jueves, 26 de febrero de 2009

Los esclavos 14

Las mujeres que se solazaban frente a la hacienda de Rodrigo Franco eran Ana de Tovar, de 30 años, esposa de Alonso Rodriguez de Triana, vecina de la Calle Real, y Ana, de 30 años de edad, e Isabel, de 20, dos hermanas también castillejenses que habían venido a visitar a su madre, Elvira Sanchez, a la casa en cuya puerta se encontraban comentando la vida cotidiana del pueblo cuando el Alcalde se vió en tan apurado aprieto.
Ana Sanchez, esposa de Juan Martin, la cual padecía cierta sordera de cuatro años a esta parte que obligaba a sus interlocutores a hablarle alto, tenía en la fecha del episodio una niña llamada Beatriz, nacida en 1556, y su hermana Isabel, mujer de Diego Hernandez, no tuvo descendencia hasta la siguiente década ("Bautismos 4 y 9").
La madre, Elvira, una anciana de ropaje oscuro y grandes ojos llenos de luz, se encontraba en el interior de la vivienda, sentada en un butacón en la penumbra de su dormitorio, dedicada a su ocupación favorita: el recuerdo.
Las dos hermanas eran muy parecidas físicamente: menudas de cuerpo, manos grandes, finas y señoriales, cabelleras trigueñas, ojos verdiamarillos y enormes bocas de gruesos labios desdibujados y de sanas dentaduras. Ana de Tovar era una diosa tartesa en altura y modales, con unos ojos negros que espejeaban distinción.
—Me he puesto de pan con manteca hasta tentijuela, hermana —la mayor de las hijas de Elvira hablaba recostada en el quicio, brazos cruzados. Ignoraba a Ana de Tovar, por la que sentía una velada inquina.
—Cualquier día te dará una modorra. A mí también me engrilla regocijar la panza, pero... —Isabel respondía a viva voz, sentada en una silla de costillas mientras miraba las idas y venidas del negro Cristóbal vaciando sedimentos. El esclavo sudaba, y el brillo de su piel la excitaba.
—¿Qué os parece a vuestras mercedes? —preguntó tras una pausa, señalándolo disimuladamente con el afilado mentón.
—Hablando de huzia, puro chocolate —respondió Ana entendiendo a su hermana a la primera, mientras se pasaba la punta de la lengua por los labios, en actitud golosa. Ana de Tovar estuvo de acuerdo y lo demostró con un ademán.
—Asmaba qué cuidas. ¿No se porta bien tu Juanillo? —inquirió Isabel socarrona dirigiéndose a su hermana.
—¡Ja ja ja ja! —rieron de buena gana las mujeres, pero de inmediato la sorda taladró con una mirada asesina los ojos de la vecina.
Las carcajadas, como unos campanilleos de cristal, llenaron el aire de la calle y el joven, sabiéndose aludido, miró de reojo hacia ellas mientras encorvado agitaba la caldera de abollado cobre para escurrir los últimos pegotones oscuros y grasientos del fondo. El penetrante y familiar olor del viscoso líquido llenaba el ambiente calmo de la mañana.
A Cristóbal las mujeres blancas le obsesionaban día y noche llenando su imaginación de tornasoles nacarados, níveos resplandores, sutilezas albas, tactos lácteos, nubes de algodón. Había tenido trato carnal con alguna muchacha de piel clara que vendía sus caricias en la calle de La Pajería de la ciudad, pero en aquellos inmundos cuchitriles plagados de parásitos, hediondos y oscuros, todo era tan rápido e insatisfactorio que la fugaz práctica solo le producía la exacerbación de sus deseos. Y las dos hermanas y la vecina lo intuían, acertando plenamente al imaginar en este sentido los anhelos del muchacho. Mirábanlo ahora ya con total descaro, aprovechando que la Calle Real se encontraba poco transitada. En los ojos de las tres mujeres refulgía ardoroso el instinto sexual, y sus corazones, al unísono, comenzaban a latir con más ritmo. Cuando Cristóbal les daba la espalda clavaban las miradas brillantes en sus muslos y en sus glúteos dejando sus fantasías liberadas revolotear por regiones de placenteros ensueños.
El joven negro volcó otra caldera de lía sobre la tierra —semen oscuro de su raza que penetraba la arcilla femenina, clara y arenosa, como en un simbólico orgasmo— y Ana de Tovar y las dos hermanas se sintieron tierra erguida de pasión y ardor, sin que ninguna deseara romper aquel hechizo con palabras que no hubieran sido mas que la artificiosa excusa que las palabras eran para esquivar los anonadantes e infinitos abismos del alma humana. Y entonces apareció un jinete allá abajo, donde la calle se retorcía en un meandro angosto limitado por gallineros y corrales de bueyes e Isabel, cuya agudez visual constituía el asombro de cuantos la conocían, dijo a sus compañeras:
—Por allí viene Juan de Vega.

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Los olvidados, 12q.

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