También se encontraban presentes, mientras la carreta subía pesadamente la cuesta de la calle con el niño ahora intentando espantar los moscardones que importunaban a las bestias con su varita, otras dos personas: un joven de dieciocho años llamado Antonio Vazquez, que trataba en la puerta de su casa de asuntos de trabajo con un viñatero de mediana edad y barba de varios días, hombre foráneo y empleado con otro de los hacendados de Castilleja, el capitán don Jose de Baena.
Elvira, con su gran mata de cabello negrísimo recién peinado, suelto al aire, su aspecto de acaloramiento que no lograba aliviar una sutil vestimenta y que delataba dos rosetones en las mejillas, miraba hacia el grupo de bueyes, carreta, niño y aperador entornando los ojos para evitar la fortísima luz ambiental, potenciada por el resplandor del muro encalado de la hacienda de su antiguo amante el Comisario, muro que a aquella hora recibía todo el sol de la media tarde. A pesar de tener los bellos ojos semicerrados sus fulgores verdosos y chispeantes parecían atravesarle los párpados sombreados, y en la roja boca, fáciles de aflorar, los blanquísimos dientes contrapunteaban con la intermitencia de las bromas de su vecina la resplandeciente pared, nieve granadina a la que los colores respetaban, talud de pureza coronado de una espesa cabellera de hojas de hiedra que refrescaban la huerta interior.
Tenía este alto muro unos contrafuertes cada pocos metros, en chaflán, hechos de robusta obra de mampostería y altos casi hasta el borde superior, construidos para darle al paramento del murallón mayor solidez. La carreta de Juan Lopez, como huyendo del vecindario de la izquierda parecía acercarse peligrosamente a estos refuerzos, a la deriva por la ceguera de los animales frente al calor, la luz, la cuesta y las moscas, la enagenación amorosa del boyero avergonzado por la cantarina risa de la bella Elvira y el juego inconsciente del niño con el mimbre en el pescante, hasta que oyóse un seco chasquido y quedó trabada por el pezón derecho de su eje y por la correspondiente rueda en uno de los rincones que formaban los salientes.
Todos los presentes, al oir el crujido y ver detenido el carruaje interrumpieron sus conversaciones observando la situación, y Rosa Vazquez captando al instante el motivo del accidente enviaba guiños maliciosa y disimuladamente a su vecina, pero ésta, completamente galvanizada, también había enmudecido, su vista fija en la escena con ademán de espanto.
El aperador, que había hecho bajar al niño, maldecía y sudaba, rojo de ira y verguenza, maniobrando con los bueyes que con sus descontrolados movimientos encajaban más y más el vehículo entre la pared y el machón. Le temían; era su guía una persona que desconocía la ternura hacia las bestias de tiro, a las que explotaba al máximo sin más consideración que la que se tiene a una máquina sin alma. "Al buey harón, dejarlo mear y hartarlo de arar" era un refrán que no iba con él, que utilizaba como uno de sus castigos preferidos para forzarlos a obedecer sus instancias impedirles que evacuaran con desahogo sus vegigas a base de puyazos con la garrocha y a pesar de las serias y tajantes instrucciones de su patrón el veterinario.
Los cornúpetas bramaban agotados por el esfuerzo y el niño refugiado en la acera estaba tan compungido que parecía a punto de llorar. Todos guardaban un temeroso silencio viendo a aquel hombre enorme tirar del yugo, proferir palabrotas soeces, patear los cuartos traseros de las desgraciadas bestias y a trompicones volver a la zaga para empujar con el hombro la rueda enganchada. Esfuerzos inútiles por cuanto la carga era demasiada para ser vencida por un solo hombre, aunque tuviera la constitución de Juan. Ni picando con la aguda hijuela sin piedad por detrás al tiro ni por sí solo la carreta se movía de su atasco un centímetro.
El joven Antonio Vazquez, muchacho razonador y de carácter tranquilo, dióse cuenta de que se podía aligerar la carga echando a tierra algunas de las espuertas de uvas, fácilmente manejables entre dos personas, y pensó en comentárselo a su interlocutor el viñatero, pero ni a eso se atrevió atemorizado por el despliegue de repugnantes brutalidades que estaban, él y los demás, obligados a presenciar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Los olvidados, 12q.
[...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...
-
(Viene de la entrada anterior) Vamos a documentar al siguiente hijo del masón castilllejano Eduardo Borges, Juan Borges Fe. Siendo segundo ...
-
Aparece un Comberger (sic) en documento de 1594 cuando doña Isabel Maldonado, madre de Juan Cromberger, reconoce al conde don Enrique de Gu...
-
Se cumplen estos días 400 años de la muerte de Cervantes http://400cervantes.es/ Estrechar la borbónica mano, blancuzca y viscosa, y marear...
2 comentarios:
Bueno pues a ver cómo acaba...
esto es mejor que los culebrones, ya te lo dije una vez.
Espero que me dé tiempo de saber este final antes de irme a Canarias.
Un abrazo.
Esta historia no acabará nunca, Reyes. Los acontecimientos del pueblo nunca alcanzarán a su narrador, como en la carrera de Aquiles y la tortuga.
A medida que pasen los días se irá haciendo el cuento más minucioso, hasta llegar a representar los hechos que se desarrollan dentro de los milisegundos, de los nanosegundos, de los ... y así, sin un final que no tenga a la vez su final.
Para entonces no servirán las palabras, lentas como las carretas de Juan Pacheco, e incluso el pensamiento deberá cobrar la suficiente celeridad.
El fin del fin. Abrazos.
Publicar un comentario