Rodrigo Franco tenía una particularidad no compartida por los demás dueños de esclavos, quienes practicaban con los suyos la política del "divide y vencerás". El experimentado mercader había comprendido que el bienestar psíquico de sus criados ejercía directas y positivas consecuencias en la calidad del trabajo que efectuaban, y por ello se las compuso para mantener juntos a Francisco y Cristóbal, los cuales compartían un origen común: ambos del grupo étnico mandinga, procedían de dos aldeas de la misma región del antiguo Senegal, apenas separadas por 30 kilómetros. Gracias a esta disposición, los dos africanos podían practicar su lengua materna entre ellos, hecho que en otro amo hubiera despertado recelo y desconfianza. A pesar de la actitud xenófoba de autoridades y clases dominantes se podían oir en Sevilla multitud de lenguas africanas, aunque a los oídos autóctonos todas sonaban igual, en un batiburrillo de diálogos y charlas mezcladas con dialectos del italiano, idiomas centroeuropeos, habla portuguesa e incluso guaraní y otras lenguas indígenas americanas, y en los períodos más o menos liberales, árabe o hebreo en sus diversas variantes. La expresión " Sevilla como tablero de ajedrez" referida a la abundancia de negros en la ciudad era extrapolable al panorama sonoro, y a poco que se detuviera alguien en cualquier plaza populosa de la urbe se le presentaba la oportunidad de escuchar conversaciones en los idiomas de todo el mundo conocido.
Cuando el Imperio de Mali comenzó a fraccionarse y declinar bajo el nefasto reinado de Mansa Mahmud III, hacia 1537 una de sus provincias, Kaabu, adquirió la independencia, rigiéndose desde entonces por un gobierno de estructura militar formado por guerreros de élite, nobles conocidos como Nyancho y enriquecidos con la venta de esclavos capturados en conflictos bélicos. En Kantora, una de las subprovincias del nuevo imperio, en donde hoy aproximadamente se encuentra Gambia, y a orillas de uno de los afluentes del río que da nombre al país —el río Gambia—, existió cerca de la confluencia un grupo de chabolas de paja conocido como Nikimba Oré (en dialecto mandinka, "orilla pedregosa"), donde malvivían tres o cuatro familias dedicadas al comercio de la sal y a labores de forja artesanal. Era aquel lugar la patria chica de Francisco, cuyo nombre real era Boubacar, padre de tres niños pequeños al tiempo de ser secuestrado por feroces miembros de una tribu vecina y llevado con otros seis de sus vecinos, entre ellos su propia hermana, río abajo, fuertemente atados de pies y manos y tumbados en los encharcados fondos de unas piraguas de troncos. Luego llegaron los días interminables, hacinados en los depósitos de las factorías y en los patios de los centros de detención, hasta que los comerciantes árabes agentes del sultán Abu al-Abbas Ahmad ibn Muhammad organizaron una caravana para llevarlos por tierra al norte, a los animados mercados marroquíes.
Respaldados ideológicamente por los "hallazgos" filosóficos de Ibn Jaldún, 1332-1406* («Los únicos pueblos que aceptan la esclavitud son los negros. En razón de que están en un grado inferior de humanidad que les coloca cercanos al estado animal »), estos traficantes eran secundados en muchas ocasiones por los propios caciques y jefes de aldeas, algunos de ellos antiguos esclavos liberados —no hay peor explotador que el que ha sido explotado—, quienes vendían a sus hermanos a cambio de cualquier baratija brillante. Los árabes, tras encadenar a Francisco a una larga cordada, un rosario sufriente de aquel "oro negro" tan apreciado, le hicieron cruzar el desierto del Sáhara con el objeto de venderlo en un centro costero en Agadir, pero pocos días antes de llegar a su destino fueron asaltados por un destacamento de castellanos del duque de Medina Sidonia con base en Melilla, que solían practicar incursiones en el interior del territorio. No cambió nada para bien en lo que respecta a la situación de Francisco, antes al contrario, saltaron de la sartén para caer en las brasas. Sus guardianes fueron esclavizados y ellos también, solo que ahora doblemente. Cuando por fin llegaron a una factoría melillense fueron embarcados todos, antiguos guardias musulmanes y prisioneros negros, cruzando el Mediterráneo hasta el gaditano puerto de San Fernando, de donde lo trasladaron a Chiclana. Y de ahí, siendo adquirido por un militar hispalense que luego lo traspasaría al mercader Rodrigo Franco para solventar ciertas deudas ultramarinas, acabó Francisco en el pueblecito aljarafeño de Castilleja de la Cuesta, limpiando tinajas, enjalbegando paredes y cavando viñas.
* Diplomático del Reino de Granada en Sevilla ante Pedro I el Cruel y "el mayor referente de las ciencias sociales del siglo XIV de Oriente y de Occidente", habitó en el recién construído palacio gótico del Alcázar hacia 1363 y gustaba de otear el borde del Aljarafe desde el mirador de la Giralda, deteniéndose con deleite en los puntos blancos que a aquella distancia eran para sus ojos los pueblecitos orientales de la elevada comarca, el de Castilleja de la Cuesta incluído.
jueves, 26 de febrero de 2009
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