Por fin llegó al convento una noticia que iba a cambiar la situación y a poner fin al atasco en donde estaban todos estancados. Y era la buena nueva que el accidentado había notificado a su Promotor que no tenía nada de qué acusar a Juan Lopez, ni ahora ni en ningún tiempo, mediante a que el atropello con su carreta fue una casualidad en la que no tuvo la menor culpa el yuntero; añadió que se hallaba enteramente sano y que se le habían pagado los jornales perdidos y el importe de medicinas y doctor, con lo que se daba por satisfecho y pedía la anulación de los autos.
Francisco era hombre tranquilo y pusilánime. Ya hemos dicho que el vicario tiraba de los hilos de su conciencia, y que sin ninguna reticencia se dejaba doblegar y dirigir por cualquier carácter más fuerte que el suyo. Desde niño tenía esa indiferencia práctica que tanto se da en estas tierras, y que forma el aglutinante de las masas amorfas de la región, más o menos encubierta y adornada con la filosofía del "qué le vamos a hacer", del "ahí me las den todas" y del "más vale creerlo que averigüarlo".
Una vez plasmada en folios por el escribano, su decisión de renuncia fué añadida al cuadernillo de diligencias, todo ello el día trece de octubre.
No tardaron Juan Pacheco, el Padre Guardián y Juan Lopez en estar de acuerdo en que, bajo esta nueva y grata circunstancia, lo más adecuado era ponerse en manos de la Justicia, habida cuenta de que no había ya ninguna base para llevar adelante una acusación formal. Y de esta forma se le comunicó al Teniente el lugar donde se hallaba Juan Lopez.Acto seguido se dieron, por parte del Cabildo, los pasos apropiados para entrevistarlo, antes de decidir sobre su captura y prisión, puesto que estaba en un terreno ajeno a la jurisdición seglar; obtenido el necesario permiso del Padre Guardian, Teniente, escribano y alguacil penetraron en el convento, donde Juan Lopez se prestó con toda su buena voluntad a contestar todas las preguntas que se le hicieran; sobre todo, en la toma de declaraciones se insistió por parte de la Justicia en el picado de los bueyes, hecho clave para valorar la conducta del acusado, pero Juan negó y renegó haberlo efectuado.
Luego, tranquila y pacíficamente, se dejó conducir a la vecina cárcel donde permaneció hasta el veinte de octubre, cuando por mediación de su amo se celebró —en dicho lugar— una ceremonia de reconciliación, dirigida por un tal don Pedro Cabrera, nuevo vecino que procedente de Sevilla había adquirido una de las casas de los De las Cuevas, y otras personas que actuaron de testigos; participó como actor principal el atropellado convaleciente, todavía algo débil y ayudado en su desplazamiento por dos vecinos; don Pedro tomó las manos de Francisco y de Juan, uniéndolas simbólicamente, de lo que dejó constancia cumplida el amanuense, y los reconciliados pronunciaron las frases de rigor, que aunque formalizadas en leyes que describían esta peculiar ceremonia, llegaron, como siempre hacían, a emocionar a los concurrentes.
Con tal documento de perdón y amistad Lopez solicita su libertad, alegando que pasa muchas necesidades puesto que se mantiene de su jornal personal, y admitida, se pasa a consultas con el licenciado don Diego Jose de Alfaro, abogado de los Reales Consejos de la Audiencia sevillana que llevaba el caso, y con el apercibimiento de que ande con mucho cuidado con la carreta, porque de no ser así la próxima vez sentiría todo el peso de la ley, se suelta al reo.
Eran las diez de la mañana del domingo día 24 de octubre del dicho año de 1745, con un cielo nublado aunque sin amenaza de lluvia cuando Juan Lopez salió. La temperatura era idónea para estar en la calle. Sus hermanos y su amo le habían preparado una comilona en Las Escaleras, adonde fueron andando, charloteando amigablemente ellos y otros familiares, entre los que se encontraban algunos niños.
Se pensó invitar también a Francisco, pero al comunicárselo alegó que no se encontraba todavía en completa forma, y que prefería permanecer en su casa, al cuidado de los suyos.
Se hizo una enorme candela. Hubo, en una gran mesa bajo un árbol, abundante carne asada y vino mosto, sin que faltara el pan y los dulces frutos del pago, y allí permanecieron hasta el atardecer, entre risas, cantos y bailes.
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3 comentarios:
Que conste que he tenido que buscar la palabra aperador, nunca la habia oido... una cosa más que he aprendido hoy, me encanta... y la historia también, y eso de festejarlo también, todo vamos...
Me has encontrado justo en un momento en el que quiero revolución, quiero gente auténtica en mi casa, quiero esa frescura tan sana que nace del alma y que alimenta el espiritú, y apareces tú...sincronicidad... que el camino nos una más allá de cuatro palabras... Antonio
Un caluroso saludo.
Haideé
Y que ojalá ese camino —que está dentro de nosotros—, nos conduzca a la Paz suprema.
Voy a tu lado, sigo tu ritmo.
Estupendo.
Me temía lo peor para el aperador imprudente.
...
"Más vale creerlo que averiguarlo ".
Vaya.
Llevo practicando eso toda mi vida.
Jeje.
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