El pasado, que parecía esperarle tras cada esquina de la ciudad, mordía el alma de Rodrigo Franco, pero desde donde ahora se encontraba —mísera condición de la temporalidad del ser humano— no podía devolverle sus ataques. Inmerso en el presente, se le representaba el río del griego Heráclito innecesario porque innecesario era tener que bañarse en él. Las cosas habían ocurrido y las tempestades, tras el fragor de los truenos y las embestidas de las gigantescas olas contra la nave de su vida, se diluían en las lejanías dejando una estela de luz y claridad cuando estaba en Castilleja, abstraído entre los frondosos viñedos o las espesas higueras de las tierras de su propiedad, que le brindaban extendidamente la posibilidad de pensar con rapidez y agudeza, como si cada bocanada de aire desentaponase sus arterias espesadas en el asfixiante ambiente ciudadano, olvidado y olvidante de los multitudinarios puertos hirvientes de gentes abigarradas y exóticas, de las crujientes bodegas silenciadoras de gritos de víctimas y de alcohólicos extertores de viciosos violadores ciegos. Vió matar muchas veces, y supo del tono céreo que descubre a los ladrones. Y los fantasmas ahora aparecían menos letales, más inofensivos, más coloreados, como divertidos dibujos infantiles pletóricos de benéfica animación.
Determinar la idea de "historia" y con ello librarse de una como sequedad de boca que de antemano sabía no iba a calmar ningún agua, oir en el mortal silencio del instante la respuesta a la búsqueda de los significados de las cosas pretéritas, predecir por los movimientos de los astros una cosecha de uva especialmente abundante, y entonces comprar los lagares de toda la comarca, o más allá, saber por las muecas de una luna absurda para los demás que prontamente un Alcalde Ordinario caballero en una burra originaría que la rutina de sus negocios y el devenir de sus días que se materializaban en sus propios pensamientos se iban a ver desviados a viejos lugares y paisajes, a otras caras y a otras habitaciones que eran las mismas, y de las que parecía que sólo quedaban unos garabatos escritos en papel antiguo.
Alonso Franco había seguido los pasos de su padre, y pasó a Indias ya en 1531, acompañado de dos esclavos negros para su servicio personal. El mismo año del último pleito de su padre, 1545, también le fué permitido llevar a Indias otros cuatro esclavos negros, en lo que parece ser más un negocio que una simple reposición de criados domésticos. Repetiría viaje, concretamente a la Nueva España, el día 14 de julio de 1548, para seguir ayudando a Rodrigo Franco en los negocios ultramarinos.
Era, como su padre, soberbio e impetuoso, y como él despreciaba a los miserables destripaterrones aljarafeños, quienes desde la altura de la experiencia de sus viajes al Nuevo Mundo le parecían poco menos que niños locos e ignorantes pueblerinos.
Arraigó en Castilleja al frente de la hacienda y tierras de su padre, y lo volvemos a encontrar bastantes años después, en una partida de bautismo de la parroquia de Santiago relacionada también con el esclavismo al que tanta fortuna debía:
Domingo en primero de agosto de este año de mil y quinientos y sesenta y ocho baptizé yo luys de figeroa a diego, yjo de franzisca esclava de alonso franco y de guarzía su criado fueron sus padrinos simon guarzía y su capataz y porque es berdad lo firmé de mi nonbre. Luys de figueroa.
Resulta difícil a estas alturas de nuestra investigación dilucidar los parentescos y relaciones de todas las personas que aparecen en este registro bautismal, pero no nos cabe duda que en un futuro se irán desvelando dichas personalidades y dichos parentescos. Por de pronto nos atrevemos a aventurar que esta Francisca recibió tal nombre en memoria de la otra Francisca, la vieja india bruja que hemos presentado en "Los esclavos 5", ya muerta con toda probabilidad en 1568.
Sírvanos esta arriesgada hipótesis para, enlazándolo, reanudar el escandaloso altercado protagonizado por padre e hijo y Francisco y Cristóbal sus dos negros, cuando se enfrentaron con el Alcalde Ordinario Juan de Vega en plena Calle Real de Castilleja de la Cuesta. Entonces (Los esclavos 8) dejamos dialogando, si no discutiendo, al joven Cristóbal y al Alcalde, a cuyas voces in crescendo se asomó primero Francisco, empapados los viejos calzones en lía maloliente del tinajón que estaba limpiando; luego apareció por el portalón de la casa-bodega Alonso Franco y por último el hacendado Rodrigo, todavía en la mano los anteojos de cristal azulado que solía utilizar para repasar sus cuadernos de notas.
sábado, 21 de febrero de 2009
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