Francisco Vazquez, canoso, ojos verdes y piel morena, sombrero de paja de alas anchas, actitud recatada, bordón en mano, entra desde la Calle Real al escenario del atolladero. Tiene cuarenta años. Marcha a la hacienda de doña Maria Arnao a envasar unas uvas y también tiene que hablar con el capataz de la señora, de nombre Pedro Ortiz, para volver al día siguiente a pisar en el lagar. Va ensimismado clavando su bastón en el polvoroso suelo, buscando la sombra de las casas, mirando de ventana en ventana y de puerta en puerta como quien hace un inventario de los habitantes. Es su forma de andar por el pueblo: aquí murió Fulano de Tal. Esta casa perteneció a Mengano. Aquí vivía Zutano y en ésta nació Perengano. Es su forma de estar en el mundo, de participar en la realidad de las cosas; el conocimiento de las gentes de su pueblo es lo verdaderamente importante. De pronto se percata de que a su frente ocurre algo extraño, identifica la carreta del veterinario medio ladeada junto a un grupo de personas y a Juan Lopez empujándola, y como si llevara dentro un centinela inmaterial que le diera una perentoria alarma, se enerva, se repliega en sí mismo y se dispone a pasar ante él, una persona que le trae pésimas rememoraciones. No por ella misma, sino por su amo, Juan Pacheco.
Cuando en la navidad de 1730 fue llamado a declarar como testigo contra cierto criado del Abad de Olivares que había atropellado con su caballo a una niña que resultó del pateo del animal seriamente dañada, se negó a hacerlo, a pesar de haber visto claramente desde la puerta de su casa que el tal criado venía imprudentemente a todo galope sin ninguna precaución para con el vecindario. Una palabra suya hubiera significado un serio castigo para el temerario jinete, del que luego se supo además que había ingerido aguardiente en exceso, pero don Miguel Vazquez Forero, a quien a su vez servía Francisco como criado eclesiástico, le conminó a que no testificara, porque ya "el mal estaba hecho y al Abad no había que disgustarlo". Francisco Vazquez, algo familiar del cura por añadidura, obedeció como un corderito, lo que le costó una desagradable sesión con regidores y Teniente de Gobernador —Juan Pacheco de Castro, como se recordará— y su inmediato ingreso en prisión, a raíz del cual se organizó en La Plaza el sonado y sabido tumulto promovido por don Miguel exigiendo su liberación.Fueron unos días amargos en aquel cuchitril plagado de ratas y cucarachas, pero no dió su brazo a torcer y en Olivares se lo agradecieron, aunque no lo demostraron, como tenían por costumbre. Lo único cierto es que se había grangeado la enemistad de medio pueblo por culpa de las instrucciones de su señor y pariente el vicario, y desde entonces andaba con precaución y recelo, mirando bien con quien trataba porque intuía que tarde o temprano iba alguien, —no sabía quién—, a intentar hacérsela pagar.
No era cuestión de retroceder, ya a medio camino, y dar el gran rodeo por Hernán Cortés y la plaza de Santiago, de manera que continuó adelante, cabizbajo para ocultar el rostro tras el gran sombrero y apretando el paso con el bordón.
Mas, iba pensando, el aperador era en cierto modo ajeno a todo el drama; era un simple empleado que se ganaba el jornal, y que no tenía porque participar en los asuntos personales de su jefe. Recapacitaba Francisco sobre si no estaría creándose demasiados fantasmas cuando, a la postre, era el veterinario el único implicado en aquel desgraciado episodio, del cual, además, ya hacía casi quince años. Quizá todo eran figuraciones suyas, y no debía vivir tan temeroso. Y entonces, tras estas reflexiones, se sintió más seguro, como si tras despertar de un sueño absurdo se viera más en la realidad de las cosas, y al pasar junto al grupo de personas aflojó la marcha y saludó directamente al aperador con un "buenas tardes tenga su merced" correcto y neutral, aunque interiormente estaba a la espectativa de la reacción del hombrón. Viendo la situación en que se encontraba la carreta tampoco era cuestión de pasar de largo. Consciente de la importancia de semejante tráfico, la población en general respetaba mucho a los boyeros ante cuyos graves contratiempos se solía dejar de lado rencillas personales al menos hasta que, tras las horas que fuesen, se solucionaba el problema, y la solidaridad con ellos era una cuestión sobre la que no cabían discusiones. Como una consigna universal, se percibía que las carretas tenían que andar a toda costa, y como las plaquetas del torrente sanguíneo acuden a taponar la herida de un organismo, los hombres se aprestaban a socorrer a cualquier carretero que se encontrara en una difícil tesitura; eran leyes que no estaban escritas pero que pesaban sobremanera en la conciencia colectiva y por tanto en la conducta de aquella sociedad cuya economía se fundamentaba en los tiros de bueyes. Por ello todos los presentes esperaban que Francisco Vazquez, experimentado vendimiador, se detuviera, preocupado por el atasco como los estaban ellos.
Así lo hizo, y aquello fue su perdición.
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4 comentarios:
Vya
otro parón...
jejeje...
quiero saber qué pasa con esa carreta atascá...
Debes tener paciencia y desplegar todos tus atributos de madre tolerante y condescendiente conmigo, porque esta serie del Acoso a un aperador dura por lo menos (calculo) veinte capítulos.
Nos vamos a quedar sin Pedro Ximénez; menos mal que hay tintorro de cartón, ja ja ja.
Sí
y ojalá lo del vino fuera cierto, sería más llevadero tener que esperar...
una cosa te pido;
como me voy a Tenerife ua semana larga , no te dés prisa ,
que se me acumula la lectura y entonces lo tengo que dejar pa esos ratos de madrugá en los que la niña está dormida y yo casi que me duermo tambie´n delante del ordenador.
jejeje.
Bueno,
haz lo que quieras,
de un modo u otro seguiré leyendo.
besos.
Iré despacito cual tortuga aquilina, sabiendo que los fantasmas del pasado nunca me alcanzarán, a pesar de mis deseos de que lo hagan.
Un beso muy fuerte.
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