sábado, 14 de febrero de 2009

Los esclavos 5

Francisco y Cristóbal eran esclavos de un mercader que había tenido cierto éxito en la carrera de Indias, lo cual le proporcionó los medios para adquirir, entre otras en otros lugares, una propiedad en la Calle Real de Castilleja de la Cuesta consistente en una gran casa con enorme huerta y viña aledaña, dotada de amplio patio, desahogadas caballerizas, varias atarazanas, noria y pozo, y bodega y lagar.
Francisco, de cuarenta años, y Cristóbal de veinticuatro, los dos de una piel negra con brillos azulados, hacían trabajos de mantenimiento de la hacienda y disfrutaban de ciertos privilegios habida cuenta de que su amo, ducho y experimentado en el trato con siervos de esta categoría, había adquirido la suficiente perspicacia y agudez psicológica como para saber tratarlos y comprenderlos. Puede decirse que, salvando las distancias, formaban una familia, ellos dos, el dueño y sus parientes, y otras dos esclavas, la una jovencísima mulata y la otra vieja india con veleidades de hechicera que, en parte por su propia ignorancia y en parte por la sólida protección que le brindaba la posición social de su dueños, considerábase a salvo de las frecuentes redadas que a la caza de brujas el Santo Oficio de la Inquisición sevillana efectuaba de cuando en cuando con la saña que todos conocemos.
Supieron de la fuga de Juan, el siervo de don Rodrigo, una tarde cuando, terminadas sus obligaciones, se habían reunido mulata e india, Francisco y Cristóbal, en la cocina alrededor de un asador de hierro en el que se reblandecían reventando con secos traquidos que producían brincos de susto en Isabel, la mulatita de dieciocho años, un par de docenas de gruesas castañas que iban a hacer la función de cena. La tarde era fresca y en los álamos del huerto los gorriones se recogían alborotando por la mejor rama. Francisco sentenció en voz baja:
—Malo. Lo pagaremos todos los demás, que ninguna culpa tenemos.
En efecto; cuando sucedían hechos como el acaecido el cuerpo social encendía sus sistemas de alarma, como si despertase a la cruda realidad, y la cruda realidad mostraba que el instinto de libertad era superior a cuantas componendas tramaban los dueños y las autoridades para mantener domesticados y subyugados a aquellos hombres antaño libres en una tierra libre. La sociedad castillejense volvía a la desconfianza y al recelo, vigilando con más insistencia y estrechando los mecanismos de control, como temiendo que el nefasto ejemplo dado por el joven Juan fuese a prender en los, al parecer, ya resignados espíritus de los demás esclavos del pueblo. Y Francisco lo sabía. Era un hombre fornido, de rostro hinchado. Tenía en la mejilla derecha grabadas a fuego dos iniciales: R.F. Pero lo que más destacaba en él eran sus ojos; cualquiera diría en una primera impresión que tenía las pupilas verdes, lo cual no era nada usual en individuos de su raza, mas una más detenida inspección revelaba una textura del tipo de las mucosidades, mate, que hacía sospechar de algún tipo de enfermedad ocular de las que generalmente se conocen como "nublados". Ejercía Francisco con el extraño color de sus ojos una fascinación en sus compañeros que sabía muy mucho explotar en su favor; especialmente Isabel quedaba irremediablemente impresionada cuando el hombre clavaba en sus bellos y huidizos ojos negros los suyos, opacos e inhumanos como los de un ídolo ancestral.
La india, de nombre Francisca y adquirida por el hacendado en uno de sus viajes a América, era una mujer pequeña y gorda, de rostro sudoroso ahora iluminado por las brasas del infiernillo:
—Nunca me gustó ese muchacho. Demasiado fino. Demasiado resabiado —comentó con voz apenas audible. No decía lo que pensaba. Las veces que Juan había venido a visitarlos había admirado su esbeltez y la distinción de sus ademanes, y de noche prolongaba sus fantasías en el recuerdo pensando que tenía al joven esclavo entre sus brazos y recibía de él bortotones de vitalidad. Recordó, entre el de las castañas asándose, el aroma montaraz de aquel cuerpo que hubiera querido tener para sí, y suspiró profundamente, sintiéndose acabada y marchita.

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Los olvidados, 12q.

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