jueves, 26 de febrero de 2009

Los esclavos 15

El hechizo que embargaba a las tres mujeres embriagándolas con oleadas cálidas que suavemente aflojaban sus miembros en un arrebatador abandono, cuajado en su entorno tan agradablemente que ninguna de las tres osaba romperlo, ensimismadas como estaban sus mentes en aquel paraíso imaginado en forma de cuerpo joven que aparecía y desaparecía tras el portal de la hacienda, fue, de pronto e insospechadamente, hecho añicos como un cántaro bajo los efectos de un balazo de cañón: un áspero diálogo y unos posteriores improperios las devolvieron a la cruda realidad.
Al ver, tras la discusión, al jefe del Cabildo víctima del vapuleo al que le sometían los cuatro hombres Ana de Tovar se adelantó instintivamente para evitar mayor tragedia e hizo lo que buenamente pudo para imponer paz y concordia, suplicando aquí y separando allá. En un momento dado parece ser que Alonso Franco tomó un par de gruesas piedras de un montón que, tras una intervención de los albañiles en la hacienda, junto a la tapia esperaban ser retiradas, e intentó machacar la cabeza del Alcalde, lo que con toda probabilidad hubiera acabado con su vida. Afortunadamente no tardaron, como dijimos, en llegar personas del vecindario, atraídas por las potentes voces que Juan de Vega profería, y los agresores optaron por una desordenada retirada al interior de la casona. Tras los enormes portalones de recia madera se amontonaban algunas lanzas y viejos espadones, colocados allí como defensa ante cualquier eventualidad, y de ellos echaron mano amos y esclavos, habida cuenta de que la multitud que se congregaba a la entrada amenazaba, con golpes y patadas, hundir las pesadas hojas de la puerta.
En esos apuros estaban los vineros y sus criados cuando optaron por plantar cara, en la antigua y bien establecida consideración de que la mejor defensa es el ataque, aunque si bien situando en vanguardia a los dos morenos, supuesto que para eso y más los habían comprado sus dueños, de forma que siguiendo las atropelladas órdenes del viejo Rodrigo, vociferante como un mariscal en medio de una batalla, abrieron las puertas armados Cristóbal de un viejo lanzón conocedor de sangre azteca y Francisco de una partesana alavesa* licenciada en holandesa, y con sus agudas puntas y filos amenazaron por un momento al gentío compactado de puños y piedras y erizado de espadas, garrotes y dagas, alarde instantáneo que no hizo sino enfurecer más a este último; habido lo cual, se replegó el cuarteto en definitiva huida hacia el interior de las bodegas, perdiéndose entre tapiales, viñedos, corredores e hijuelas, mientras que los asaltantes con un magullado Juan de Vega a la cabeza invadían la hacienda inspeccionando hasta el último rincón.
Hallaron a la joven mulatita y a la vieja india abrazadas tras un establo abandonado, con el horror pintado tan realmente en sus rostros que era imposible percibir entre ellas diferencia alguna de raza y edad, y no valieron ni amenazas ni promesas para sonsacarles algún dato acerca del paradero de los hombres de la casa, por la sencilla razón de que lo ignoraban completamente.


* Una lanza Partesana es aquella cuya moharra —hoja de lanza— es grande y recta, ancha por la base, con filo por ambos lados y que se va angostando hacia la punta. La base posee dos aletas corvadas en punta, o bien en forma de media luna. Su astil medía sobre los 2 metros y tenía regatón de hierro. (Wikipedia).

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Los olvidados, 12q.

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