sábado, 14 de febrero de 2009

Los esclavos 7

El sábado 26 de junio de 1557 volvía de hacer unas gestiones en Sevilla el Alcalde Ordinario de Castilleja de la Cuesta Juan de Vega, caballero en una mula cuya grupa compartía con dos serones vacíos, a modo de angarillas, sobre los que, con total displicencia a todo lo que no fuera el propio desplazamiento extendía sus largas piernas haciendo de la montura más una cama que lo que propiamente era. Alrededor de las doce del mediodía, bajo el cielo azul y límpido las primeras casas de la Calle Real con sus deslumbrantes y familiares blancuras rosáceas y celestes de planos de cal bañados de luminosidad se le ofrecieron a la vista bajo el ala de su sombrero como el ansiado oasis a un sediento beduino. La luz afilaba los contornos y orlaba de oro y cristal el escenario apoteósicamente inmaculado en aquella gloriosa hora de la jornada y la bestia le transmitió el estremecimiento nervioso que la ya casi realizada promesa del umbrío establo y del agua clara produjo en su cansado organismo tras la travesía de la Vega polvorienta y la escalada de la abrupta pendiente castigada a plomo por los verticales rayos del sol.
Dejaron atrás animal y hombre las chumberas que prologaban, junto con algunos pinos aislados, el pueblo, y enfilaron la Calle. Algunas gallinas de crestas de sangre habían abierto nido junto a las tapias y buscando el frescor de la tierra removida se embolaban entrecerrando los despiadados ojillos y entreabriendo los amarillos picos entre los que asomaban las lenguas como puntas de flecha, resecas y descoloridas.

El esclavo Cristóbal lo vió acercarse, tras aparecer en el extremo de la amplia "ese" que forma la Calle en su primer tramo, pero no interrumpió su ocupación. Al arrojar calderadas de lía* en mitad de la vía no pensaba estar haciendo nada inapropiado, considerando que todos los bodegueros lo hacían, en este pueblo, en los demás y en la misma ciudad. Además obedecía instrucciones de su dueño, y solamente a él tenía que responder. Cierto es que se ocasionaban con aquella costumbre que los años habían convertido en "mal necesario" evidentes perjuicios a los transeúntes y patentes molestias al vecindario, pero el nauseabundo olor que aquellos posos expelían había acompañado a generaciones de castillejanos, los cuales ya ni se molestaban en cerrar las ventanas de sus casas cuando de la bodega más cercana se empezaba a encharcar la calle con aquellos pestilentes sedimentos licuosos, tan habituados estaban a ellos; y en cuanto a los viandantes, regía la misma norma, asumida desde muchas decenas de años atrás; los más melindrosos hacían aspavientos arrugando la nariz al tiempo que dirigían a sus cabalgaduras por los sitios más enjutos, o, caso de marchar a pie, mientras daban saltos de acróbata para sortear los manchones de barro negruzco que formaban los interminables vaciados de heces vinícolas. Entonces... ¿ porqué Juan de Vega detuvo su montura y lanzó una mirada de desaprobación al muchacho ? Probablemente nunca lo sabremos. No era hombre que buscase complicaciones con sus convecinos, sino que amaba la paz y la soledad; parco de palabras, a veces empinaba algún jarrillo de más, especialmente en fiestas, bodas o bautizos, pero ello no alteraba en lo más mínimo su carácter tranquilo y su naturaleza pacífica. Quizá tuviera alguna diferencia con el hacendado, Rodrigo Franco, quien al no ser natural del pueblo y por añadidura poseer una considerable fortuna se situaba entre los "enemigos naturales" de un hombre extremadamente pobre como era nuestro Alcalde Ordinario, y profundamente enraizado en la tierra.
Francisco, dentro de la bodega y desde el interior de una tinaja, calzones remangados y pies hundidos en el agua con la que aclaraba su raspado, llenaba ayudado con un acetre** de cobre una caldera mediana que elevaba hacia la abertura donde el joven Cristóbal la asía, para vocarla en la Calle. Hubo un momento en que pareció retrasarse el ayudante y el hombre salió, extrañado, con la intención de comprobar que sucedía. Enfrente del portón de la hacienda estaban hablando el caballero y el mozo.

* Lía. (Quizá del celta *lĕga-, *lĭga-, sedimento; cf. irl. ant. lige, lecho, y galés llai, suciedad). Hez. En las preparaciones líquidas, parte de desperdicio que se deposita en el fondo de las cubas o vasijas. RAE.

** Acetre. (Del ár. hisp. assáṭl, este del ár. clás. saṭl, y este del lat. sitŭla). Caldero pequeño con que se saca agua de las tinajas o pozos. RAE.

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