Santiago junto a las tumbas de sus padres Antonio de Alcocer y Elena Rajel. Permítasenos detallar algunas cláusulas del testamento con el afán de pincelar el panorama sociocultural de aquellos años. Tenía Antonio Rajel, que así se llamaba el testador, una yunta de bueyes nuevos, pero se la había prestado al aperador del Cortijo de Palmarraya en Salteras para que se sirviese de ella, a condición de que mantuviera a los animales. Antes había arrendado dichos bueyes a un vecino de Valencina del Alcor (luego rebautizada como de la Concepción), quien a la sazón se encontraba prófugo, huyendo de su alistamiento forzoso en uno de los muchos batallones que se organizaban para defender las disputadas posesiones del ruinoso imperio. El prófugo le había pagado 3 reales de los 75 que acordaron. Para finalizar mencionamos otro vale de un tal Jose Ruiz, vecino de Castilleja de Guzmán, por valor de 30 reales, cuyo cobro recaía en el ya desbordadamente angustiado albacea. Por último anotamos que los testigos del documento testamentario, redactado en casa del escribano Jose Cordero Baena el día 10 de febrero de 1745, eran Salvador, el boticario que se suicidaría tras la muerte de su paciente sifilítico, Luis Vanderleye, hermano de Juan, el repugnante notario del cura don Miguel, y un personaje que va a dar motivo para un par de capítulos: el clérigo de menores, médico y amigo íntimo de uno de los hidalgos venidos a menos del clan de los Oyega, don Antonio de Narváez.
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3 comentarios:
Vaya Antonio
no sabía que Valencina se había llamdo del Alcor,
qué curioso.
El otro día, bueno, hace poco, descubrí la hacienda de Torrijos con su Cristo y me pareció aquello extraño y fascinante.
Ahora no trabajo ya,
pero en invierno me paso de vez en cuando ,
cada vez que cruzo aquellos pagos en busca de los colegios.
Te sigo leyendo, ya lo sabes.
Besos.
A Castilleja de la Cuesta también quisieron cambiarle el apellido (hubiera sido Castilleja de la Concepción) cuando a principios del siglo XIX se desató una fiebre marianista con el dogma de la pureza de María por estandarte.
Por aquí hoy en día los comunistas hablan de municipal-catolicismo, —aunque nos gobierna el PSOE desde la restauración de la democracia—, por la preponderancia que se le da a la Iglesia católica en la vida pública. Estoy seguro de que si se sometiera a votación, descontando los abstencionistas e indiferentes, acabaríamos llamándonos en pleno siglo XXI castillejeros de la concepción.
...............
Hace un porrón de años que no voy a Torrijos, pero tengo una historia de Castilleja que relatar (bastante escandalosa) relacionada con aquella ermita, aunque ya en el siglo XIX.
En fin. Un abrazo.
Yo...
ya sabes...
aquí estaré, expectante.
Besos.
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