—¿Por que no me ayuda a sacarla? —le espetó con acritud el conductor de la yunta, enojado por la falta de colaboración de los en apariencia pusilánimes testigos, cuya indiferencia se debía a que se encontraban más paralizados por la impresión que con ganas de ayudar. Francisco Vazquez no tuvo por menos que acercarse, con toda su buena voluntad, obedeciendo a aquella ley natural entre gente bien nacida de echar una mano a los carreteros con dificultades.
—Venga. Manos a la obra.
—Llámelos usted por delante —ordenó el aperador.
—Bien —el pisador de uva actuaba con extraordinaria precaución y delicadeza. Juan Lopez le instó, impaciente:
—Arrímese más a ellos, hombre.
—¿Y si me cogen?
—¿Cómo van a cogerlo a usted —exclamó el aperador jurando estruendosamente— si está la rueda atrancada?
—Bueno. Vamos allá.
—¿No era mejor meterle una palanca? —terció el anciano Gregorio de Lara desde la acera.
—¡Tenga la lengua vuestra merced, señor, y déjenos en paz! —le increpó con severa acidez el irrascible Juan haciéndolo sonrojarse y enmudecer abochornado inmisericordemente delante de las mujeres y los muchachos.
La carreta no se movía. Francisco tiraba del yugo con todas sus fuerzas mientras se dirigía a los bóvidos animándolos a viva voz. El carretero perdía la paciencia a raudales.
—Déles con el bordón en la cara... sin miedo —le indicó con tono de hombre experimentado— que yo mientras voy a la zaga a meter el hombro a la rueda.
Desapareció tras la enorme mole de madera y uvas, en el estrecho espacio entre ella y el muro resplandeciente de sol.
—¿Estamos? —se le oyó preguntar.
—¡Aaaaahora!
E inesperadamente los bueyes salen lanzados hacia adelante arrancando un grito de horror de los presentes. Fue un auténtico salto. Algunas cestas cayeron al suelo desperdigando apretados racimos en derredor. Francisco estaba en un peligroso lugar en aquel instante, entre cuerno y pared, y la curva defensa —la derecha del buey "Colorado"— le golpeó en el pecho con la fuerza de un mazo de hierro. Los golpes en el esternon, a poca importancia que tengan, pueden ser mortales, y el antiguo criado del cura perdió el sentido momentáneamente, lo que le hizo resbalar espaldas contra el muro hasta caer en tierra como un muñeco deshinflado, con todos los síntomas de una parada cardiorespiratoria, y entonces, como si el Destino cruel hubiese estado esperando ese momento de completa vulnerabilidad e indefensión, pasóle por el tronco la rueda de la carreta como por encima de un fardo atropellándolo con su escalofriante giro, entre los gritos, batimanos y gesticulaciones del vecindario, y el vehículo ya descontrolado siguió su marcha unos metros más adelante.
Ironía. Quien había aplastado tantas arrobas de uvas ahora se encontraba aplastado por ellas.
Gritan las mujeres, exclaman exasperados los hombres, llora presa de un ataque de nervios el niño, corren todos cruzando la calle hacia el accidentado. El aperador detiene los bueyes y vuelve, al parecer no muy consciente de lo que ha ocurrido.
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2 comentarios:
Vaya,
tenía que acabar mal...
qué pena...
y qué bien lo cuentas.
No puedo decir más.
Aquí estamos.
Como eres mi amiga dilecta te adelantaré que Francisco, pisador de uva de doña María Arnao, no fallece. Sobrevivirá algunos años más, aunque con algunos dolores en el esternon, especialmente los días húmedos de otoño e invierno.
Un abrazo.
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