jueves, 26 de junio de 2008

Beatriz recuerda (III)

Sebastián Caro decidió denunciar a Beatriz al siguiente día tras despertarse por la mañana, buscando reparar su honor maltrecho y vilipendiado ante tanta gente como se había congregado allí la noche anterior. Vistióse, desayunó y se dirigió, sorteando con agilidad grandes charcos que reflejaban un cielo purísimo, a la Casa del Cabildo, procurando ni mirar siquiera hacia las ventanas de la viuda.
El compañero de Sebastián tras la carreta resultó ser el perseverante lector Juan de Vallecillos, que había recien cumplido los treinta y cuatro años; sabemos que su amistad con los Caro se prolongó al menos hasta los hechos de Las Escaleras en 1746; allí lo conocimos en la era de Agustín Caro con su buey bravo. Gobernando la pareja de animales ayuntados iba uno de sus hermanos, Cristóbal de Vallecillos, de edad de veinticinco años, que dijo que no se había percatado de que tras su carreta marchaban su hermano Juan y Sebastián hasta que Beatriz de Tovar empezó a escandalizar; no sabemos si el joven conductor se había conchabado con los otros dos para escurrir el bulto, pero sin duda salió bien parado con su excelente coartada.
El referido Cristóbal había apalabrado para aquella noche un encargo de varias personas que deseaban trasladarse al pie de la Cuesta: tres mujeres que iban a una boda, a celebrar en Camas por la mañana, un padre franciscano con una pústula en la canilla para que se la sajaran en el hospital, y dos jornaleros contratados por un cortijero de La Rinconada; se dirigía con la carreta a recogerlos en la puerta del Convento cuando sucedió el inesperado episodio.
Otro que presenció el lamentable espectáculo fue Manuel de Vallecillos, de veinticinco años y primo hermano de los anteriores, que marchaba aprovechando el cese de la lluvia desde su casa al Estanco de Tabacos cuando oyó los insultos que profería Beatriz.
La cual no se hallaba en su casa cuando fueron las autoridades a prenderla precisamente la víspera de Nochebuena día veinticuatro de diciembre; dicho veinticuatro se dió orden de embargo contra ella, aunque no le encontraron más bienes que su misma casa. Todo parecía indicar que escogieron ese día con la intención de causarle el máximo daño, de lo que se deduce que hasta en las esferas administrativas estaba presente y latente la animadversión hacia la antipática anciana. Es de resaltar que ésta tenía como vecino pared por medio a Francisco Tovar, su propio hermano, pero hay que suponer por pura lógica que el tal Francisco no se encontraba allí aquella noche de tormenta y disputa.
El siguiente día, Navidad, se abrió soleado y fresco, coronado de fijas, escasas nubes altísimas y blancas. Con el ascenso del sol invadían las calles parroquianos engalanados, en grupos familiares con los niños escamondados y relucientes; gentes abigarradas, con las indumentarias más coloristas, paseaban arriba y abajo llamando a las puertas de sus conocidos, o arremolinándose en las puertas de las iglesias con estudiados pavoneos, envidiando de reojo a quienes, de natural más distinguido o de fortuna más relevante, se convertían en centro de atención de propios y extraños; estos últimos, procedentes sobre todo de los pueblos más cercanos, se caracterizaban por la forma de observar en derredor y por los ademanes inseguros. Grupos de muchachos, vigilados disimuladamente por los alguaciles, marchaban entre risas y bromas, intentando captar la atención de las bellas. Vendedores cabalgando grandes mulos de angarillas o humildemente a pie con un canasto en el brazo pregonaban por las esquinas juguetes baratos, quincallas y chucherías. Algún que otro orondo hacendado, con casaca bordada, bastón y sombrero de plumas, cruzaba el centro del pueblo, acompañado de su invitado de turno y del inseparable esclavo, andando y mirando como si sus pasos y sus miradas fueran regalos valiosos que derrochaba en un arranque de generosidad. En las tabernas y despachos de aguardientes los informales y marginados, algunos solterones maduros y viudos alegres, hampones y truhanes, todos gente libre e independiente, pagaban una ronda tras otra intentando borrar rencillas y diferencias. De cuando en cuando un lujoso carruaje en cuyo interior se adivinaban damas elegantes y caballeros refinados daba la vuelta a la Plaza, o enfilaba la Calle Real, para desaparecer en el portal de alguna hacienda o perderse hacia las afueras.
En este ambiente a media mañana volvieron el Teniente de Gobernador y el escribano público a casa de Beatriz, llamando reciamente a su puerta entre la espectativa general; abrió su hija María Martín, esposa de Andrés Montaño, y no se mostró colaboradora con ellos, lo que era muy disculpable; aseguró desconocer el paradero de su madre, pero nadie la creyó, como es natural.Se siguió buscando a la anciana "en las partes públicas y secretas de la Villa" sin éxito. Sebastián Caro, cansado, no tuvo más remedio que retirar la demanda, en gran parte porque los alguaciles con sus indagaciones infructuosas ya no daban más de sí.
A pesar de no haber resultado, por ello, acusada, aquella Navidad amarga quedó como un poso inmóvil e insufrible en el fondo atormentado del alma de Beatriz ya para siempre.

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