sábado, 7 de febrero de 2009

Los esclavos 3

Pero todo aquel barniz no era más que eso; superficial e inconsistente lavado. Despreciar a los menos afortunados o pavonearse ante los más miserables no alimenta a ningún espíritu y llega, más pronto que tarde, a producir frustración. El cura de Santiago enseñó a leer a Juan, y a hablar su castellano sazonado de extremeñismos que ni las lecturas tediosas en el convento franciscano de Ultramar ni los latines aprendidos a marchas forzadas en la Península habían conseguido borrar del área de Broca de su cerebro.
Exceptuando algunos berrinches que raramente acababan en una sonora bofetada, no hubo serios conflictos entre señor y criado hasta que una tarde —caía del cielo sobre el pueblo una fuerte y constante lluvia— lo sorprendió acurrucado en un rincón del desván, sin parpadear con la vista fija en los viejos manuscritos de su querido hermano Pedro. El esclavo sabía de ellos y del lugar donde estaban guardados por haber espiado al cura cuando, en la oscuridad de la noche, movía el ladrillo que los ocultaba en el interior de un muro hueco, disimulado tras la maraña de tallos y hojas de un perfumado jazmín que María Ramirez, la asistenta, cuidaba como si de sí misma se tratara. Y así el negro Juan, cuando creía estar seguro y con todas las circunstancias a su favor, sigilosamente desencajaba el ladrillo, extraía un cuaderno o dos y escondíase en algún retirado ángulo de la vieja casa para perderse en la lectura de aquellos exóticos relatos, huyendo con toda su alma de la rutina y la mezquindad que la existencia en Castilleja de la Cuesta le deparaba.

Fue la única vez que don Rodrigo, en toda su vida, había golpeado a un ser humano con saña y sin piedad. Hízose con un palo de un grueso más que regular y, rojo de ira, persiguió al joven por toda la casa golpeándolo en las espaldas, en los brazos y en las piernas entre imprecaciones, insultos y amenazas; el muchacho gimiente y aullante huyó mientras pudo, fue acorralado, cayó, se intentó escabullir a cuatro patas y acabó protegiéndose bajo la cama del clérigo, a cuyo dormitorio le había llevado el instinto de supervivencia desatado y ciego bajo la lluvia de porrazos y los desaforados gritos de su maltratador. Don Rodrigo agachóse y aguijoneó el sitio con la tranca, aunque fatigado y jadeante ya más calmado y dueño de sí, y tras ello decidió que tras el castigo no le quedarían a Juan ganas de volver a repetir aquella especie de robo intelectual que le había infrigido.

La naturaleza del negro, y el fuerte temperamento que tras su apariencia débil y espiritualizada apenas lograba pasar desapercibido, obraron como un líquido al que se calienta con fuerza; hirvió violentamente su ánimo en las siguientes horas y optó por la alternativa que menos podían imaginar quienes lo habían tratado hasta entonces y creían conocerlo: la fuga.
De tal manera que esperó que oscureciera, tomó un hatillo con un tranco de pan, una rebanada de queso y un par de manzanas, y cuando sintió que don Rodrigo de Cieza había sido tocado por el alado y divino hijo de Hipnos con su flor de adormidera, salió al patio, al corral, saltó la tapia y se perdió entre viñas y ladridos inciertos, en la noche negra, fría y lluviosa.
Sabía que tenía que llegar a Portugal, para desandar todo el infernal viaje desde que lo capturaron los barbudos lusitanos en su añorado pueblo de la selva, de forma que se dirigió hacia el oeste, cruzando el Pago de Las Escaleras en paralelo al Camino Real. Mientras saltaba sobre las cepas en su loca carrera sintió el viejo sabor de la libertad, y la tierra bajo sus botas le devolvió toda su energía vital de cazador nato cortando el aire. Lo tocaba, fresco y húmedo, con la cara, con los labios, las mejillas, los párpados; había tenido suerte de que nadie le hubiese marcado a hierro candente un abominable nombre en el rostro, de que no lo hubiesen lastrado con grilletes en los tobillos o con un aro de hierro al cuello. Tenía posibilidades de llegar al puerto de mar, y de deslizarse subrepticiamente en la bodega de algún barco, como en el vientre de una madre amable, de vuelta a la gran tierra africana. Ése era su plan.

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Los olvidados, 12q.

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