martes, 5 de agosto de 2008

Un aperador acosado (VIII)

Cuatro meses después de que Bernardo Lopez Ramirez arrendara su puesto de carnicero al Conde Duque, tras un verano desolado y seco, entró el mes de septiembre vestido de blancura, de oro viejo, de celestes tiernos, de luz tenue en tardes interminables en las que el mundo giraba como con cuidado de no alterar la belleza con la que los días engarzaban sus rayos con las joyas de las noches prometedoras. Eran los atardeceres incendios congelados de rojos y cárdenos tras los hojosos brazos de los cenicientos olivos y de los surcos subía un vaho húmedo —el propiciado por los primeros rocíos mañaneros— confundido con el aroma de los brotes transparentes de tímidas puntitas de hierba que ribeteaban resplandecientes las irregularidades del terreno. Las casas bañadas de antigüedad, los rostros ennoblecidos, las almas llenas de melancolía con la gran expectación ante la esperada transmutación de la naturaleza, ante un gran paso hacia un destino que, habida cuenta del cielo de las primeras nubes, no podía ser malo. Algo moría, pero como desde siglos antes, sería un cadáver magnífico y amable, como si más que muerto durmiera y más que dormido disimulara trascendido de las leves dulzuras vespertinas, prologando con su inaudible sonrisa los, como llantos de agradecimiento, primeros chaparrones del otoño.
Los días más frescos estimulaban al paseo, y el Comisario invitaba constantemente a Elvira a montar en yegüa por los alrededores, para ver los espectaculares atardeceres que, con sus lentas solemnidades, apaciguaban los espíritus y calmaban los cuerpos.
Práctico como por su edad y situación correspondía, don Gaspar aprovechaba muchas veces para cumplir con las obligaciones contraídas como inspector de varias fincas del Duque. Su cometido consistía en comprobar, cada quince o veinte días, si los arrendadores cumplían las condiciones estipuladas en los contratos. La inspección de fincas de Su Excelencia por tradición recaía en personajes de relevancia, y difícilmente alguno se negaba al requerimiento de su Mayordomo. La costumbre había revestido este trabajo rutinario de un simbolismo que a ojos de los lugareños era más de privilegio que de obligación, por lo que a la menor oportunidad se agasajaba al inspector organizándose fiestas y banquetes populares costeados, generalmente, por varios arrendadores del mismo pago y a veces realizados en la misma huerta.

El miércoles 22 de septiembre de 1745, sobre las cinco de la tarde, don Gaspar y su hermosa compañera se dirigieron por un callejón, hueco que dejaba el caserío del lado norte de la calle de Enmedio y por el que se accedía al despoblado del Egido, con las caballerías al paso y seguidos de dos criados, hacia el pago del Rayo y a Caño Ronco, ya en territorio de Camas, para comprobar si se habían efectuado las claúsulas del contrato de dos arrendadores castillejeros, cláusulas que el capitán previamente había memorizado: construcción de un vallado alrededor de las fincas, siembra de treinta pies de arboleda frutal, exceptuando higuerales, y perfecto mantenimiento en su función de dos ingenios de noria. Era un misterio para él, y se lo vino preguntando a lo largo del camino, lo de la tajante prohibición de siembra de higueras, un árbol tan tradicional en la zona, un regalo de la naturaleza que dió fama al Aljarafe en todo el Islam en tiempos árabes; al final de sus reflexiones el Diablo Loco concluyó que lo mejor era dejar allá a cada cual con sus manías, y que el Duque de Olivares, por ser de la grandeza, las tendría mayores.

Contra lo que pudiera parecer por su exigüo territorio, Castilleja de la Cuesta tenía más importancia agrícola que muchos pueblos de la comarca. Dada la centralidad de su núcleo urbano, equidistante y casi inmediato a las tierras de Tomares, Bormujos, Gines, Valencina y Camas, eran sus vecinos los que usufructuaban los pagos aledaños de esos pueblos, más cercanos a sus casas de lo que lo estaban de los pueblos de los que formaban parte. De esta manera Valdovina en Bormujos, Monte Cornacho, Pino Franco y La Cruz de la Marquesa en Gines, Pedro Alonso, El Quemado y Albajáñez en Valencina, varios otros de Tomares y estos dos de Camas a los que se dirigían don Gaspar y Elvira habían sido trabajados desde tiempo inmemorial por gentes de Castilleja, que llegaban a ellos en escasos minutos de andadura.
Nuestros jinetes, ella con montura de mujer, cruzaron el sitio de Solís, enfilaron el Camino del Agua y penetraron en término cameño por una serpenteante hijuela bordeada de frondosos árboles, que tan pronto se empinaba haciendo sudar a las cabalgaduras como se hundía en un valle aromatizado con hinojo, poleo y romero, exhalando un bálsamo para personas y animales.
Caño Ronco estaba precioso con la luz suave de la tarde; entre sus hondonadas en las que crecían espesos cañaverales croaban las primeras ranas de la noche y cantaban los pájaros antes de recogerse en sus profundos dormitorios y en las suaves cimas el sol se dormía como si se resistiera a abandonar los placenteros parajes. Por el cielo viajaban hacia el este, lentas y mayestáticas, enormes nubes blancas.
Todo estaba en orden. Los labriegos se disponían a terminar las faenas, y de un vistazo, tras un aparatoso echar pie a tierra dada su corpulencia, el Comisario comprobó que se cumplía el contrato; mientras daba unos pasos rápidos entre los sembrados saltando por encima de acequias embarradas, Elvira oteaba desde la altura de su cabalgadura —no quiso desmontar— los paisajes extendidos por la Vega norte sevillana. Se sentía feliz, y aceptó una tajada de sandía fresca que un muchacho le ofreció con los ojos llenos de respeto y admiración.
Mientras mordía la sabrosa pulpa pensaba en la boca de su amante el calderero de Francia, al que vería en pocas horas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusta volver por aquí, a por mi "dosis".
Lo cuentas tan bien que casi envidio a la Elvira ésta.
Entre la descripción del campo, la luz y los colores ,
casi me entran ganas de pasear en Septiembre, cuando vuelva , por los parajes que describes.
Me encanta.
Besos.

Antonio dijo...

Si me soportas con mis historias astronómicas y mis innumerables enemigos en Sevilla, estaré gustoso de hacerte de guía.

Recibe un abrazo de don Gaspar Ignacio Romero.
Comisario de Guerra de Su Majestad.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...