En el verano de 1552 la vida era apacible, cuando no excitante, para un joven de 20 años en la sabana gambiana, poblada de elefantes y jirafas, leones y leopardos, y antílopes y búfalos, y de gigantescas acacias que en verano ofrecían espesas sombras aquí y allá en un mar de altas hierbas, ondulando y susurrante en el otoñal tiempo ventoso y en la época de lluvias realzado con variables y magníficos techos formados por construcciones efímeras de nubes irisadas en el inmenso cielo, que hacían que los indígenas sintiéranse, al final de la jornada, invadidos de un gozo melancólico respirando a pleno pulmón el aire perfumado en los espectaculares atardeceres. Las noches eran divinidades. Singué Abdoulaye, quien luego sería bautizado por un cura neurótico, grosero y brutal —Rodrigo de Cieza—, con el nombre de Cristóbal, había sido instruído por sus mayores en el tesón requerido para perseguir hora tras hora un venado, y estaba además bien dotado en lo que a habilidades intelectuales se refiere; de ahí que las muchachas de su poblado, Kikim Degule, desplegaran todos sus ardides para llamar su atención. Era muy querido de su familia y centro de atención en fiestas y ceremoniales.
El viernes día 15 de julio de dicho año de 1552 a mediodía el calor reinaba en la sabana y el pueblecito de cabañas se encontraba adormilado; ocultos tras las altas matas de sericuras* ya agostadas y sin sus peculiares florecitas amarillas pero espesas todavía, entre quince y veinte lusitanos cargados de armas, grillos y cadenas, algunos con escapularios al cuello, se aproximaron con sigilo y rodearon el poblado. Traían grandes perros de presa adiestrados, perfectamente dóciles y obedientes a sus desalmados dueños. Con la facilidad que da la práctica, no tardaron más de quince minutos en capturar a una docena de seres aterrorizados, incapaces de reaccionar ante aquellos desconocidos de caras peludas y cascos resplandecientes a quienes los temibles canes obedecían sin vacilar.
Fueron llevados por tierra hasta la costa occidental, a marchas forzadas y aprovechando la red ya establecida desde el siglo IX por los negreros árabes, red que habían derivado por mar evitando así los rigores transaharianos. A Cristóbal se le embarcó desde Cabo Verde en el cargamento del domingo 28 de agosto con destino a la lisboeta "Casa do Esclavos", donde había de ser registrado para su venta; dos semanas después de dejar el archipiélago africano, en plena singladura a la altura de Sanlúcar de Barrameda, el maestre del "Santo Antonio da Boa Viagem" mandó anclar para repostar agua dulce, y en un abrir y cerrar de ojos eran abordados por pescadores sevillanos y onubenses de Palos, que les despojaron de su cargamento en una coordinada acción digna de un estratega de alto nivel. No era la primera vez que sucedía un hecho semejante. En las Actas Capitulares de la ciudad de Sevilla del año 1452 se registra, también en pleno verano, un asalto de pescadores españoles a un barco portugués que procedía de Guinea, resultando en el robo de sesenta y seis esclavos negros. Entonces, Pedro Alfonso, escudero del Regente don Pedro, fue comisionado para protestar ante las autoridades de la capital andaluza, consecuente con lo cual les fueron devueltos dichos esclavos, siendo además los mercaderes del país vecino indemnizados por daños y perjuicios.
En esta ocasión el negocio salió redondo, y los pescadores y sus comisionados y colaboradores llevaron a Sevilla a Cristóbal, donde fué adquirido en la calle de Las Gradas por Alonso Franco en nombre de su padre. Luego se le destinaría a la hacienda de Castilleja de la Cuesta.
* De nombre científico Pennisetum (del latín penna —pluma—, y seta —cerda—); plantas herbáceas perennes de la familia de las Poáceas, que crece en la zona templada de ambos hemisferios. Algunas especies enanas de esta familia se utilizan para céspedes domésticos y de campos de deportes, o como forraje para la alimentación animal.
sábado, 28 de febrero de 2009
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