Llegada la vendimia primaba limpiar las tinajas que habían madurado el vino de la anterior cosecha, pero que ahora acumulaban una gruesa capa de sedimentos en sus fondos. Con varias decenas de arrobas de capacidad, aquellas panzudas vasijas tenían proclividad por las quebraduras, y para hacerles frente se había desarrollado toda una industria de reparación mediante lañas, especie de grapas metálicas que se fijaban mediante taladros del mismo modo que puntos de suturas en la cirujía de las heridas. Todo era trajín y agitación en las abundantes bodegas de Castilleja cuando los racimos endulzados por el rico aunque implacable sol del verano, traslúcidas sus pulpas y con la sombrilla difusa de las pipas parecían pedir su inmediato esquilmo como solicitando mudos protección ante los ejércitos de pulgones mordedores o ante las bandadas de agudas avispas del estío. Se aprestaban las carretas y se revisaban con minuciosidad las yuntas de bueyes, y se abrían los viejos libros de cuentas para buscar a los capataces y peones más idóneos y cumplidores. La vendimia era un acontecimiento que marcaba todo el devenir del año y cuando la exacta lluvia y el calor medido habían sido propicios cambiábanles el humor desde al más potentado terrateniente hasta al más insignificante esclavo. El pueblo, como un gigantesco navío al pairo en una calma chicha, recibía en sus velas todo aquel ímpetu de la fresca brisa que significaba una abundante recolección de uva, y sus marineros sentíanse impulsados al dorado otoño salvaguardadas las despensas y cubiertas ya las primeras necesidades.
Con alguna excepción, cual la que representaba Francisco. Aquellos días constituían para él la exigencia de un sobreesfuerzo que su cuerpo empezaba a no lograr soportar. Era destinado a introducirse en las umbrías panzas de los tinajones y, en cuclillas, con una lamparita de bolsillo y una herrumbrosa rasqueta, había de raspar incansablemente las cóncavas y rugosas paredes, y alternando con cubadas de agua, dejar el interior de tal forma que, inerte a las reacciones químicas que el nuevo mosto podía producir en caso contrario, la nueva vinada se criase pura y con todo su sabor recien extraído en la roja tierra de los pagos alfarafeños, libre de contaminación química o de proliferación de bacterias indeseables.
Ahora nos explicamos el color de los ojos del negro Francisco. Y también ciertos desgarradores accesos de tos que le acometían desde hacía algunos años. Los gases venenosos del poso en el interior de las tinajas podían haberlo matado mucho tiempo antes de no mediar en su anual tarea la suerte o la casualidad, aunque en las más de las ocasiones los mareos y desvanecimientos lo obligaban a salir del depósito, arriesgándose a recibir una reprimenda en forma de palabras o en el peor de los casos de obra, del dueño y señor de su vida.
A Cristóbal, con ser más joven, le había tocado en aquel tiempo una labor más agradecida y llevadera: manejaba el usillo de una prensa de último diseño que el propietario había hecho traer de la capital. Cristóbal ajustaba los zunchos y encajaba las traviesas con gran destreza, y su alma se alegraba cuando veía chorrear por el canalillo aquel apreciado zumo turbio que luego se repartiría a todo lo ancho y largo del mundo conocido.
Isabel ayudaba en la cocina, donde todo lo organizaba la vieja india Francisca como una emperadora, no en vano había sido la concubina, por muchos años y en muchos lugares, del mercader indiano metido a vinatero, que apareció en su sencilla existencia como su hani tucuychañami, su deidad poseedora hasta que tras cruzar el océano en brazos de Mama Qocha el contacto con las miserias occidentales le fue abriendo los ojos de la mente, descubriéndole debilidades humanas tras las barbas, los cañones y los caballos, y enseñándole malicias afiladas como dagas de frío acero con las que rasgar las tenebrosas tinieblas que envolvían —sucias telarañas— las almas de los hombres.
Hacía el alcohol estragos en aquella sombría y muda multitud, aquella masa de servidumbre y añoranza que mantenía si no la economía del país (en ninguna o muy escasa manera se les destinaba a labores agrícolas, por ejemplo), sí en cambio el orgullo y el afán de ostentación de tantos y tantos que, aún a costa de privarse de cosas mucho más imprescindibles y vitales, adquirían uno o varios esclavos como signo de distinción social.
Especialmente entre los operarios de las bodegas, el viño se convertía con suma facilidad en la solución más asequible y en el contrapeso más manejable a la aplastante sensación que día a día, hora a hora, atenazaba los corazones de los esclavos arrastrándolos a la desesperación.
sábado, 14 de febrero de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Los olvidados, 12q.
[...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...
-
(Viene de la entrada anterior) Vamos a documentar al siguiente hijo del masón castilllejano Eduardo Borges, Juan Borges Fe. Siendo segundo ...
-
Aparece un Comberger (sic) en documento de 1594 cuando doña Isabel Maldonado, madre de Juan Cromberger, reconoce al conde don Enrique de Gu...
-
Se cumplen estos días 400 años de la muerte de Cervantes http://400cervantes.es/ Estrechar la borbónica mano, blancuzca y viscosa, y marear...
No hay comentarios:
Publicar un comentario